Los jubilados de La Rioja no ponen fecha de caducidad a sus ganas de ayudar

Almacén Banco de Alimentos

Paula Palacios Cillero

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Hay personas que dedican su tiempo a los demás sin esperar nada a cambio. Son personas que acompañan, atienden, organizan, reparten. Voluntarios de todas las edades que, cada día, ponen sus conocimientos y su tiempo al servicio de quienes más lo necesitan.

Entre ellos también están quienes, después de décadas de vida laboral, llegan a la jubilación y deciden seguir activos. Para algunos, esta nueva etapa no significa parar, sino encontrar otra forma de participar, de sentirse útiles y de devolver a la sociedad parte de lo que la vida les ha dado.

En La Rioja, esta realidad se extiende a una amplia red de asociaciones y entidades que trabajan en ámbitos muy diferentes, desde la atención social y el acompañamiento, hasta la ayuda alimentaria o el apoyo a distintos colectivos. En ellas, muchas personas que ya han terminado su trayectoria profesional continúan dedicando parte de su tiempo a ayudar a los demás.

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Una jornada que continúa después de la jubilación

2026 ha sido proclamado por la Asamblea General de las Naciones Unidas como Año Internacional de los Voluntarios para el Desarrollo Sostenible, un reconocimiento al papel que desempeña la acción voluntaria en la sociedad. En La Rioja, ese compromiso tiene también rostros concretos como el de Ángel, que encontró en el Banco de Alimentos una forma de continuar activo después de jubilarse.

Durante toda su vida profesional, Ángel se dedicó al comercio textil. Pero cuando llegó la jubilación decidió no desvincularse de una actividad diaria. Hace once años comenzó su labor como voluntario en el Banco de Alimentos en La Rioja, donde actualmente acude de lunes a viernes, de 8:00 a 13:00 horas. “Siempre me ha gustado hacer algo por los demás, y por agradecer y devolver lo que me ha dado la vida”, explica.

Su jornada comienza antes de que lleguen buena parte del resto de voluntarios. Como responsable de almacén, Ángel se encarga de coordinar las distintas tareas que se desarrollan durante la mañana. A él, le corresponde también organizar el almacén y clasificar los artículos según su fecha de caducidad y su tipo para que, cuando las entidades acudan a recoger los pedidos, los encuentren preparados.

El trabajo requiere también adaptar cada entrega a las necesidades de las entidades que reciben los alimentos. Los productos que componen los pedidos son similares, pero la cantidad cambia en función del número de personas a las que atiende cada asociación. El Banco de Alimentos no entrega directamente los productores a particulares, sino a entidades que previamente han pasado una serie de filtros establecidos por las administraciones, las encargadas de identificar a las personas que verdaderamente necesitan ayuda.

Interior del almacén del Banco de Alimentos

Para Ángel, además, su experiencia profesional sigue estando presente en su labor como voluntario. “Lo que yo aporto al voluntariado es un poco la misma vida que llevaba en mi negocio”, cuenta. La organización, la responsabilidad y la gestión forman parte ahora de una jornada que, aunque no tiene nómina, mantiene muchas de las dinámicas de su antigua vida laboral.

Once años después de comenzar, Ángel asegura que la sociedad valora el trabajo de quienes colaboran en el Banco de Alimentos. Lo percibe especialmente durante las grandes recogidas, cuando la respuesta ciudadana demuestra, a su juicio, que existe conciencia sobre la necesidad de ayudar a quienes atraviesan dificultades. “La gente colabora muchísimo”, señala.

Pero si hay algo que Ángel destaca por encima de todo es lo que el voluntariado le aporta a él. Lo define como “una satisfacción tuya personal, que te llena” y reconoce que, después de once años, sigue sintiendo que “te engancha”. Para él, mantenerse activo, organizar el almacén y compartir cada mañana con otros voluntarios supone también una forma de cuidar de sí mismo. “Te permite alarga tu vida, ganando en salud”, asegura.

Una comunidad que envejece

Hablar del papel de los voluntarios sénior cobra todavía más importancia en una comunidad como La Rioja, donde el envejecimiento de la población es una realidad cada vez más presente. Según los últimos datos disponibles sobre la estructura demográfica de la comunidad, las personas de 65 años o más representan el 22,5 por ciento de la población riojana, por encima de la media nacional, situada en el 20,7 por ciento.

El envejecimiento plantea nuevos retos, entre ellos la necesidad de combatir la soledad no deseada y favorecer la participación social de las personas mayores. El Gobierno de La Rioja cuenta con un programa específico de detección de la soledad no deseada y señala la jubilación, vivir solo, la pérdida de personas cercanas o las dificultades de movilidad entre las circunstancias que pueden aumentar la vulnerabilidad al aislamiento.

En este contexto, el voluntariado puede convertirse en una herramienta de participación social para quienes llegan a la jubilación. No solo permite dedicar tiempo a los demás, sino también conservar vínculos, asumir nuevas responsabilidades y continuar formando parte activa de la comunidad. En una sociedad en la que cada vez hay más personas mayores, aprovechar su tiempo, experiencia y capacidad de participación adquiere una importancia creciente.

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