Mantener unida la finca de Torre Arias para entender 400 años de producción agrícola, vida nobiliaria y trabajo
El pasado 29 de julio supimos que el Ayuntamiento de Madrid ha aprobado ceder al Banco de España los edificios históricos de la Quinta de Torre Arias por los próximos 75 años. La justificación del consistorio es que la operación permitirá la rehabilitación de los edificios que alberga la quinta para que vuelvan a tener un uso. El parque de la finca, que son los jardines históricos, seguirá abierto al público como hasta ahora.
Los planes del Banco de España pasan por utilizar el palacete y las caballerizas del conjunto histórico para abrir un centro orientado a la promoción de la educación económica y financiera. El anuncio no ha caído bien en el grupo de entidades ciudadanas que llevan años agrupados en la Plataforma Ciudadana Quinta de Torre Arias para promover el uso público de la quinta del distrito San Blas-Canillejas.
Una de las reclamaciones vecinales y de las asociaciones en defensa del patrimonio de más largo aliento es que se respete la unidad y el espíritu histórico de un complejo que, si es singular, es sobre todo por la relación entre el palacio, las caballerizas, las edificaciones agropecuarias, las huertas, los cultivos y su paisaje. Torre Arias es el único ejemplo de quinta nobiliaria con uso mixto recreativo y agropecuario en Madrid, función que ha conservado hasta hace pocos años.
Ya en su día, se paralizó un proyecto de cesión del palacete a la Universidad de Navarra por, entre otras cosas, segregar los elementos de un conjunto cuyo valor gana enteros al ser entendido como una unidad. Aquel proyecto, que felizmente no llegó a puerto, implicaba la desaparición de parte de los edificios auxiliares y levantar nuevos inmuebles.
La Quinta de Torre Arias o de Canillejas: una colección de siglos a las puertas de Madrid
La Quinta de Torre Arias se encuentra junto al antiguo pueblo de Canillejas, una de las poblaciones más antiguas de Madrid –data del siglo XIII– que fue anexionada a la capital en 1949.
El origen de la quinta hay que buscarlo entre 1580 y 1602, cuando García de Alvarado Velasco, un criollo establecido en Perú que había recibido el título de primer conde de Villamor, decidió establecerse en la corte, para lo que adquirió las tierras y creo una quinta cercada con palacio, huerta y palomar.
La historia del complejo es la de distintos linajes aristocráticos. En el siglo XVII pasó a la casa de Aguilar, en el XVIII a la de Osuna, perteneció a los frailes dominicos de Santo Tomás o los Garro.
Desde finales del XVIII hasta principios del XIX la finca sufrió algunos periodos de abandono y los avatares de la guerra de la Independencia, pero con su compra por parte del marqués de Bedmar en 1850 comenzó un periodo de esplendor al que se debe su imagen actual. Una profunda restauración llevada a cabo durante este periodo no legó su característico etilo neomedievalista victoriano en ladrillo visto. Además, se construyeron muchos de los edificios auxiliares (estufas, vaquería, casas para empleados, lavadero o norias).
A finales del XIX la finca fue adquirida por la marquesa de la Torrecilla, que se la cedió a una hija casada con el VI conde de Torre Arias. De ahí viene su denominación actual. La explotación ganadera se mantuvo, centrada en la cría de caballos y galgos, aunque se añadieron elementos deportivos como pistas de tenis o croquet. Durante esta etapa se construyó también la puerta monumental que da a la calle de Alcalá.
La última condesa de Torre Arias falleció en 2012, legando la finca al Ayuntamiento de Madrid. Durante los años de Tierno Galván como alcalde se había establecido la cesión gratuita obligatoria al fallecimiento de los condes a cambio de recalificar como urbanizables más de 170.000 m2 de suelo de esta familia nobiliar. Así se sancionó en el Plan General de Urbanismo, que entró en vigor en 1986. El convenio incluía la condición de que los terrenos debían utilizarse como parque público y para fines culturales.
La finca fue puesta a punto y abrió como parque en noviembre de 2016. Hablamos de diecisiete hectáreas con una gran riqueza histórica y natural. En sus jardines se cuentan hasta 51 especies diferentes de árboles, algunos de gran valor, como una encina de más de trescientos años. En 2022 fue declarada Bien de Interés Cultural (BIC) en la categoría de Conjunto Histórico.
El interés de la quinta, más allá de ser un espléndido espacio de recreo para los madrileños y casi un continuo con la cercana Quinta de Los Molinos, estriba en sus posibilidades como conjunto. La naturaleza del espectacular palacete acastillado se entiende mejor junto con el resto de pabellones que lo convertían en una unidad económica. Los establos, el matadero, el espacio para la cría de galgos, el palomar, el gallinero, las casas del jardinero o la del guardia. Y, por supuesto, su infraestructura hidráulica, que cuenta con restos de los antiguos viajes del agua madrileños, concretamente del Viaje de Abroñigal Bajo, cuya construcción original se remonta a 1619, y ramales de captación para la finca.
Un espacio en la memoria de los vecinos
El uso prolongado de la quinta hace que aún sea parte de la memoria de los vecinos en sus anteriores vidas y, de hecho, es también conocida como Quinta de Canillejas.
Su utilización durante la segunda mitad del siglo XX aún cuenta con hebras vivas en la memoria oral de algunos de sus protagonistas. Es el caso de las vivencias de Pablo Hervás, reflejadas en este artículo de Página del Distrito con sus avatares como hijo de los guardeses de la finca.
“Hasta los años 60 un burro era el medio de locomoción para andar por la Quinta y con un rulo de piedra se pisaba y allanaba el terreno. Junto a la casa de los guardeses se situaba el corral con las gallinas para abastecer la cocina de los marqueses. La viña se ubicaba en la parte sur, junto a la valla perimetral de la calle Alcalá y se fijaba con espalderas y alambres para sujetar las cepas que daban un moscatel de primera categoría, muy reconocido en la región”, relata tirando de sus recuerdos infantiles, que incluyen también al resto del personal que trabajaba en el complejo o el código de toques de campana que se utilizaba en su interior, y que podía señalar el peligro de un incendio o la llegada de una visita de postín.
Hervás ha realizado visitas guiadas a la quinta y en este vídeo de Ateneo de Saberes puede encontrarse un buen repaso de sus vivencias, que son una llamada de atención acerca de la importancia de mantener la memoria del espacio como centro de trabajo, espacio segregado entre clases y de producción, además de como bonito ejemplo de patrimonio nobiliario.
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