El Pardo antes de ser Madrid: de humilde aldea medieval a escenario del poder de reyes y residencia del dictador
Hay lugares que llegaron a Madrid porque la ciudad creció hasta alcanzarlos. Y hay otros que siempre parecieron vivir al margen de ella. El Pardo pertenece a este segundo grupo. Rodeado por uno de los montes mediterráneos mejor conservados de Europa y estrechamente ligado durante siglos a la Corona, fue cazadero real, residencia de reyes, escenario de algunos de los episodios más relevantes de la historia de España y municipio independiente hasta mediados del siglo XX.
El pasado 27 de marzo se cumplieron 75 años de la última sesión de su Ayuntamiento, el acto que simbolizó la incorporación definitiva de El Pardo a Madrid. El decreto de anexión fue aprobado en 1950, dentro del gran proceso con el que la capital absorbió una docena de municipios vecinos como Vallecas, Vicálvaro o Fuencarral, aunque no se convirtió oficialmente en el distrito número ocho hasta 1951.
Pero explicar El Pardo únicamente desde aquella fecha sería quedarse con el último capítulo de una historia mucho más antigua, porque antes de convertirse en un barrio de Madrid, fue monte, bosque, real sitio y pueblo con una identidad propia marcada por la presencia constante de la monarquía. Todavía hoy basta con recorrer sus calles o contemplar el palacio rodeado por el monte para comprobar que El Pardo sigue conservando una personalidad distinta a la del resto de la ciudad.
Su historia empezó mucho antes de que existiera Madrid tal y como la conocemos. El propio nombre del lugar refleja su estrecha relación con el paisaje. La teoría más extendida sostiene que “El Pardo” hace referencia al tono parduzco de la tierra que caracteriza este entorno natural.
Primero habría dado nombre al monte. Más tarde, al palacio construido por los reyes y, finalmente, al pueblo que fue creciendo junto a él. Otros investigadores han apuntado a la abundancia de osos pardos en la zona o incluso a que el término derive de “parada”, en alusión a las antiguas zonas utilizadas para la caza. Sea cual sea su origen, todas las hipótesis remiten al mismo elemento: un territorio cuya historia siempre estuvo ligada al bosque.
Para entender por qué El Pardo sigue siendo uno de los lugares más singulares de Madrid hay que retroceder varios siglos, cuando este rincón situado junto al río Manzanares solo eran miles de hectáreas verdes. Y fue precisamente ese paisaje el que acabó moldeando todo lo que vino después.
El monte que se convirtió en residencia de reyes
Mucho antes de que existiera el pueblo, existía el monte. Después de la repoblación medieval, el territorio quedó integrado en la Tierra y Villa de Madrid y ya en 1152 Alfonso VII concedió a la villa el aprovechamiento de leñas y pastos de este espacio. Sin embargo, la Corona comenzó pronto a reservar parte del territorio por su extraordinario valor cinegético.
A diferencia de otras localidades del entorno madrileño, El Pardo no nació alrededor de tierras de cultivo o de un importante camino comercial. Su origen está ligado al bosque. Durante siglos convivieron dos realidades: mientras los vecinos de Madrid aprovechaban sus recursos naturales, los reyes encontraron allí uno de sus mejores escenarios para la caza.
No era una afición menor. En la Edad Media, la caza constituía una actividad reservada a la nobleza y estrechamente vinculada al ejercicio del poder. El Libro de la Montería de Alfonso XI, escrito en el siglo XIV, ya describía el Monte de El Pardo como uno de los mejores lugares de Castilla para la práctica cinegética, con abundancia de venados, jabalíes, osos y otras especies.
Con el paso del tiempo, las ordenanzas reales fueron limitando la actividad cinegética para el resto de la población y consolidando El Pardo como uno de los grandes cazaderos de la monarquía castellana. Aquel espacio natural acabaría marcando el destino del lugar durante siglos.
El gran cambio llegó a comienzos del siglo XV, cuando Enrique III mandó levantar una primera casa de recreo para alojarse durante las jornadas de caza. Aquella construcción sería sustituida décadas más tarde por un nuevo palacio impulsado por Carlos I, mientras que Felipe II, ya con Madrid convertida en capital del reino, culminó las obras y reorganizó el monte como patrimonio de la Corona.
El edificio tampoco escapó a los avatares de la historia. Un incendio lo destruyó parcialmente en 1604 y hubo que reconstruirlo durante el reinado de Felipe III. Ya en el siglo XVIII, Carlos III encargó al arquitecto Francesco Sabatini una profunda ampliación que dio al Palacio de El Pardo buena parte del aspecto que conserva en la actualidad.
Mientras tanto, el pueblo fue creciendo lentamente alrededor del complejo real. Sus habitantes no vivían principalmente del campo, como ocurría en otros municipios cercanos, sino de los oficios relacionados con el funcionamiento del Real Sitio. Eran guardas del monte, jardineros, artesanos, empleados de Palacio o personal de servicio.
Aquella estrecha relación con la Corona hizo que El Pardo evolucionara de forma muy distinta a otros pueblos de los alrededores de Madrid y se convirtió en el escenario de algunos de los episodios más relevantes de la historia de España. En el Palacio falleció Alfonso XII en 1885 y, ya en el siglo XX, la Guerra Civil volvió a situar a El Pardo en el centro de los acontecimientos.
La huella de la dictadura en el pueblo que pasó a ser Madrid
La proximidad a la capital convirtió El Pardo en un enclave estratégico durante la Guerra Civil. El Palacio fue utilizado como cuartel general de una división del Ejército republicano y el monte se llenó de trincheras, refugios y fortificaciones destinadas a proteger el acceso norte a Madrid. Después de los combates de la batalla de Madrid y de la carretera de La Coruña, el frente permaneció prácticamente estabilizado durante buena parte de la contienda y el entorno se transformó en un escenario de guerra de posiciones del que todavía hoy permanecen algunos vestigios.
Terminada la guerra, El Pardo volvió a convertirse en uno de los principales centros del poder en España. En 1940 el dictador Francisco Franco instaló su residencia oficial en el Palacio, desde donde ejerció la Jefatura del Estado hasta su muerte, en 1975. Durante aquellas tres décadas y media, el edificio volvió a desempeñar un papel protagonista en la vida política del país, acogiendo reuniones oficiales, recepciones diplomáticas y visitas de jefes de Estado extranjeros.
La presencia del dictador también transformó la vida cotidiana del municipio. Se construyeron nuevas viviendas para albergar al personal vinculado a la residencia oficial y crecieron núcleos como Mingorrubio, mientras muchos vecinos desarrollaban su actividad en torno al Palacio, la Guardia o los distintos servicios asociados a la Jefatura del Estado.
Fue precisamente durante esa etapa cuando El Pardo dejó de ser un municipio independiente. El Gobierno franquista impulsó una profunda reorganización administrativa para adaptar Madrid al crecimiento que experimentaba la capital y, entre finales de los años cuarenta y comienzos de los cincuenta, incorporó municipios como Chamartín de la Rosa, Carabanchel Alto y Bajo, Hortaleza, Barajas, Canillas, Canillejas, Aravaca, Vallecas, Vicálvaro o Fuencarral.
En el caso de El Pardo, el decreto de anexión se firmó el 10 de agosto de 1950 y fue publicado meses después en el Boletín Oficial del Estado. Sin embargo, la fecha que ha permanecido en la memoria colectiva es el 27 de marzo de 1951, cuando el Ayuntamiento celebró su última sesión antes de integrarse definitivamente en Madrid.
1951 también fue el año en que comenzó a expedirse el Documento Nacional de Identidad en España. Francisco Franco, que seguía residiendo en el Palacio de El Pardo como jefe del Estado, se reservó el DNI número 1 (00.000.001), fijando allí su residencia habitual para autoproclamarse el primer vecino de Madrid.
Años más tarde, la reorganización administrativa uniría El Pardo y Fuencarral en un mismo distrito, dando origen al actual Fuencarral-El Pardo, el más extenso de la capital. La anexión cambió el mapa administrativo de Madrid, pero apenas modificó la personalidad del antiguo pueblo. Mientras otros municipios acabaron absorbidos por el crecimiento urbano, El Pardo siguió protegido por el monte que había condicionado su historia desde la Edad Media.
Con la llegada de la democracia, el Palacio Real dejó de ser la residencia del jefe del Estado y recuperó su función institucional vinculada a la Corona. Gestionado hoy por Patrimonio Nacional, sirve como residencia oficial de jefes de Estado extranjeros durante sus visitas a España, mientras que el cercano Palacio de la Zarzuela continúa siendo la residencia de los reyes.
Han pasado ya 75 años desde que El Pardo pasó a formar parte de Madrid. Sin embargo, basta pasear por sus calles o adentrarse entre las encinas del monte para comprobar que conserva una personalidad difícil de encontrar en otros rincones de la capital. Pocos lugares reúnen una historia tan singular.
Quizá esa sea la mayor singularidad de El Pardo. Su historia no comenzó cuando fue anexionado a Madrid, ni siquiera cuando se levantó el palacio que le dio fama. Empezó mucho antes, cuando el monte era el verdadero protagonista. Y, 75 años después de aquella incorporación administrativa, sigue siendo ese paisaje el que mejor explica por qué este rincón de la capital continúa sintiéndose diferente.
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