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ENTREVISTA

Antonio Pampliega, periodista: “El mal son los talibanes, no el Islam”

Imagen de archivo de Antonio Pampliega en Siria.

Pablo Sierra del Sol

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Alexievich, Svetlana: el alfabeto ha querido que Los muchachos de zinc: Voces soviéticas de la guerra de Afganistán sea el primero de los trece libros de la bibliografía que aparece al terminar Flores de Ariana, pero no es casualidad. A la manera de la periodista bielorrusa, la última novela de Antonio Pampliega Rodríguez (Madrid, 1982) también está narrada en primera persona.

La voz de la protagonista, sin embargo, son las voces de muchas mujeres. Es un libro de ficción, sí, pero se alimenta de decenas de historias reales. Fusiona escenas, recuerdos, datos o sentimientos que este periodista especializado en crónicas de larga distancia incluyó –o descartó– en los reportajes que filmó y escribió durante los ocho años que estuvo viajando a Afganistán. Entre 2010 y 2018 parecía que el país se había liberado del terror de los talibanes. Un espejismo.

Flores para Ariana comienza con una imagen muy potente: septiembre de 1996, recibimiento triunfal a los talibanes en las calles de Kabul.

Esa imagen nos hace entender que los afganos lo que querían era vivir en paz. Llevaban en guerra desde el 73, veintitrés años. Salieron a recibir a los talibanes como si fueran héroes: en internet puedes encontrar las fotografías y ver cómo engalanaron sus tanques. Obviamente, luego la cosa se torció. 

¿Hay represión moral sin corrupción sistémica? 

Cuando acaba una guerra, además de los ajustes de cuentas entre vencedores y vencidos, el poder se sustenta en una red clientelar. No sólo ha ocurrido con el régimen talibán. He vivido unas cuantas posguerras y creo que ni se estudian lo suficiente ni se les da el espacio que merecen en los medios. Al terminar la invasión soviética, en el 89, de Afganistán nos fuimos todos y allí los dejamos hasta el 2001… y porque los talibanes ayudaron a Osama [Bin Laden] a tirar las Torres Gemelas. Si no, seguirían en aquel agujero negro.

¿Cuándo se dio cuenta de que todas las historias de las mujeres afganas eran la misma?

Sobre todo cuando hice un reportaje para Cuatro que se llama Matrimonio infantil, 2018 todas las entrevistadas son el eco de la voz de Ariana, la protagonista de la novela. Da igual que sean de Kabul, de Mazar e-Sharif, de Herat: las historias se van repitiendo y son todas terribles. Ahí me doy cuenta de que hay un problema muy grande con las mujeres. Las íbamos a dejar olvidadas. Los talibanes ya tenían el 80% del país bajo su control. 

En la novela se refleja la deshumanización de unos niños criados en la cultura de la violencia que imponen los talibanes.

¿El matrimonio concertado es el punto de no retorno para la mujer afgana? Es lo que motiva a las protagonistas de su novela a intentar la huida a Pakistán.

Las familias se desprenden de sus hijas porque son una especie de mercancía que se compra. Quizás el padre o el hermano les den un poco de libertad para estudiar o trabajar, pero en el momento en que se casen dependen de la voluntad del marido. Cuando se les plantea a las protagonistas –“os vais a casar”– es el momento en que se tienen que ir: eso pasa en la vida real. En mis últimos viajes ya tenía más experiencia y contactos y me era más sencillo acceder a las mujeres afganas. Para un hombre es complicado entrar en esa cultura. Uno de los casos que vimos en 2018 fue el de una chica –dieciséis años– que el padre quería casar con un señor de treinta y cuatro. La chica huyó –porque quería seguir estudiando–, la cogieron en la frontera entre Afganistán e Irán y la metieron dos años en un reformatorio acusada de prostitución. Después de la condena, la obligaron a casarse con ese señor. Por todo ello, Afganistán es uno de los países donde la tasa de suidicio entre las mujeres es más alta. El matrimonio, en muchos casos, es una condena a muerte.

“Ramera” o “prostituta” son de las palabras que, de forma muy despectiva, utilizan los hombres, más radicalizados o con más poder para insultar a las protagonistas femeninas de su novela. Sin embargo, en el escenario que pinta, la doble moral es el pan de cada día.

Los talibanes incumplen sus normas sin esconderse porque saben que la población les tiene miedo, que nadie les va a toser. A Ariana y su hermana Parvana les llaman prostitutas, pero los talibanes consienten que haya un prostíbulo en Kabul donde ellos van a tener relaciones sexuales a cambio de dinero. Pero la doble moral no afecta sólo a las mujeres en aquel país. El bacha bazi –literalmente, jugar con niños– es una tradición: se les obliga a danzar y luego se los somete… Como ocurre una sociedad donde la homosexualidad está perseguida y penada con la muerte, se disfraza a niños de niñas para enmascarar lo que están haciendo. La doble moral es una de las cosas que quería poner en valor en la novela. ¿Son radicales? Sí, pero para los que ellos quieren.

La reacción de Salem, el amigo de Ariana, cuando descubre que su padre es pedófilo puede resultar familiar en cualquier parte del mundo.

Por desgracia, los niños, cuando hay dinero de por medio, son moneda de cambio. Lo he visto en el Congo –donde se usaba a niños pequeños y se mataba a chicas vírgenes para hacer rituales atroces–, por ejemplo. El problema de Afganistán es que coincide todo en un mismo país.

¿Cómo se explica entonces Afganistán? ¿Las experiencias que acumuló en Siria, Egipto, Iraq o, incluso, Haití le ayudaron a contar un país que, desde el siglo XIX, es una casilla codiciada en el tablero geopolítico?

La repercusión que han tenido los occidentales es clave para entenderlo. Ya fuera con las pugnas entre los imperios Británico y Ruso hace más de cien años o durante la Guerra Fría. Además, Afganistán es un estado fallido desde el golpe que se dio contra la monarquía absolutista [de Mohamed Zahir Sha, 1973]. Desde entonces nadie ha sabido darle una solución. Los veinte años (2001-2021) que estuvieron las tropas de la OTAN fueron un fracaso absoluto: nunca se invadió Afganistán con la intención de estabilizarlo. Simplemente, había que responder a unos atentados que causaron 3.000 muertos. El objetivo siempre fue Iraq. En 2003, cuando se sacan tropas para moverlas a suelo iraquí, los afganos se dan cuenta de que los americanos no han venido para quedarse. ¿En quién te refugias? En señores de la guerra y señores de la droga: gente corrupta. En los últimos veinte años, la producción de opio se ha potenciado a niveles de los años ochenta, cuando la guerra contra los soviéticos. A nadie le ha interesado nunca pacificar aquel país y, ahora, ya no interesa nada de nada.

¿Las flores son la riqueza y la condena de los afganos?

Efectivamente. En Kabul existe una calle dedicada a las flores. A los afganos les encanta tenerlas en su casa. A mí me llamaba la atención ese contrapunto colorido a un país tan gris. Y, a la vez, sin las amapolas de Afganistán no habría llegado a Europa o a América toda la heroína que se lleva consumiendo desde los años sesenta.

La literatura sobre el simbolismo de la flor en la cultura islámica es extensa. ¿Qué obras le sirvieron de ancla para desarrollar el argumento?

La primera vez que viajé a Afganistán fue en 2010, a raíz de haber leído Mil soles espléndidos y Cometas en el cielo, de Khaled Hosseini. Me enamoré del país y ahora tengo una estantería sólo de libros afganos. Todo lo que va saliendo sobre el país me lo compro. Me interesa mucho. Lógicamente, además de la documentación, las entrevistas sobre el terreno fueron clave para ambientar la historia.

A Pampliega le llama la atención el contrapunto colorido que representan las flores en un país tan gris.

Hace hincapié en la diversidad afgana. Recuerda al lector, por ejemplo, que resisten minorías hindúes en un territorio dominado por una teocracia. ¿Era imposible esconder al corresponsal detrás del novelista?

Además de ficcionar las historias que me han ido contando durante años, también quería que los lectores tuvieran una visión general de Afganistán. A riesgo de ser pesado, quería ser pulcro a la hora de dar datos y cifras. Creo que eso le da realismo a la acción. El editor me decía que en algunos pasajes sentía como si lo transportaran a Kabul y, claro, es que he estado en esa ciudad muchas veces.

¿Esa forma tan visual de escribir, tirando de frases cortas y directas, está relacionada con los trabajos para televisión?

Quien me recomendó escribir con frases cortas fue Ramón Perelló, el editor de Península, con quien saqué mi primer libro [En la oscuridad], donde contaba el secuestro. “Antonio, sujeto, verbo y predicado. Ya está, esa es la mejor forma de escribir”. Desde entonces, esa es la fórmula que utilizo en todos los textos que escribo.

¿Es un método sencillo para explicar cuestiones complejas? Flores para Ariana está repleta de contradicciones: las protagonistas, pese a estar sometidas por una teocracia, tienen fe en Alá. Y lo expresan.

Sí, sí. Amigas afganas como Latifah, que está en Madrid como refugiada, aunque es chiíta y no sunita como los talibanes, siguen creyendo. Lo mismo ocurre con muchos sirios, aunque el Estado Islámico eliminara a miles de personas musulmanas. Al final, la religión no hace a la persona sino que la persona es quien hace a la religión. Lo fácil hubiera sido demonizar al Islam. Era importante poner el foco en que el mal son los talibanes, no la confesión religiosa.

¿Cómo influyen dictaduras como la afgana para que la islamofobia permee en la sociedad occidental a través del discurso de partidos que no son sólo de ultraderecha?

Las noticias que nos llegan de países como Afganistán son fuego y gasolina para seguir encendiendo a la gente. Cuando hay un asesinato de una mujer, lo primero que muchos preguntan es: “¿De dónde es el asesino?” Si resulta que es marroquí, aprovechan el dato para atacar al Islam. Obviar que los talibanes o el Estado Islámico son musulmanes es un error, pero también hay que contar que hay muchos musulmanes que están en contra de ese terror. Los kurdos luchan contra ellos, los sirios combatían contra ellos, Ahmad Masud [el líder del Frente de Resistencia en Afganistán] también combatió contra ellos… Pero quien es racista va a comprar el discurso de la islamofobia y no se va a preguntar los porqués.

Volviendo a su libro, esas contradicciones que nos encontramos en cualquier sociedad sirven para que el relato avance. Un ejemplo es el padre de las protagonistas: un hombre religioso y conectado a las tradiciones, pero de ideología comunista y dueño de una librería.

Ese señor existió. Era el padre de una jugadora de baloncesto en silla de ruedas que se llama Nilofar Bayat [quedó inválida cuando tenía dos años por el impacto de un cohete contra su casa, un ataque talibán en el que murió uno de sus hermanos]. Él no tuvo problema para darle permiso a su hija para que siguiera estudiando y jugando al baloncesto. Los hermanos intentaron vetarla, pero el padre dijo que no. ¿Por qué? Él tenía una cultura y una formación que no tenían sus hijos, que se habían criado en un ambiente talibán. La cultura machista –inculcada por el régimen y por el carácter afgano de pura cepa– sobrevivió a la invasión americana. Hay que combatir que ese pensamiento arraigue en las segundas y terceras generaciones de musulmanes que viven en Europa.

Nilofar Bayat lanza a canasta. La historia de su familia una de las que inspiran 'Flores para Ariana'.

Ocurre también con las crisis económicas o, incluso, con los cambios de gobierno: la edad que uno tenga cuando empieza una guerra determina tu manera de ser, tu conducta, tus valores. Muchos de los niños que aparecen al inicio de la novela están totalmente deshumanizados.

Es muy complicado ponerse en la piel de los personajes, pero si eres tan pequeño y has visto lo que has visto, el grado de violencia que se vivió en la guerra civil afgana –del 92 al 96, una auténtica carnicería– te tiene que afectar de alguna manera. ¿Cómo? Muchos acabaron abrazando la ideología talibán. Eran híper violentos. Luego está Salem, una rara avis, que ve a Ariana como una igual. En cambio, el resto de niños del barrio le tiran piedras porque la odian. Es imposible avanzar si no se ve un ápice de esperanza. Lo tuvieron durante veinte años, pero ha desaparecido.

Salem, al principio, se enfrenta al poder talibán sin ejercer violencia, pero luego le vemos disparar un rifle. ¿Con ese personaje quería recordar al lector que llega un momento en el que para sobrevivir no queda más remedio que mancharse las manos?

Por desgracia, sí. No sé si matar, pero sí hacer cosas de las que no estás orgulloso con tal de conseguir tu objetivo. ¿Cuál era el de Salem? Encontrar a Ariana. ¿Que se tuvo que afiliar a los talibanes? Lo hizo. ¿El bien mayor está por encima? Yo te diría que sí. Ese hombre, a pesar de las cosas que ha hecho, le dio una segunda oportunidad a su amiga… y a su hija.

¿Qué representa el conocimiento, la cultura, la lectura, la escritura en un país donde incluso están prohibidas las muestras de afecto en público o salir de casa con las uñas pintadas?

Son esas ventanas que puedes abrir de par en par e imaginarte ese mundo que te está siendo vetado. Si Ariana no podía darle un abrazo a su amigo, recurre a la literatura, a través, por ejemplo, de El Principito. Escribir y soñar es algo que no nos van a poder robar nunca. En muchas partes del mundo es así.

Ahí está también la red de escuelas clandestinas. 

Hay que poner en valor que no todos los hombres son talibanes. Muchísimos están en contra de lo que se está haciendo. También se juegan la vida permitiendo que se eduque de forma oculta a las mujeres en sus casas. El machismo puede venir de cualquier parte. Recuerdo, por ejemplo, la historia de Narges: la casaron con un chico de quince cuando ella tenía sólo ocho años. En su nuevo hogar fueron su suegra y su cuñada quienes le hicieron la vida imposible porque sentían que había llegado para robarles el sitio.

En las páginas de cortesía, Ediciones La Tormenta ha reproducido una de las páginas que escribió en un cuaderno durante su secuestro (2015-2016). ¿Cómo era Flores para Ariana cuando Al Qaeda le liberó después de casi trescientos días? 

Eran retazos, pero no me he desviado mucho de aquel manuscrito. El embrión que saqué de Siria son los cimientos de la novela. Ya tenía el título puesto y los personajes perfilados. Luego fui completando con el acceso a los documentos y a Internet que, lógicamente, no tenía durante el secuestro. Es cierto que el final nunca lo escribí porque pensé: en el momento en que termine y ponga el punto final a Ariana, también me lo voy a poner a mí.

Durante su secuestro en Siria, el periodista se evadía escribiendo sus recuerdos en ciudades como Kabul.

Como Sherezade en Las mil y una noches. Fabulando para sobrevivir.

[Ríe] Es que soy bastante supersticioso. Escribir fue una manera de salir adelante dentro de la celda. Me imaginaba paseando por Kabul, donde había vivido seis meses, y describía el ambiente de sus plazas y avenidas… Cuando dejo de escribir, de hecho, caigo en una depresión bastante importante. 

¿No reescribió ni editó demasiado el manuscrito?

Tenía escritas dos terceras partes de la novela cuando vino el viaje a Afganistán, en 2018, donde pude acceder a las historias de muchas mujeres. A petición de los editores decidí pasar la narración de tercera a primera persona. Me dijeron: tiene muchísima más fuerza si te lo cuenta Ariana, que es una adolescente que está sufriendo en carne propia. Sólo mantuve la tercera en los capítulos que se centran en Parvana porque quería ponérselo fácil al lector al diferenciar las dos voces. Entre ellas he intentado plasmar que en un país donde no hay amor, el amor entre dos hermanas está por encima de todo. Publicar esta historia después de que los documentos hayan estado guardados durante casi diez años es un regalo para mi hermana Alejandra. Cuando la escribí no pensaba que pudiera llegar a leerla.

¿Se están contando a sí mismas las mujeres afganas? ¿A qué escritoras deberíamos leer para conocer lo que usted ha contado desde su propia perspectiva?

Hay muy pocas mujeres afganas que hayan contado su historia, pero ahora mismo tenemos a Khadija Naim, la autora de Sin velo: donde cuenta cómo le obligaron a casarse cuando su sueño era ser periodista y escapó para venir a España, desde donde lucha para recuperar a sus tres críos. Es una voz súper potente.

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