El año en que intentamos salvar los cines de Madrid
En 2005 cerraron los cines Luna. Fue un cierre más en la cadena de desapariciones de salas de cine, pero aquel era el único que quedaba en nuestro barrio. Ese año, el Ayuntamiento modificó el Plan General de Madrid para retirar la protección cultural a los cines, vigente desde la época de Tierno Galván.
Isabel Rodríguez Bobillo, presidenta de nuestra asociación de vecinos —ACIBU, Asamblea Ciudadana del Barrio de Universidad, también conocido como Maravillas o Malasaña—, me dijo:
—Carlos, tenemos que hacer algo. No podemos quedarnos de brazos cruzados.
Aquel año creé, junto con otros vecinos del barrio, el colectivo Salvemos los Cines. Nos reuníamos en el café Ajenjo y tratábamos de concienciar a los madrileños sobre la pérdida de sus espacios culturales. Había que buscar fórmulas para evitar el cierre de los cines y teatros.
El problema no era nuevo, pero se había recrudecido mucho. De los 130 cines de 1980 habíamos pasado a 55 en 2005. Hoy quedan apenas 30.
Una tormenta perfecta se abatía sobre los cines a comienzos del siglo XXI. Las compañías telefónicas comenzaron a ofrecer películas a través del televisor, lo que permitía ver cine sin salir de casa. El DVD estaba en auge y las descargas piratas por internet se generalizaron. La desprotección urbanística de las salas por parte del Ayuntamiento facilitó que las grandes cadenas comerciales se lanzaran sobre aquellos locales para convertirlos en supermercados y tiendas de ropa. A todo ello se sumaron el aumento de los costes de producción y distribución y la costosa digitalización de los equipos de proyección.
Los cines de barrio cerraban y los espectadores eran derivados hacia los multicines de los centros comerciales del extrarradio.
En medio de semejante tormenta llegó la crisis económica, que golpeó con especial dureza a España y se vio agravada por las torpes medidas adoptadas por el Gobierno. En 2012, en un país donde la cultura supone una importante fuente de riqueza —aporta el 3,4 % del PIB y alrededor de 800.000 empleos—, el Ejecutivo asestó un nuevo golpe al sector al elevar el IVA de los espectáculos del 8 % al 21 %: un incremento de 13 puntos que agudizó la crisis de las salas de cine.
En aquellas fechas, el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro —hoy investigado judicialmente en el llamado caso Montoro—, no contento con castigar a las salas con una enorme subida de impuestos, arremetía contra el cine español: «Los problemas del cine no tienen que ver solo con las subvenciones, sino también con la calidad de las películas».
Frente al desapego hacia la cultura de los poderes públicos, los colectivos ciudadanos nos movilizábamos. La labor de Salvemos los Cines consistía, fundamentalmente, en hablar con los grupos políticos y denunciar a través de los medios de comunicación esta desertización cultural de la ciudad. Aunque no logramos evitar la desaparición de muchas salas, empezamos a notar que el ritmo de los cierres disminuía.
Recuerdo una de las veces que fuimos a hablar de este asunto con los responsables municipales. A la entrada del Ayuntamiento, en Cibeles, el conserje nos preguntó:
—¿De qué empresa son ustedes?
Nos dio la risa. No estaban muy acostumbrados a recibir a colectivos ciudadanos. La respuesta del Ayuntamiento era siempre la misma: «La libertad de comercio es sagrada». Por lo tanto, «no se podían proteger los cines».
Pero esa libertad, que nosotros no discutíamos, chocaba frontalmente con nuestros derechos ciudadanos: el derecho a disfrutar de la cultura en nuestros barrios sin tener que coger un medio de transporte para acudir a unas multisalas alejadas de nuestro lugar de residencia.
Un cine ofrece las mejores condiciones para apreciar el séptimo arte: pantalla grande, oscuridad, calidad de imagen y sonido y, sobre todo, concentración. Allí no tienes que contestar llamadas, abrir la puerta de casa o atender a la familia durante la película.
Ir al cine es un ritual que incluye caminar por la ciudad, quedar con personas queridas y tomarse algo a la salida mientras se charla sobre lo que se acaba de ver. Es evadirse, disfrutar del acto festivo de los estrenos, compartir la cultura con otras personas, emocionarse en la oscuridad sin que nadie te vea, sentirse cerca de la persona amada o, sencillamente, estar a solas.
Cada arte tiene un lugar idóneo para ser disfrutado: la música, los auditorios; la pintura, los museos; el cine, el cine.
Salvemos los Cines fue uno de los grupos fundacionales de una asociación imprescindible para la defensa de nuestro patrimonio: Madrid, Ciudadanía y Patrimonio, creada en 2009 por Vicente Patón y Alberto Tellería.
Durante los diez años de actividad de nuestro colectivo estuvimos en contacto permanente con Salvemos el Teatro Albéniz, asociación creada por Eva Aladro en 2006, y con Salvemos el Palacio de la Música, plataforma impulsada por Fran Hernández en 2012. También colaboramos con la Plataforma en Defensa de la Cultura, surgida en 2013.
La plataforma de Eva Aladro consiguió evitar la desaparición del teatro Albéniz. La campaña de Fran Hernández impidió que el Palacio de la Música se convirtiera en otra tienda de ropa. La Gran Vía, que había perdido diez cines en poco tiempo, pudo conservar tres: Callao, Capitol y Palacio de la Prensa. El 25 de marzo de 2014,
Salvemos los Cines convocó a todos los colectivos en defensa de la cultura a una manifestación ante el Palacio de la Música.
En aquellos tiempos me produjo una gran satisfacción comprobar que algunos empresarios amaban de verdad el cine y eran capaces de resistir a la debacle a costa de enormes esfuerzos. Me refiero a Enrique González Macho, fundador de los Renoir; a Enric Pérez y Adolfo Blanco, vinculados a los Verdi; a Fernando Évole, al frente de Yelmo; a Josetxo Moreno y Otilio García, responsables de Golem; a Mariano Góngora, de los cines Paz; a Juan Ramón Gómez Fabra, empresario del Palafox, y a Pepe Gago, propietario del Pequeño Cine Estudio.
En la década en que estuvo en marcha Salvemos los Cines conté con la colaboración de los arquitectos Vicente Patón, Alberto Tellería y Alejandro Conti; del camarógrafo Alberto Uris; del gestor cultural Eugenio Gurumeta; del fotógrafo Santi Ochoa; de las concejalas Marisa de Ybarra y Ana García D’Atri, del PSOE; de Patricia García y Pilar Muñoz, concejalas de UPyD, y de Milagros Hernández, concejala de Izquierda Unida.
También me acompañaron vecinos entusiastas como Marcus Hurst, Álvaro Bonet, Aida Díaz, Fermín Álvarez Errondosoro, Luis Prieto, Carmen Cano, Juan Carlos Ruiz, Paco Díaz, Berta Delgado, José Carlos Siegrist, Chus Melchor, Beatriz Soto…
Y paro de contar, porque no quiero extenderme mucho y porque he quedado para ir al cine.
Sobre este blog
Carlos Osorio García de Oteyza pasea por su ciudad descubriendo algunos de los secretos que semanalmente comparte en sus recorridos guiados por Madrid o ha escrito en sus once publicaciones sobre la capital.
0