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Fernando Hernández Sánchez

Profesor de Didáctica de las Ciencias Sociales (Universidad Autónoma de Madrid)

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"Aquí alguien mató a alguien…"

Dice Jame Loewen en su muy recomendable Patrañas que me contó mi profe (Capitan Swing, 2018) que los suahili africanos creen que hay tres clases de seres que habitan el mundo: los vivos, los no muertos (los sasha) y los definitivamente muertos (los zamani). La primera y la última categoría no admiten mayor aclaración, pero sí la segunda: los sasha son aquellos que, aun habiendo fallecido, todavía conservan a vivos que les recuerdan. Un sasha pasa a ser definitivamente un zamani cuando el último que lo recordaba se extingue. Los historiadores asumimos voluntariamente esa dificultosa y en ocasiones ingrata tarea de estudiar a los zamani y lidiar con los sasha con la intención de explicarnos el presente. Y al estudiarlos, les insuflamos vida mediante la inserción en su contexto. Hay dos columnas basales en el oficio de historiador: la precisión cronológica y la factual. Los pecados capitales del historiador son el anacronismo y la manipulación de las fuentes.

El catedrático de Literatura Española de la Universidad de Alicante, Juan Antonio Ríos Carratalá, publicó en 2015 Nos vemos en Chicote. Imágenes del cinismo y el silencio en la cultura franquista (Renacimiento), un modélico estudio sobre las miserias fundacionales del Régimen. En este documentado estudio se pasa revista a un florido pensil de escritores mediocres, abogados falsarios, trepas con furor de vacante y otros especímenes que no tuvieron empacho en juzgar, condenar y mandar a la muerte o a presidio a los que eran infinitamente mejores que ellos. Todo con el fin de alfombrar su camino ascendente en las gacetillas culturales del páramo franquista y en las verdes praderas del escalafón administrativo. Una labor de aniquilación que bien podría denominarse aristocidio –el exterminio de los mejores– y cuyo fruto visible es la perpetuación en todas las áreas sociales preminentes de linajes de estultos que, de haber operado la selección natural sin que sus abuelos sometieran al país a un baño de sangre, se habrían extinguido por consunción. Seguro que al amable lector o lectora se le ocurren unos cuantos apellidos.

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¿Sacar a Franco de Cuelgamuros o llevarlo a los colegios?

Han pasado ocho meses desde que Pedro Sánchez llegara a la Moncloa a lomos de una moción de censura ondeando, entre otras oriflamas programáticas, la exhumación de los restos de Franco. Tiempo suficiente para que las promesas se ajen, las tímidas decisiones choquen contra el recio baluarte judicial y el cadáver del dictador se encuentre, a día de hoy, mucho más seguro de aguardar a las trompetas del Juicio Final en el seno del hipogeo que se hizo erigir, a semejanza de los faraones, por mano de obra forzada. Y con muchas menos probabilidades que los reyes del Nilo de ser perturbado en su sueño eterno, a no ser por la turbamulta del turismo variopinto que ha dado en convertir el Valle de los Caídos en un festivo parque temático del revisionismo franquista.

Que la sombra de la cruz alzada en son de victoria, como una espada clavada en las agujas de España, siga planeando sobre una sociedad que se creyó a sí misma hija de la modernidad en el periodo de entresiglos dice bastante de lo poco que hemos hecho por educar en el conocimiento de nuestra Historia reciente. Que en el horizonte se dibuje el temor cierto a un giro reaccionario perfumado de nuevo por los vapores castizos del cuartel, la procesión, el casino, el coso y el gineceo de pata quebrada no se debe a algo coyuntural, sino a una constelación de errores entre los que se cuenta, sin duda, el no haber tenido el coraje cívico de enseñar decididamente a las nuevas generaciones lo que fue la dictadura.

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Comerciando con el diablo: cuando el INI franquista negoció con el PCE

La financiación del Partido Comunista de España (PCE) por parte de la Unión Soviética mediante el mítico "oro de Moscú" fue uno de los lugares comunes de la propaganda franquista. Que los partidos comunistas recibieron ayuda económica del campo socialista es un auténtico secreto de Polichinela. Lo que es menos conocido es que hubo un momento en que el establecimiento de relaciones comerciales entre el régimen y el "Telón de Acero" proporcionó al PCE la posibilidad de obtener recursos a través de actividades de importación y exportación y que en su desempeño se establecieron contactos subterráneos con funcionarios franquistas. Si los comunistas españoles estaban dispuestos, en frase de Lenin, a proporcionar a sus enemigos la cuerda con la que ahorcarse, los tecnócratas demostraron haber asimilado perfectamente que business is business, incluso aun cuando eso supusiera mercadear con el diablo.

En los años 50, los costes del aparato clandestino del PCE se elevaban a 28.670.210 de francos anuales, de los que menos del 10% se sufragaba con cuotas y donaciones. Hasta la muerte de Stalin (1953) la URSS proveyó una ayuda anual de 33.800.000 francos. Con el progresivo establecimiento de relaciones comerciales entre España y los países socialistas, el sistema de asignación directa dejó paso a otro en el que los sindicatos celebraban colectas solidarias con los trabajadores españoles y los ministerios de Comercio se encargaban de proporcionar lotes de mercancías para la exportación por un valor equivalente a lo recaudado. Aquí entraba en juego una empresa tapadera fundada por un abogado canario, militante del PCE, José González Estarriol (JGE S.A.), que operaba desde Venezuela e intermediaba entre firmas españolas y empresas estatales socialistas a cambio de unas comisiones del 2 por ciento. En una sola operación, la efectuada entre Fundiciones Lombide de Bilbao y la checa Metalinex., JGE obtuvo 2.000 dólares (120.000 pesetas de entonces, casi 18.000 € en la actualidad). Los beneficios obtenidos eran ingresados en el Banque Commerciale de l´Europe du Nord con sede en París para ser inyectados en el aparato del PCE.

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Los papeles de la División Azul en el archivo del Banco de España

Decía el historiador francés Marc Bloch que una revolución es enormemente útil para el investigador porque es cuando "se fuerzan las puertas de las cajas fuertes y obligando a huir a los ministros no les dejan tiempo de quemar sus notas secretas". Un historiador del presente encuentra problemas para conocer lo que albergan los archivos de la administración en un tiempo inferior al medio siglo. Como ironizaba el propio Bloch, mejor le vendría al estudioso un buen cataclismo. Añádanse los estragos del tiempo, la erosión, la migración, la incautación, el expurgo, el fraccionamiento o la destrucción de los fondos sin olvidar las trabas que los responsables políticos siguen interponiendo a su consulta. Asumiendo todo esto, el hallazgo de una evidencia primaria relevante constituye un auténtico descubrimiento debido a la rara confluencia de la indagación y el azar.

Durante el proceso de documentación de La frontera salvaje. Un frente sombrío del combate contra Franco (2018) buscaba la confirmación de unos supuestos contactos comerciales entre España y la Unión Soviética a través de Suecia a comienzos de la década de los 50, cuando aún faltaban más de veinte años para el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre "el primer vencedor del comunismo en el campo de batalla" y "la patria del proletariado". Ambos regímenes precisaban cosas que solo el contrario podía suministrar: mercurio y agrios españoles a cambio de trigo ucraniano y arrabio ruso. Si en 1948 el premier francés, Bidault, justificó la importación de naranjas españolas argumentando que "no había naranjas fascistas", no sorprende que los intermediarios entre Madrid y Moscú pensasen que minerales y alimentos quedaban al margen de la confrontación ideológica.

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