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Opinión - 'El último truco de Isabel Díaz Ayuso', por María Álvarez

El último truco de Isabel Díaz Ayuso

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso.
27 de agosto de 2026 22:01 h

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— “A lo mejor ustedes, que ya tragan con todo, harían otra cosa, pero yo para mis adentros, sí, lo dije”.

Cuando Isabel Díaz Ayuso tuvo que explicar lo que había dicho aquel día en la tribuna del Congreso de los Diputados durante el Debate del Estado de la Nación no le tembló el pulso. Sacó del bolsillo la estrategia habitual, tomó aire y se lanzó con todo:

— “Dije: me gusta la fruta”.

Hacer una cosa y decir la contraria siempre le había funcionado a la presidenta de la Comunidad de Madrid.

“Me gusta la fruta” se convirtió a toda velocidad en un himno. Ayuso lo difundió en redes, sus seguidores empezaron a utilizarlo como una contraseña política y aparecieron camisetas y merchandising con el lema. Hasta se decía que había gente enviando celebratorias cestas de fruta a la sede del gobierno regional en la Puerta del Sol.

Lejos de ser una innovación, esta ayusada no era más que una jugada magistral del manual que manejan algunos políticos y activistas. Jugar con la realidad, insistir, contra toda evidencia, en que las cosas son como ellos las dicen y no como las vemos los demás, se ha convertido en munición habitual del arsenal populista.

El ejemplo más memorable lo protagonizó Elon Musk en enero de 2025. Durante un acto para celebrar la investidura de Donald Trump, levantó el brazo derecho dos veces en un gesto que para millones de personas resultó indistinguible de un saludo nazi. La imagen recorrió el mundo y provocó una reacción inmediata. Musk respondió tranquilamente que no. Las acusaciones eran un ataque y una maniobra de los medios woke. Aquello había sido simplemente de un gesto de entusiasmo. ¿O no?

Gestos parecidos encontramos todos los días en Trump, cuando por la mañana amenaza con invadir Groenlandia y por la tarde lo niega. O cuando publica fotos de sí mismo con corona, o vestido de Papa. O dice que construirá un resort de vacaciones en Palestina lleno de estatuas de oro con su cara. ¿Lo dice en serio? ¿O nos está tomando el pelo?

Tan habitual es esta forma de trilerismo que algunos autores proponen que es la característica central del populismo. Estos políticos, dicen, son los pícaros, los trileros, los tricksters (en inglés) de nuestro momento.

El trickster es un arquetipo de la cultura popular. Aparece una y otra vez en la mitología: es Loki en la mitología nórdica, Hermes en la griega y Anansi en las tradiciones de África occidental. En la cultura Occidental, el trickster tiene una tradición que va de los bufones de las cortes a los pícaros de las literaturas española e inglesa, entre otros muchos. Lewis Hyde, en Trickster Makes This World, lo define como la encarnación mítica de «la ambigüedad y la ambivalencia, la duplicidad y el desdoblamiento, la contradicción y la paradoja». El trickster es, sobre todo, un transgresor: alguien que cruza las líneas que separan lo correcto de lo incorrecto, lo sagrado de lo profano y lo verdadero de lo falso.

He hablado en esta columna muchas veces de Boris Johnson, quizá el mejor de todos los tricksters. Ese hombre que nunca dice si está hablando en serio, un orgulloso bufón, del que es imposible decir si es un lord inglés o un borracho recién salido a trompicones del pub.

Durante años, Johnson sirvió a una parte de la sociedad británica para expresar –o más bien, aplaudir a quien expresaba– un descontento con las élites de Londres. Mientras muchos ciudadanos seguían siendo el tipo de personas que solo sale de su isla para viajar a Benidorm una vez al año, los políticos británicos estaban plenamente insertos en Bruselas y en nuestra cultura continental como si fueran uno más. Mientras tanto, una parte creciente de la población se sentía abandonada. Desatendida. Por eso le aplaudían a Johnson todas las bravuconadas, las salidas del tiesto y los desplantes a la tradición política de los Comunes.

La historia de Johnson revela también cómo mueren, en política, los tricksters. Como Ayuso, el premier británico había conseguido durante años convencer a sus votantes de que era exactamente un timador: un tipo capaz de engañar a las élites de Londres; alguien dispuesto a romper las reglas y a reírse del establishment en su cara. Hasta que llegó el confinamiento. Mientras millones de británicos no podían despedirse de sus familiares, abrazar a sus padres o reunirse con sus amigos, a Johnson le pillaron celebrando fiestas en Downing Street. De la noche a la mañana su popularidad cayó a plomo. En unos meses perdió toda la ventaja que había mantenido en las encuestas hasta que no le quedó más remedio que dimitir y marcharse.

Los tricksters caen por su propio peso. Una vez que han convencido a todo el mundo de que son unos timadores, llega un momento en el que sus votantes se dan cuenta de que todo eso es verdad, son unos timadores. ¡Pero es que los timados son ellos! Entonces cambia el sentido de la broma y ya nadie se ríe.

Esto es lo que le está pasando hoy a Isabel Díaz Ayuso con el escándalo del ático. Después de convencer a su electorado, durante años, de que ella es capaz de reírse de todo el mundo y de mentir siempre que haga falta para enfrentar al gran enemigo común del sanchismo, hoy se revela como una persona que está mintiendo, sí. Pero mucho antes que a todos los demás, a sus propios votantes.

Hace unos días Ezra Klein, del New York Times, propuso otra vuelta de tuerca al papel del trickster en la política actual: estos trileros, pese a esa tendencia a producir el caos que en un primer momento nos coloca a todos a la defensiva, pueden tener una función cultural que puede resultar saludable. Al poner en cuestión las categorías con las que una sociedad organiza el mundo, también la obligan a reconsiderarlas.

Su función, dice Klein, es poner en crisis un orden que se ha vuelto demasiado rígido sin llegar a romperlo. Con sus exabruptos, los tricksters consiguen revelar las debilidades de un sistema político y abrir la posibilidad de transformarlo.

A partir de ahí pueden ocurrir dos cosas. O la sociedad se ha vuelto demasiado rígida y no sabe adaptarse, y entonces acaba quebrándose, o es capaz de absorber la disrupción, incorporar aquello que el trickster ha puesto de manifiesto y renacer transformado.

Algo así parece estar ocurriendo ahora en Reino Unido. Después de unos años en los que el tablero político cada día se parecía un poco más a una fosa séptica, empieza a aparecer una nueva energía. Andy Burnham, recién llegado al cargo de primer ministro, ha irrumpido en Downing Street con un impulso y una cantidad de ideas que no se veían en el laborismo desde Tony Blair. Los verdes han conseguido abrirse un espacio propio, con candidatos capaces de disputar el terreno a los partidos tradicionales y hasta los conservadores de Kemi Badenoch parecen estar intentando encontrar una nueva voz y una nueva relación con el país, después de una serie de catastróficos primeros ministros.

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