El 'truco' ilegal de los compañeros de piso que cobraban a Manu por una habitación: “No querían que el casero se enterase”
Manu es un joven de 29 años que trabaja como profesor de alemán en Eivissa. Llegó a la isla desde Cartagena, después de haber vivido cinco años en Múnich, donde trabajó como auxiliar educativo en un colegio de educación especial. Después de haber terminado el máster de profesorado –que da acceso a trabajar en colegios públicos y concertados de la ESO, Bachillerato y FP– en julio de 2025, le ofrecieron una plaza como interino de profesor de alemán: dos medias jornadas. Una en el IES Quartó des Rei (Santa Eulària des Riu) y otra en la Escuela Oficial de Idiomas.
“Juntaron dos medias jornadas para hacer una completa, aunque en dos sitios distintos”, explica. Aterrizó en la isla en octubre, apenas un día antes de empezar a trabajar. “Llegué un domingo y empecé un lunes”, afirma. No tenía dónde quedarse, así que pasó sus primeras noches en un hotel hasta que, en cuestión de días, encontró una habitación en un piso cerca de Can Misses. “Estuve en un hotel cuatro días y luego encontré una habitación”, recuerda. Pagaba 850 euros por un piso que compartía con dos personas más y que costaba en total 1.200 euros. Es decir, las otras dos personas pagaban 350 euros entre las dos y le subarrendaban la otra habitación a él. El casero desconocía la situación.
El trilerismo inmobiliario de la isla tiene muchas aristas. Están los propietarios que al socaire del mercado tensionado que hay ponen alquileres a precios desbocados, pero también quienes sufren la entrada y salida de personas de sus inmuebles mientras sus otros inquilinos se aprovechan y acaban pagando mucho menos del precio estipulado en el contrato. En un conocido portal inmobiliario digital, en estos momentos los dos pisos más baratos que se alquilan por la zona del ensanche de Can Misses están a 1.470 y 1.500 euros, respectivamente.
El primer piso que se oferta consta de tres habitaciones (una doble y dos individuales). Son 93 metros cuadrados con balcón. En la oferta se especifica que el inquilino debe pagar tasa de la basura y gastos de la comunidad, pese a que son gastos que deben correr a cargo del casero. Esta oferta está incluida en el programa de Alquiler Seguro del Govern balear que preside Marga Prohens (PP), que consiste en que la administración autonómica hace de intermediaria para facilitar que los pisos salgan al mercado inmobiliario y los propietarios tengan garantía de pago en caso de que hubiera problemas. Una fórmula público-privada que puede terminar por sufragar con dinero público intereses privados.
El segundo piso, de 135 metros cuadrados, se alquila solo de temporada: del 1 de noviembre al 30 de abril. Consta de tres habitaciones dobles, un baño, una cocina independiente y un balcón con vistas a la ciudad. Piden un mes de fianza y otro de agencia más IVA. “Ideal para empresas o particulares con temporalidad justificada”, detalla el anuncio. El anuncio, por cierto, prohíbe fumar en el interior. El incumplimiento de esta restricción conlleva “al pago de la pintura total de la propiedad y limpieza extra”. La limpieza final también se cobra cuando se abandona la vivienda: 484 euros.
Le realquilaban la habitación
Éste es, precisamente, el problema con el que Manu se ha encontrado tres veces. Todos los pisos en los que ha estado han sido temporales. En el primero, donde pagaba 850 euros por compartir con dos personas más que le subarrendaban la habitación, duró apenas dos meses. Aunque en un principio podía quedarse hasta abril, se marchó en diciembre debido a la situación en la que se encontró. “Tuve que hacer yo el contrato porque los que subarrendaban no querían”, explica.
Tampoco pudo empadronarse. “Decían que tenía que vivir un año allí, pero es mentira”. En realidad, añade, el problema era otro: “Era un subarriendo y no querían que el propietario lo supiera”. Esos 850 euros que pagaba durante los meses de otoño e invierno, ascendían a 1.100 euros para quienes alquilaban en primavera y verano. El piso entero se alquilaba por 1.200 euros. Es decir, una persona paga prácticamente el alquiler a las otras dos durante la temporada turística.
En su primer piso, donde no le dejaban empadronarse, Manu pagaba 850 euros por compartir con dos personas más que le subarrendaban la habitación. El piso entero se alquilaba por 1.200 euros. Es decir, él pagaba prácticamente el alquiler a las otras dos durante la temporada turística
No tardó mucho en encontrar piso una vez abandonó el anterior, pero no duró ni dos semanas. También estaba situado cerca de Can Misses. “Al principio bien, pero no me hicieron contrato”, explica. Trece días después de instalarse, le pidieron que abandonara la vivienda. Iba a pagar 750 euros al mes. “Me lo dijeron la noche antes de irme de vacaciones de Navidad”, lamenta. En este caso, el piso era de la hermana de quien vivía en el piso con él. La situación le sobrepasó.
“Mi idea era volver en enero, recoger mis cosas y marcharme a Cartagena”, reconoce. La gincana habitacional le estaba pesando demasiado, así que estuvo a punto de renunciar a su trabajo. Su familia le pidió que lo intentara, así que se dio cuatro días de margen, mientras vivía en un hotel (cuyo coste era, asegura, unos 100 euros la noche). “Es muchísimo estrés y dinero”, se queja. El problema no es solamente “buscar el piso”. “Es que el trabajo sigue adelante, tengo que seguir preparando las clases, hacer exámenes, etc.”, añade.
A los pocos días de regresar a la isla, encontró un nuevo alquiler en la zona de la milla de oro, una de las más caras de Eivissa, cerca de Pachá. Hay promociones de viviendas de pisos que se venden entre 2 y 10 millones de euros. “Volví el 5 de enero y el 10 o el 11 ya tenía piso”, asegura. Ahora vive solo en un apartamento de dos habitaciones por el que paga 1.100 euros al mes. En esa zona no hay ningún piso ofertado por debajo de 2.200 euros. El doble. También es un alquiler de temporada. “Estoy hasta junio”, señala. En verano no lo alquilan porque los caseros, que viven fuera, quieren disfrutar del piso en verano. Como profesor interino no cobra durante los meses de verano, así que tampoco tenía otra solución que la de marcharse a Cartagena en julio y agosto. “Les viene genial a los caseros porque saben que pueden alquilar su piso de septiembre a junio”, reconoce.
Ahora vive solo en un apartamento de dos habitaciones por el que paga 1.100 euros al mes. Es un alquiler de temporada y estará hasta junio
Lamenta la falta de “movimiento por la vivienda”
Manu no sabe si volverá a Eivissa en septiembre. “En teoría sí [me vuelven a contratar], pero no sé cuántas horas serían, ni qué plaza. Empezaría de cero”, lamenta. Cuando decidió aceptar la plaza, pensó incluso que le resultaría más difícil alquilar. “Pensaba que sería más caro, pero no que no hubiera viviendas”, admite. Comparado con la península, le sorprendió que “aquí directamente no hay pisos que se alquilen”. “No hay habitaciones, no hay nada, todo el mundo espera a la temporada turística para alquilar”, atestigua.
[En comparación con la Península] Aquí no hay habitaciones, no hay nada, todo el mundo espera a la temporada turística para alquilar
Más allá del alquiler, considera que el coste de la vida es más caro que en la península. “Hacer la compra es igual, pero bares y restaurantes, transporte y menús son más caros”. El transporte público, por ejemplo, le costaba más de cuatro euros al día. “Pago 4,20 euros diarios”, detalla, los lunes y los miércoles, cuando se desplaza de Vila a Santa Eulària. En realidad, el transporte público es gratuito para la población residente. Pero hace falta un requisito para conseguir esa tarjeta de transporte: el empadronamiento. Y a Manu no se lo hacían.
Para moverse hacia la Escuela Oficial de Idiomas, opta por una alternativa más económica y sostenible: “Voy en patinete”. Lo que más le sorprende, sin embargo, no es solo la dificultad para encontrar vivienda, sino la ausencia de movimientos sociales y asociativos. “No hay un movimiento fuerte pese a la situación”, concluye.
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