Los cambios en el proyecto del mal llamado 'Arco de la Victoria' y que lo convirtieron en el Arco de Triunfo de La Moncloa
Sobre este blog
Carlos Osorio García de Oteyza pasea por su ciudad descubriendo algunos de los secretos que semanalmente comparte en sus recorridos guiados por Madrid o ha escrito en sus once publicaciones sobre la capital.
Al término de la Guerra Civil (1936-1939), el Ayuntamiento de Madrid propuso la erección de un monumento al general Franco, «forjador de la victoria», y a la «gloriosa cruzada española». Se decidió construir un Arco de la Victoria en el inicio de la carretera de La Coruña, junto a la Moncloa. Pero la situación económica era angustiosa y existían otras prioridades, como la reconstrucción de la ciudad, severamente dañada por tres años de continuos bombardeos por parte del bando rebelde. Así que, hasta 1950 no comenzaron las obras del arco, que se prolongarían durante seis años.
La idea inicial era completar el arco de la victoria con una estatua ecuestre de Franco, al modo de los emperadores romanos. Pero en los años cincuenta la situación política mundial había cambiado bastante. Los fascismos habían sido derrotados, y las democracias occidentales miraban con recelo al régimen de Franco. Por otra parte, la autarquía no había funcionado bien y España seguía sumida en la más angustiosa pobreza. Era necesario, por tanto, ganarse la confianza de los líderes del bando occidental, especialmente de los Estados Unidos, y se hacía inevitable la apertura a los mercados internacionales. En este contexto, un arco de triunfo de tipo fascista y militarista podía resultar contraproducente.
Aquí entran en escena tres intelectuales ligados a la Universidad Complutense, que, providencialmente, reciben el encargo de construir el arco de triunfo: López Otero, Ruiz Giménez y Laín Entralgo. Modesto López Otero era un brillante arquitecto, director del proyecto de construcción de la Ciudad Universitaria y director de la Academia de San Fernando. Como profesor, trató de que sus alumnos supieran conciliar la arquitectura con el humanismo. Joaquín Ruiz Giménez era el Ministro de Educación, un político de convicciones liberales y democráticas que siempre trató que el régimen de Franco evolucionara hacia la restauración de las libertades civiles, y, de hecho, fue uno de los artífices de la Transición española hacia la Democracia. Pedro Laín Entralgo, en aquel tiempo rector de la Universidad, fue catedrático de Medicina, ensayista y filósofo. Estos tres intelectuales aceptaban el statu quo reinante, pero sus convicciones humanistas y sus ideas liberales y modernizadoras fueron decisivas para convencer a Franco de la necesidad de transformar el arco de triunfo.
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