El fútbol como flor del mal
Donald Trump le ha hecho un gran favor al fútbol.
¿No me creen? Voy a intentar convencerles.
El fútbol es un juego hermosísimo. Dentro de un espacio grande, algo más de 7.000 metros cuadrados, pululan 22 personas que se disputan un balón. Las posibilidades son casi infinitas. En algún momento ocurrirá algo impensable, mágico, milagroso. Es un juego hipnótico jalonado de emociones.
Pero el juego, con toda su gracia, necesita algo más. Necesita realidad. Necesita que el mundo exterior interfiera y recuerde a los futbolistas, los héroes de esta historia inacabable, que existen fuerzas poderosas y malignas más allá del césped. Joseph Blatter, aquel corruptísimo expresidente de la FIFA (disculpen el oxímoron), lo explicó una vez: “La sociedad está llena de demonios, y esos demonios los encontramos también en el fútbol”.
Como en las tragedias griegas, los dioses deben dificultar la misión de los héroes. Aquí los dioses no son seres tronantes e inmortales, sino burócratas viscosos de una inverosímil ONG sin ánimo de lucro ni propietarios. Burócratas, decía, formados en la más estricta disciplina del peloteo a quienes les permiten vivir rodeados de lujos y de honores: gobiernos y empresas multinacionales.
Donald Trump exigió a Gianni Infantino, presidente de esa ONG inverosímil llamada FIFA, que retirara la sanción de un partido impuesta a Folarin Bolagun, goleador de Estados Unidos. Infantino, adiestrado durante años en el arte de arrastrarse ante quien manda, aceptó.
Ese mismo Infantino, entonces secretario general de la UEFA, amenazó en 2015 con apartar al fútbol griego de las competiciones internacionales por “interferencias del gobierno” en una ley del deporte. A cada caso su cosa. Sumisión ante el fuerte, arrogancia ante el débil.
La eliminatoria entre Estados Unidos y Bélgica habría sido, sin el abuso de poder de Trump y la sumisión reptante de Infantino, un partido más. Para Estados Unidos, una ocasión para seguir mejorando su currículum. Para Bélgica, una ocasión para desmentir a quienes la consideran una selección vetusta. Pero la interferencia del Olimpo burocrático convirtió el Estados Unidos–Bélgica en un combate entre el bien y el mal.
Y se notó. A Estados Unidos le pesó la culpa de aceptar lo inaceptable. Le pesó una vergüenza que se recordará durante generaciones. Como la de Corea del Sur en 2002. Tras aquellos arbitrajes delirantes que le permitieron alcanzar las semifinales ante su público, Corea del Sur permanece enfangada en la mediocridad. Llámenle karma.
Bélgica, en cambio, voló con la rabia de quien ha sufrido una injusticia y con el aliento remoto de millones de aficionados a los que, en otras circunstancias, no se les habría pasado por la cabeza desear con tanto fervor la victoria de “la Belgique”. Fueron cuatro goles gloriosos.
Aceptemos que el fútbol es una flor que necesita estiércol. Cuanto más se ha regado el fútbol con dinero del petróleo o con dólares de fondos de inversión predadores, más ha mejorado el juego. Véase el PSG, cumbre del fútbol de presión. Cuanto más han descendido los Mundiales en la escala internacional de los países que respetan los derechos humanos (Suráfrica ocupaba el lugar 30 del ránking; Brasil, el 47; Rusia, el 107; Catar, el 137), más divertidos (a la vez que indignantes) han sido los torneos. El actual, gracias al excremento dorado de Donald Trump, promete un final apasionante.
El fútbol es una flor del mal. En la famosa colección de poemas con ese título, Las flores del mal, Charles Baudelaire escribió: “Detrás de los tedios y las vastas penas/ que con su peso entorpecen la brumosa existencia, / afortunado aquel que puede con un ala vigorosa/ alzarse hacia los campos luminosos y apacibles”.
Alcémonos, pues, hacia “los campos luminosos y apacibles”. Y que de la porquería circundante brote la hermosura del fútbol.
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