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Francia, el Mundial viejo y el mundo nuevo

El extremo francés, Michael Olise, conduce el balón en el partido contra Senegal.
30 de junio de 2026 21:57 h

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Cuando se intenta adivinar hacia dónde va ese asunto tortuoso que llamamos “política”, hay que mirar hacia Italia. Cuando hablamos de cosas serias, dirigimos la mirada a Francia.

Los franceses tienen un especial talento para convertir conceptos abstractos en cosas aparentemente vivas. Me refiero a conceptos como “libertad” o “nación”. Adelante, defínanlos. En 1789, la Revolución Francesa inventó el mundo moderno. En 1996, Jean-Marie Le Pen, aquel viejo fascista, anunció que el mundo moderno había muerto: “Es artificial que hagamos venir jugadores extranjeros para bautizarlos como equipo de Francia”, dijo.

A Le Pen le parecía que había demasiados negros en la selección francesa. En efecto, el mundo había cambiado. (Para bien, en mi opinión). El cambio se confirmó el 6 de octubre de 2001, poco después de que, con los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos, comenzara el siglo XXI histórico.

Ese 6 de octubre Francia jugaba contra Argelia en el Stade de France. “La Marsellesa” fue silbada y abucheada por miles de franceses de origen argelino. En el minuto 76 del partido (que Francia, dirigida por un francés argelino llamado Zinedine Zidane, dominaba 4-1), centenares de franceses argelinos invadieron el césped y ya no se jugó más.

Cuando Francia gana un Mundial, miles de franceses con banderas argelinas y marroquíes destrozan los Campos Elíseos de París. Cuando Francia pierde ocurre lo mismo, con los mismos protagonistas. Insisto: defínanme qué es hoy una nación. Sin incurrir en fascistadas, a ser posible.

Ahora permitan que haga algunas consideraciones sobre las “selecciones nacionales de fútbol”, esos grupos de adscripción cada vez más opcional (piensen en los hermanos Williams, un ejemplo entre tantos: un hermano con Ghana, otro con España) que, supuestamente, han de inflamar nuestros instintos más bajos. Me refiero al patriotismo y otros delirios del mundo antiguo. Da igual que el mundo antiguo de los Le Pen y los Trump y los Abascal se esfuerce por volver: sigue siendo antiguo.

Cuento con que, al llegar a la palabra “consideraciones” en el párrafo anterior, se han ido todos ustedes. Por tanto en adelante, supongo, hablo solo.

La selección española siempre me ha dado igual. Me incomoda que un documento administrativo (el DNI) conlleve la obligación de sufrir o alegrarme por los resultados de un equipo.

Fui durante años seguidor de la selección alemana (mi padre era anglófilo y vimos juntos la final de 1966, con opiniones dispares), y cuando crecí me alisté en las filas italianas. Dado que Italia lleva tantos años desaparecida en el negocio mundialista (nótese que Alemania e Italia, las dos selecciones europeas con más estrellas, ya no pintan nada), recurro a Argentina como opción secundaria.

La palabra “selección” significaba algo en el mundo antiguo. Implicaba florilegio, analectas, lo mejor de cada fútbol y un estilo distinto e inconfundible. El Brasil bailón de 1970, la Alemania disciplinada de 1974, etcétera. Ahora díganme, por favor, qué selección nacional de hoy podría tener alguna opción de victoria si se enfrentara al PSG o al Bayern. La selección francesa, quizá. Ninguna otra. Los grandes equipos europeos no son selecciones nacionales, sino mundiales. Y además son auténticos equipos porque se pasan el año trabajando juntos.

No esperen que este Mundial les ofrezca un partido como el PSG-Bayern del pasado 28 de abril. Ninguna selección puede reunir lo mejor de América, África y Asia como lo hacen los equipos europeos. Que además forman desde la infancia o adolescencia al material humano más prometedor futbolísticamente de América, África y Asia. Lo que degrada adicionalmente el Mundial y el fútbol de selecciones: todas juegan de forma muy parecida, porque sus futbolistas proceden de las mismas escuelas europeas.

Ay, Europa. Solo nos quedan tres industrias mundialmente competitivas: la del lujo, la turístico-museística y la del fútbol.

Empezamos con Francia y acabamos con Francia. Admiremos los frutos futbolísticos de las convulsas “banlieues”, admiremos los resultados del mestizaje étnico y cultural: cómo no va a ser formidable un tipo como Michael Olise, británico nacionalizado francés, de padre británico-nigeriano y madre franco-argelina.

Solemos pensar que Francia sufre una crisis irreversible. Yo creo que sufre dolores de parto porque allí, antes que en ningún otro sitio, está naciendo un mundo nuevo y mejor. ¿No me creen? Hablamos dentro de 30 años.

Ojalá Argentina. Pero qué grande es Francia.

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