El placer de no tener que negociar en vacaciones: la gente que prefiere viajar sin su pareja o amigos
Da igual que se trate de un resort en Bali o un tramo del Camino de Santiago, cuando una persona cuenta que va a hacer un viaje sola siempre se enfrenta a las mismas reacciones: ¿Y tu pareja?, ¿no le importa que vayas sola?, ¿ha pasado algo?, ¿nadie te puede acompañar? Pero el auge del turismo en solitario ya no solo responde a no tener acompañante, cada vez es más visible el perfil de quienes, a pesar de tener pareja, familia o amigos, eligen viajar por su cuenta.
“A mí el tiempo sola me recarga... Y viajar sola me ayuda a relacionarme de otra manera, a estar con más pausa en los sitios, a ver las cosas de otro modo”, explica Helea, de 45 años. Esa misma personalidad independiente es la que lleva a Beatriz, de 33, a viajar sola como mínimo dos veces al año desde que descubrió, por azar, esa sensación de autonomía: “Cuando tenía unos 24 años compré el billete para ir a ver a una amiga iba a irse a trabajar a Bruselas, al final ella no se fue, pero yo como tenía el billete me fui sola y sentí la aventura de buscarme yo sola los trenes y los hospedajes”. Ahora combina esta forma de viajar con las vacaciones con amigos o pareja.
“Yo gestiono mis tiempos”
Si tradicionalmente el final del verano disparaba los divorcios a causa de la convivencia intensiva durante las vacaciones, quienes optan por el solo trip destacan la sensación de libertad y soberanía a la hora de organizarse, sin discusiones por los horarios o el tipo de turismo. “Me siento libre. Puedo ir a ver lo que quiera a la hora que quiera. Yo me gestiono mis tiempos”, destaca Beatriz.
Me siento libre. Puedo ir a ver lo que quiera a la hora que quiera. Yo me gestiono mis tiempos
En este sentido, la psicóloga Laura Ibarburu señala entre los factores psicológicos que activa el viajar solo “el silencio relacional”: “Se crea un espacio de descompresión donde puedes reencontrarte con tus necesidades más primarias y tus ritmos naturales, sin tener que negociar o acordar nada, ni complacer a nadie más”. También, asegura, se activa la sensación de autoeficacia, ya que “al exponernos a un entorno desconocido sin una red de seguridad nos vemos obligados a resolver problemas por nosotros mismos, lo que eleva la percepción de nuestras propias capacidades”.
“El error más común es interpretar la búsqueda de espacio individual como una huida o una falta de amor”, apunta la psicóloga, que insiste en que no se trata de alejarse de otras personas, sino de “conectar con partes de la propia identidad que en el día a día es difícil explorar”.
Las búsquedas de viajes en solitario han crecido un 30%, y uno de cada cuatro turistas ya viaja sin compañía, según el cuarto informe Trend or Hype del equipo One Strategy de Publicis Groupe España, que informa de que incluso en los restaurantes hay un aumento visible de las reservas de mesa para uno. “No hablamos de individualismo sino de individualidad y no es una moda, sino un rasgo de la vida actual”, añade el informe, que analiza que cada vez es más común y está más aceptado “elegir lo que uno realmente quiere hacer, aunque implique salirse del grupo”, como forma de cuidar el bienestar personal, sin necesidad de justificarse.
Viajar solo activa 'el silencio relacional', explica la psicóloga Laura Ibarburu: 'Se crea un espacio de descompresión donde puedes reencontrarte con tus necesidades más primarias y tus ritmos naturales, sin tener que negociar ni complacer a nadie'
¿Moda o cambio social?
Para la socióloga Raquel Huete, catedrática en la Universidad de Alicante, esta tendencia responde a varios cambios sociales que se entremezclan y parten de “un gran proceso social de individualización”, que afecta a la forma en la que se entienden tanto el ocio como las relaciones. “Hay una individualización del consumo, y también del consumo de ocio. Las ofertas están dirigidas cada vez de manera más personalizada gracias también a los algoritmos hipersegmentados que refuerzan gustos y aspiraciones individuales”, analiza Huete.
“Muchas personas no están dispuestas a renunciar a un viaje por el hecho de que sus familiares, sus amigos o su pareja no puedan o no quieran acompañarlo”, comenta la socióloga, lo que se suma a que cada vez resulte más difícil encajar gustos tan concretos. “Por otra parte, el cambio en las propias reglas de juego entre las parejas, entre las familias e incluso con los amigos, es otra razón importantísima”, establece la socióloga, que puntualiza que la experiencia turística muchas veces va por delante de otros mercados o, incluso, “ofrece lo que queremos antes de que nosotros mismos sepamos que lo queremos”.
“Uno de mis sueños es hacer un viaje para ver gorilas en Uganda y me apetece mucho hacerlo sola. Hay cosas que siento que me apetece hacer sola y no es que tenga que ver con que sean destinos más cerca o más lejos, este otoño me fui tres días a Almagro y fue un superplan, de pronto hay una sensación de que me apetece hacerlo”, expresa Helea, con gran experiencia recorriendo el mundo de forma autónoma, pero que también compagina con otros viajes con pareja, amigos o familia.
“En el imaginario del amor romántico tradicional, la pareja perfecta se concebía como un sistema cerrado: dos mitades que se unían para formar un todo autosuficiente. Sin embargo, la psicología clínica actual y el enfoque sistémico nos muestran que exigirle a una sola persona que satisfaga todas nuestras necesidades de validación, aventura, intelecto, pasión y estabilidad lleva de manera inevitable a una forma de asfixia relacional”, sostiene Laura Ibarburu.
La socióloga Raquel Huete explica que 'el cambio en las propias reglas de juego entre las parejas, entre las familias e incluso con los amigos, es otra razón importantísima' que justifica este viraje
Para la psicóloga, no hay duda de que viajar por separado puede fortalecer la relación: “En este sentido, en su extensa obra sobre el deseo relacional, la psicoterapeuta Esther Perel sostiene una tesis brillante: el deseo necesita espacio. Si no hay distancia, no hay espacio para extrañar, y si no hay espacio para extrañar, el erotismo y la curiosidad se apagan”. “Además, desde el enfoque sistémico una persona más plena, realizada y autorregulada siempre será una persona mucho más valiosa y sana para el sistema de pareja, familiar, en sus relaciones laborales y con amigos”, concluye Ibarburu.
La barrera del prejuicio
A pesar del atractivo de la libertad absoluta, para muchos el viaje individual sigue siendo una asignatura pendiente, aspiracional o, simplemente, una aventura reservada para el cine o los libros. “Son varios los miedos que pueden surgir antes de tomar la decisión. El primero y más evidente es el miedo a la seguridad personal, ‘¿y si me pasa algo y estoy solo o sola?”, comenta Lucía Camín, fundadora del centro de psicología y psicoterapia Alcea. A esto, la psicóloga suma el miedo a la soledad, “cómo encarar esos días o semanas únicamente en nuestra propia compañía”, o el miedo al qué dirán “tanto las personas con las que nos cruzamos, como por nuestro propio entorno”.
Esos temores, desde sufrir un accidente o no saber desenvolverse en un lugar desconocido, a ser etiquetado como raro o solitario, no afectan a todos por igual. “Las mujeres tienen que superar más obstáculos que los hombres cuando deciden viajar solas. Por el mero hecho de ser mujer, están más expuestas a agresiones sexuales, situaciones de acoso o inseguridad, y dependiendo del país al que viajen, ciertos derechos pueden estar sencillamente desprotegidos. Pero, además, el juicio del entorno suele ser mayor en su caso debido a las ideas de roles atribuidas socialmente”, afirma Camín, que agrega que “esa autopercepción de vulnerabilidad intrínseca, que suele estar interiorizada desde la infancia en el caso de las mujeres hace que puedan vivir el viaje con mayor temor e hipervigilancia que los hombres”.
Esos temores, desde sufrir un accidente o no saber desenvolverse en un lugar desconocido, a ser etiquetado como raro o solitario, no afectan a todos por igual: 'Las mujeres tienen que superar más obstáculos que los hombres cuando deciden viajar solas', dice la psicóloga Lucía Camín
A pesar del crecimiento en los datos, en el imaginario colectivo continúa arraigada la idea de que la mujer que viaja sola se enfrenta a una crisis emocional o espiritual, como Julia Roberts en Come, reza, ama, o necesita superar un duelo y autodescubrirse como Cheryl Strayed en Alma Salvaje. En el caso de los hombres, sí es más común la asociación natural con la búsqueda de la aventura o el mero disfrute.
“Por un lado, las personas que viajan solas suelen ser percibidas como audaces, valientes y decididas. Pero también hay muchas etiquetas negativas, porque generalmente asociamos que la persona viaja sola porque ‘no le queda otra’, es común que la sociedad las vea como personas solitarias, incluso raras. Y esto, en mi experiencia, se aleja bastante de la realidad”, resume Camín.
En una sociedad cada vez más individual y que evoluciona a la hora de entender las relaciones, el solo trip aporta un “tercer espacio”, según el informe Trend or Hype, un lugar de baja exigencia en el que no somos el empleado, la pareja o el padre de nadie, solamente nosotros mismos sin etiquetas.
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