Los 'macrodesahucios' de chabolas en Ibiza: “Somos trabajadores, pero no hay viviendas por menos de 3.000 euros”
Suenan dos chasquidos. Manuel y José acaban de abrirse unas latas de cerveza. Empiezan a beberlas mientras cuentan que una madrugada escucharon golpes en la puerta de la caravana. La misma puerta sobre la que uno de ellos se apoya ahora mientras el otro, sentado en una silla, fuma y mira el móvil. “¡Sabemos que estáis ahí!”, dicen que les gritaron para amedrentarlos. La pantalla y la bombilla que hay dentro del remolque son los dos únicos puntos de luz que iluminan a estos dos hombres. No se les distinguen las facciones de la cara. Así lo quieren. De alguna manera, están señalados. El 29 de abril –si no se han ido antes– tendrán que marcharse del solar en el que llevan meses viviendo junto a varias decenas de personas. Muchos son migrantes y tienen trabajo. Como Manuel y José: colombianos y albañiles. Algunos de sus vecinos también tienen hijos.
Ya hay orden judicial para desalojar una parcela situada en el municipio de Eivissa: casi dos hectáreas y media en la periferia burguesa de la ciudad. En julio, este terreno de forma rectangular empezó a llenarse de caravanas, furgonetas, tiendas de campaña y alguna barraca. Otros desahucios –Can Rova, Can Raspalls, es Gorg o Cas Bunets– empujaron a estos ibicencos sin hogar hacia otro sitio donde plantar su campamento. Entonces encontraron estas feixes, antiguas tierras de cultivo, un pedazo del barrio de Can Misses todavía por construir.
Allí terminaron el verano, pasaron el otoño y resistieron el invierno: con la llegada de la primavera tienen las horas contadas. Los propietarios –entre los que se encuentra Inmo Sirenis, una empresa hotelera que también posee el Teatro Pereyra– han solicitado la expulsión y el Tribunal de Primera Instancia número 5 de la isla se lo ha concedido. “Pusimos la demanda hace un año. Ya había gente allí dentro. Imagino que después, durante el verano, entraron más. El riesgo de incendio al okupar un terreno con masa boscosa en el que se hacen conexiones, se cocina y se fuma es inevitable”, dice Mariano Ramón. Este abogado representa a Inmo Sirenis como ya hiciera con los dueños de Can Rova o Cas Bunets. En apenas dos años, tres desalojos multitudinarios.
“Desde el primer momento en que se detecta cualquier asentamiento, el Ayuntamiento, a través de Servicios Sociales, interviene para abordar la situación y tratar de reconducirla ofreciendo acompañamiento, orientación e intervención. Asimismo, los equipos municipales estarán presentes antes y durante el desalojo para informar, valorar cada caso y tramitar las prestaciones o recursos sociales que puedan corresponder a las personas afectadas”, explican desde el Ajuntament d’Eivissa, que en los últimos años ha cerrado –con gálibos– la entrada a vehículos altos para evitar que aparcamientos y descampados se llenen de furgonetas y roulottes.
Almuerzo entre colombianos
“¡Sombra, dentro!”. Una voz recoge a una hembra de american stanford que ha salido tras unos matojos para recibir a los extraños. Olisquea botas y zapatos, ofrece el lomo a manos desconocidas y vuelve junto a su amo, un joven que remueve un cazo recibiendo el calor de un hornillo. Dos planchas de metal evitan que la llama del gas prenda algo inapropiado. Dentro del guiso hay cachos de patata y bolas de carne picada. El cocinero añade a la salsa un chorro de ketchup. Tras el culo de la caravana que el cocinero tiene a sus espaldas aparecen los comensales. Son otros dos veinteañeros subidos a patinetes eléctricos. Desmontan, se sientan en círculo, van pasándose el cazo y comen todos de él. En silencio. Son las siete de la tarde: podría ser una cena temprana o, quizás, un almuerzo a destiempo.
–Mis vecinos son colombianos, como yo. El día que vuelva p’allá seguro que me recochan [fastidian] porque voy a tener palabras de acá. Como el ¡venga!: al principio lo decía para joder y ya se me pegó. Pero el acento colombiano no lo voy a perder: los más fuertes son el paisa, de Medellín, y el nuestro: yo soy de Cali Valle, la sucursal de la salsa: allá hablamos muy pesado, muy remarcado.
Dice Jonathan. Su caravana está a sólo unos metros de la caravana de los tres jóvenes que están comiendo. Invirtió “3.000 euros” para comprar un cubículo de unos pocos metros cuadrados al que en la mayoría de países de América Latina llaman casa-rodante, remarcando el sentido que tiene la palabra en francés: roulotte. En el caso de este hombre de treinta y dos años, su casa-rodante es –literalmente– un domicilio nómada. Y Can Misses, la tercera parcela en la que aparca, siempre “expulsado” por las circunstancias.
“Llegué hace dos años y medio porque mi ex pareja ya estaba acá”, cuenta Jonathan. “Primero viví en un piso, pero te suben la renta y no lo puedes pagar. Luego alquilé la caravana. 300 al mes pagaba. Me ofrecieron comprarla, reuní la plata y la pagué. El problema es que no tengo sitio donde parquear. ¡Ya me sacaron de dos lugares! ¡Y en esta isla no hay campings! Me dijeron de un lugar, en San Antonio, y fui a chequearlo: me encontré un camping, sí, pero de lujo; sin espacio para caravanas”.
Primero viví en un piso, pero te suben la renta y no lo puedes pagar. Luego alquilé la caravana. 300 al mes pagaba. Me ofrecieron comprarla, reuní la plata y la pagué. El problema es que no tengo sitio donde parquear. ¡Ya me sacaron de dos lugares! ¡Y en esta isla no hay campings! Me dijeron de un lugar, en San Antonio, y fui a chequearlo: me encontré un camping, sí, pero de lujo; sin espacio para caravanas
–¿Y tú tienes trabajo todo el año, Jonathan?
–No, por temporadas, lo que va saliendo.
–¿En invierno se pone dura la cosa?
–Lo que se activa en la época, pero poco más. En verano sí hay más trabajo de mantenimiento y jardinería. Los que tengan papeles trabajan con contrato, y los que no… al negro me imagino. Por lo regular, todo funciona por conexiones. Yo te conozco, tú me conoces y me dices que allí necesitan a uno que sepa hacer algo. P’allá que vamos. En Colombia tenía otra vida totalmente diferente: trabajé como operario en una imprenta, pero lo mío eran las ventas: yo te vendo eso [señala una bici oxidada en el suelo] si hace falta. A la construcción siempre le tuve mucho respeto, pero aquí he tenido que trabajarla.
–¿Aguantarás aquí hasta el 29 de abril?
–Espero que no, pero si no encuentro otra cosa… A mí no me notificaron nada oficialmente, pero sé que nos van a sacar. Y sé cómo funciona. Al final uno conoce gente que vivió lo de Can Rova.
Hasta que lo desahucien, Jonathan seguirá dando de comer a Cati –una mezcla muy curiosa: malinois con podenco–; vaciando la sentina en un punto limpio; duchándose con cazos de agua caliente; viendo la silueta de la catedral de Eivissa recortada en el horizonte cada vez que entra a casa; escuchando salsa y cumbia los sábados por la tarde y los domingos al mediodía, cuando se encienden parrillas, se torra carne y los habitantes de la parcela celebran el fin de semana. Como las urbanizaciones de adosados con piscina que los rodean. Al fin y al cabo, todos forman parte del mismo vecindario. Igual que los residentes censados, los nómadas de Can Misses viven en tiempo real los goles de la Unión Deportiva Ibiza. El estadio de fútbol municipal está en la acera de enfrente.
La niñez dentro de una ‘roulotte’
Elena está sentada al volante de su cochecito de baterías como quien se para en un área de servicio a escuchar la radio. Del altavoz del cochecito suena una canción infantil –en castellano con acento argentino– que repasa los nombres de los dedos de la mano. Elena se baja del cochecito y señala la carrocería de plástico. Señala después su bicicleta y un muñeco tirado por el suelo. Señala también su propia ropa y dice una palabra: “Rosa”. Las pertenencias más preciadas de esta niña que en unos días cumplirá tres años son todas del mismo color. Hecha la aclaración, Elena corretea junto a la caravana en la que vive desde que tiene memoria. “Uno podría pensarse”, dice su padre, “que para ella esto es pura vida. Y lo es, claro que lo es. ¿Pero qué futuro podemos darle a la niña si no encontramos una casa? No estamos aquí de acampada y tenemos a los servicios sociales acá [se señala al cogote], haciéndonos preguntas todo el rato”.
'Uno podría pensarse', dice el padre de Elena, de tres años, 'que para ella esto es pura vida'. 'Y lo es, claro que lo es. ¿Pero qué futuro podemos darle a la niña si no encontramos una casa? No estamos aquí de acampada y tenemos a los servicios sociales acá [se señala al cogote], haciéndonos preguntas todo el rato'
El padre de Elena –que no se llama así– es también colombiano, pero no tuvo que regularizar sus papeles cuando llegó hace siete años a Eivissa. Con doce emigró junto a su familia en busca de la prosperidad que prometía la Unión Europea. Elena tiene a sus abuelos en Milán y su padre guarda en el bolsillo un pasaporte con una estrella de cinco puntas: el de la República de Italia. “En la isla no nos fueron mal las cosas al principio”, prosigue el hombre, con un castellano en el que se cruzan dejes latinos e itálicos. “Acá, mi mujer y yo pudimos alquilar, pero después de la pandemia se puso todo muy caro. Tuvimos que salir de la ciudad e irnos a Isla Blanca, una urbanización que queda bastante lejos, en el norte de la isla. Allí vivíamos cuando vino Elena (que nació en el hospital que tenemos acá, muy cerca), subieron el precio y salimos otra vez. No encontramos nada. Con niños, no te alquilan. Y con perros –tenemos uno, ¿qué tengo que hacer: abandonarlo, llevarlo a la perrera?–, tampoco”.
Con niños, no te alquilan. Y con perros –tenemos uno, ¿qué tengo que hacer: abandonarlo, llevarlo a la perrera?–, tampoco
Entonces, como Jonathan, como muchos de sus vecinos, los padres de Elena soltaron un puñado de miles de euros para comprar una casa rodante. Pasear por la parcela de Can Misses es recorrer un museo del caravanismo. Lord Münsterland, Lunar Premiere 51, Senator, Hymer, Knaus… Marcas y modelos míticos de fabricación británica o alemana. Algún remolque conserva la matrícula extranjera. ¿A qué vehículos estuvieron enganchadas? ¿Durante cuántos veranos recorrieron las carreteras europeas? ¿En qué campings de postal pernoctaron? ¿Por cuántos propietarios pasaron? ¿Cómo y cuándo llegaron a Eivissa, el territorio insular donde estacionar una roulotte en una zona no autorizada puede suponer 30.000 euros de multa? El torrente de preguntas es inevitable. Lo interrumpe el padre de Elena con una afirmación categórica:
–Al final, tendremos que irnos de Ibiza.
–¿Pero usted y su mujer tienen trabajo aquí, verdad?
–Sí, todo el año. Pero no nos da. Encontrar una vivienda por menos de 2.500 ó 3.000 euros al mes es imposible. Y súmele luego todos los gastos. Acá somos todos trabajadores. Todos. Los paraguayos, en la obra. Los colombianos, por lo general, jardinería y mantenimiento. Las señoras cuidan. No somos gente mala y los comentarios duelen. Aunque queramos irnos de acá, no podemos.
–¿Han buscado algún abogado?
–No. ¿Para qué? Sé que en otros lugares consiguieron retrasar el desahucio pero, al final, terminaron saliendo.
Acá somos todos trabajadores. Todos. Los paraguayos, en la obra. Los colombianos, por lo general, jardinería y mantenimiento. Las señoras cuidan. No somos gente mala y los comentarios duelen. Aunque queramos irnos de acá, no podemos
Una intimidad minúscula
El padre de Elena –como Manolo y José, como Jonathan y sus vecinos– no quiere aparecer en las fotos a cara descubierta, pero permite al fotógrafo entrar en la caravana para retratar un rincón de su casa. Sobre la mesa, un barreño, un vaso con una cola por terminar, una flor rojiza encima de un plato blanco lleno de piñas. Es un adorno de las Navidades pasadas, como los adhesivos de nieve en el cristal de una ventana que cruza una cuerda de la que cuelgan pinzas de colores. En los espacios minúsculos la intimidad se mide en milímetros. A esta familia sólo le resta un consuelo: cuando se vayan rodando a otro sitio no perderán euros ni horas invertidas en levantar una barraca –listones, chapa, pladur–: en Can Misses son muchas menos que las que hubo en Can Rova o Cas Bunets. Alguna hay, sin embargo. La chabola que más destaca recicla los despojos de las discotecas: las lonas de Cocoon, una fiesta que lleva un cuarto de siglo celebrándose en la isla, cubre de punta a punta el tejado.
“Salutati, dai”. Despídete, venga. Elena escucha la orden y mueve una mano en el aire. Su padre la mete en casa agarrándola con dulzura por las axilas. El sol ya se ha ocultado. Mañana, la niña se despertará, se pondrá una mochila (rosa), la montarán en el portabebés de una bicicleta de paseo y la bajarán a la escuela. Hay dos colegios públicos a menos de un kilómetro de distancia.
0