Qué debes tener en cuenta antes de añadir burrata a la ensalada, según una nutricionista: “No es una opción saludable por su gran aporte de grasa saturada”

Cómo introducir la burrata de forma saludable en tu dieta.

Marta Chavarrías

24 de abril de 2026 10:35 h

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Típica de Italia, la burrata es un queso fresco con una peculiar forma de bola. Con su delicada corteza y su interior suave, cautiva a cualquiera desde el primer bocado. Su nombre ya da una idea de su naturaleza. Descubrir que “burro” en italiano significa mantequilla revela que este queso posee una suavidad excepcional debido a su alta cremosidad. 

Este tipo de queso ofrece riqueza sin pesadez, pero esto no significa que se trate de una opción ligera y saludable, ya que tiene un alto aporte calórico procedente de la grasa saturada. Verónica Castañeda, nutricionista, nos ayuda a entender un poco más qué es la burrata y qué debemos tener en cuenta antes de introducirla en nuestras ensaladas.

Burrata, ¿dos quesos en uno?

Nacida en la región de Apulia, Italia, a primera vista la burrata puede parecer una bola de mozzarella, pero un solo corte revela su secreto. La burrata es un queso fresco en forma de bola “que se hace rellenando una parte exterior, hecha de mozzarella, con una mezcla de crema de leche o nata y mozzarella deshilachada, llamada stracciatella, lo que le aporta una textura muy particular y un sabor mantequilloso”, explica Castañeda. Esta estructura única —una cáscara de mozzarella que envuelve un relleno sedoso—, la hace cautivadora, tanto para la vista como para el paladar.

Es como una especie de mozzarella un poco más refinada. La combinación crea el contraste que caracteriza a la burrata: una corteza firme y brillante que se deshace en la boca, dando paso a un centro cremoso y fundente. Una vez abierta, el relleno se desborda lentamente. Este contraste entre la capa exterior más dura y el centro untuoso y fluido la convierte en un queso apreciado que suele servirse con acompañamientos sencillos como tomates frescos, albahaca y aceite de oliva. 

Aunque la burrata pueda tener una apariencia similar con la mozzarella, es una bola sólida, “no un saquito relleno y cerrado y, además, no lleva nata. Además, la mozzarella puede cocinarse, mientras que la burrata se come en crudo”, aclara Castañeda, que matiza que la cremosidad de la burrata y su sabor más dulce la hacen más adecuada para “su uso en postres”.

En cuanto a sus valores nutricionales, la burrata es un “alimento muy rico en calcio y fósforo pero, a diferencia de otros quesos frescos, al llevar nata es más rico en grasa, sobre todo saturada”, afirma Castañeda. La nutricionista da unos datos reveladores (aunque dependen mucho de la marca): 100 gramos de queso de burrata aportan unas 250 calorías; unos 24 gramos de grasa, 15 de ellos saturada; y entre 8 y 12 gramos de proteínas. “Para comparar, el queso fresco tipo burgos entero tiene unas 150 kcal y su versión 0%, unas 60 kcal cada 100 gramos, aportando 11 gramos de proteína y 0 gramos de grasa”, destaca Castañeda. 

La sentencia nutricional: la burrata no es una opción ligera

Añadir burrata en las ensaladas, ahora que viene el buen tiempo y estas preparaciones suelen ser uno de los platos preferidos cuando empieza el calor, debe hacerse con moderación. “La burrata no es una opción ligera y saludable para añadir a las ensaladas debido a su gran aporte calórico procedente de grasa saturada”, advierte Castañeda. La nutricionista lo ejemplifica de la siguiente manera: por las calorías que aportan 100 gramos de burrata (menos de una bola), podríamos comernos cuatro veces más cantidad de queso fresco desnatado (más de cinco tarrinas pequeñas), que nos aportarían además unos 45 gramos de proteínas, comparadas con las 8-12 de la burrata. 

Si el objetivo es controlar el peso, debemos tener en cuenta que, con las mismas calorías, la proteína “sacia más que la grasa y, además, favorece el mantenimiento o ganancia de masa muscular, de ahí que sea más interesante optar por quesos frescos desnatados”, afirma Castañeda.

Además, el contenido graso de la burrata, si se consume en exceso, puede afectar a la salud cardiovascular. “El consenso científico nos dice que la grasa saturada aumenta el riesgo cardiovascular, ya que aumenta el colesterol LDL y, con él, la formación de placas de ateroma en las arterias, lo que hace que sea más interesante optar por un queso fresco desnatado y añadirle, si se desea, grasa saludable como nueces, aguacate o aceite de oliva”, afirma Castañeda. 

Por tanto, el consumo de burrata no estaría indicado en casos en los que se necesite disminuir los valores de colesterol en sangre o prevenir eventos cardiovasculares, o se quiera controlar el peso. “Otras personas que deberían limitar su consumo son las que tienen problemas digestivos como SIBO o mala absorción de lactosa, y las alérgicas a la proteína de la leche deben evitarla por completo”, advierte Castañeda. También las mujeres embarazadas deben prestar atención y fijarse en la etiqueta para “optar solo por las que hayan sido elaboradas con leche pasteurizada”.

La burrata tampoco es una buena opción para los “pacientes renales en estado avanzado debido a su mayor contenido en fósforo, comparado con otros quesos como el de Burgos o mozzarella; también puede generar problemas a personas con pancreatitis debido a su alto contenido en grasa, si bien muchos lo toleran en las cantidades habitualmente consumidas”, explica Castañeda.

Si no podemos sucumbir a la cremosidad de la burrata debemos saber que podemos introducirla a nuestra alimentación de forma saludable con moderación. La burrata será siempre la protagonista indiscutible de cualquier plato. Sin embargo, una de las mejores formas de servirla es con verduras de todas las formas y colores, no solo porque se crea un interesante contraste con el blanco sino que porque así conseguimos que “la fibra disminuya la absorción de estas grasas”, afirma Castañeda. Y, como en todo, el deber del equilibrio y la moderación es clave, además de optar por las opciones con menos grasa saturada.

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