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Los dioses argentinos son personajes de un tango

Messi, tras perder la final contra España.
20 de julio de 2026 21:40 h

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Los dioses argentinos no mueren: se convierten para siempre en personajes de un tango.

El futbolista Diego Armando Maradona acabó su carrera en la triste final de 1990; el hombre Diego Armando Maradona cayó por el despeñadero de la vida cuando, tras el tristísimo Mundial albiceleste de 1994, fue sancionado por dopaje.

Leonel Messi, héroe hasta el penúltimo minuto, aspirante al balón de oro hasta el penúltimo minuto, lloró mientras sus compañeros desahogaban la rabia soltando tarascadas a los campeones. El mejor futbolista rozó el final glorioso y acabó en la pena infinita, en el gesto mezquino, en la renuncia a cualquier elegancia deportiva. Es decir, en tango.

“Uno va arrastrándose entre espinas y en su afán de dar su amor/ sufre y se destroza hasta entender que uno se ha quedao sin corazón”. Así se fueron Maradona y Messi. Con el corazón roto y el cabreo en la garganta. Ambos sufrieron la derrota definitiva en Estados Unidos. Casualidad, probablemente.

El Mundial de 2026 marca el adiós de Messi y confirma la hegemonía de una selección que, a diferencia de todas las demás selecciones, no es realmente una selección sino un equipo. España, campeona de Europa y del mundo, dominante también en fútbol femenino y en las categorías de jóvenes, se instala en la cúspide. Cualquier superlativo está justificado.

El Mundial recién concluido constituye también un tránsito hacia la competición multitudinaria que busca la FIFA. En 2022 participaron 32 equipos. Esta vez fueron 48. El objetivo ahora es alcanzar los 64. ¿Vale la pena? La calidad se resiente en la fase inicial y en las primeras eliminatorias.

La voluntad inclusiva, por otra parte, permite la hermosa eclosión de selecciones como Cabo Verde. La federación caboverdiana recibirá unos 12 millones de dólares. Está muy bien: unos 22 dólares por habitante, que deberían, en teoría, invertirse en instalaciones y escuelas deportivas y mejorar la competición en el país. El caso, sin embargo, es que ningún futbolista de la selección de Cabo Verde juega en Cabo Verde.

Como siempre, ha habido quejas (justificadas) respecto a los árbitros. Como siempre, ha habido una selección (Argentina esta vez) que ha gozado de una especial benevolencia. Nada nuevo. Quien viera el Mundial de 1966 en Inglaterra, el primero transmitido en directo, recordará las múltiples agresiones impunes que sufrieron Pelé y Eusebio: el objetivo era limpiar de rivales el camino inglés. Con eso, con Bobby Charlton y Bobby Moore y con un gol imaginario en la final, la misión quedó cumplida.

Como siempre, se ha demostrado que conceder el Mundial a un país hostil, tanto con los suyos como con los forasteros, conduce al bochorno colectivo. Rusia, Catar, los Estados Unidos de Donald Trump: una cadena de sedes antipáticas. El rechazo al árbitro somalí Omar Artan, los registros tan despectivos como amenazantes a selecciones como las de Uzbekistán, Senegal o Uruguay, o el trato dispensado a Irán, por no entrar en el papel de Donald Trump como máxima instancia de apelación en materia de tarjetas rojas, ensombrecen la llamada “fiesta del fútbol”.

Confiemos en que, dentro de cuatro años, España, Portugal y Marruecos tengan gobiernos un poco más hospitalarios. No lo doy por seguro.

Y, como siempre, la FIFA ha hecho un gran negocio. Sus ingresos rondan los 15.000 millones de dólares. La estúpida “pausa de hidratación” ha troceado los partidos y ha perjudicado al juego, pero ha permitido meter más publicidad televisiva. Casi 15 millones de personas han llenado los estadios. La máquina de las audiencias y el dinero no se frena.

¿Cuál será el poso histórico del Mundial de 2026? El adiós de Messi, sin duda. El talento de un equipo, España, que, como Rodri, ganó sin despeinarse. Y unas cuantas ridiculeces de Trump. No hubo un partido para la eternidad, como el Italia-Alemania de 1970, o el Italia-Brasil de 1982, o el Argentina-Inglaterra de 1986, o la dramática final de 2022. Quedará, ciertamente, una segunda estrella en la camiseta roja. Eso no se borrará nunca.

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