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Cómo invertir en el asombro

Simulación del aspecto que tendrá el Telescopio de Treinta Metros una vez construido. TMT Observatory Corporation
13 de agosto de 2026 22:07 h

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El eclipse de este miércoles nos hizo bien.

No es ninguna metáfora. La ciencia lleva años estudiando cómo el asombro tiene efectos sobre la psicología humana. El asombro es esa sensación que nos envuelve cuando nos encontramos ante algo tan grande, tan hermoso o tan extraordinario que, durante unos instantes, nuestra manera habitual de entender el mundo se queda pequeña y nos quedamos pasmados, atónitos delante del milagro de nuestra propia existencia. Es esa emoción que puede resultar de la contemplación de una montaña, de la forma que nos hace sentir una pieza de música, del nacimiento de un hijo o de la inmensidad de una noche estrellada. Quizá su máxima expresión se produce durante los instantes fugaces que dura un eclipse.

El asombro no solo produce una emoción agradable: provoca respuestas físicas y psicológicas concretas. Puede sincronizar la respiración y el ritmo cardíaco, favorece un estado de calma y conexión social. Al hacernos sentir pequeños ante algo mucho más grande que nosotros, reduce la preocupación por uno mismo y aumenta la disposición a ayudar a los demás, nos saca del centro de nuestra propia experiencia. Durante un momento dejamos de estar pendientes de nuestra pequeña colección de problemas, agravios, preocupaciones, facturas, mensajes sin responder y discusiones políticas y de pronto algo ocupa tanto espacio delante de nosotros que nuestro propio ego tiene que hacerse más pequeño para dejarle sitio.

En los niños, los estudios muestran que el asombro estimula la curiosidad y las ganas de aprender y explorar, y que quienes lo experimentan están más dispuestos a dedicar tiempo a ayudar y a compartir lo que han recibido con otras personas. En adultos, además, se relaciona con una mayor intención de comportarse de manera ética.

No siempre fue así. No siempre es así.

Durante la mayor parte de nuestra historia, esto que ayer contemplamos con fascinación era un fenómeno sobrevenido, una señal de que algo terrible estaba a punto de ocurrir. En la antigua Mesopotamia, los eclipses eran considerados presagios que podían anunciar acontecimientos políticos o desastres. En China se creía que un dragón estaba devorando el Sol; en el mundo inca, era una señal del enfado del dios Sol.

La diferencia entre aquellas civilizaciones y la nuestra es que nosotros sabemos cosas que ellos no sabían. El conocimiento acumulado durante milenios nos permite contemplar la belleza del universo sin miedo. Y hasta nos hace felices.

Por eso hoy, cuando todavía tenemos en la piel esa sensación de asombro que vivimos anoche, es un buen momento para recordar que todo ese conocimiento que nos separa del miedo hay que hacerlo. Reconocer que fue construido entre centenares de miles de seres humanos de todas las épocas, hasta el día de hoy. Que se hace con museos, con observatorios, con laboratorios, con parques científicos y con bibliotecas; los espacios culturales y científicos que permiten a una sociedad encontrarse con algo que la supera.

El asombro se hace con determinación.

En estos días España está peleando para conseguir que La Palma albergue un Telescopio de Treinta Metros (TMT), una de las grandes infraestructuras científicas para la astronomía del futuro. El Gobierno español, a través del Centro para el Desarrollo Tecnológico y la Innovación (CDTI) y el ICO, junto con el Banco Europeo de Inversiones han puesto encima de la mesa hasta 1.000 millones de euros para que el consorcio internacional que dirigirá este dispositivo escoja La Palma como sede.

Este telescopio, no hay cómo exagerarlo, es un sueño de la humanidad. Cuando se levante, tendrá más capacidad que los diez mayores observatorios terrestres actuales juntos y permitirá obtener imágenes con una resolución más de cuatro veces superior a la del James Webb. Con esa tecnología podríamos comprender cómo nacieron las primeras galaxias, qué es la materia oscura, cómo aparecieron los agujeros negros supermasivos, cómo se forman los planetas o si existe vida en otros mundos. Pero la historia de la astronomía nos enseña que las grandes nuevas ventanas al universo suelen mostrarnos cosas que nadie había previsto. El verdadero valor de construir un telescopio así es que no solo nos permitirá encontrar respuestas, si no hacernos preguntas que todavía no sabemos ni formular

Hay, por supuesto, razones económicas y científicas para querer que el TMT venga a España. La infraestructura atraerá investigadores, talento, inversión y conocimiento. Pero hay otra razón mucho más importante, y es que necesitamos invertir en proyectos que nos hagan levantar la cabeza. Seguir imaginando qué habrá detrás de todas esas cosas que todavía no sabemos ni que existen. Debemos seguir recordándonos a nosotros mismos que somos una realidad mucho más grande que nuestros problemas.

Este miércoles, millones de personas compartimos esa emoción del asombro. Nos colocamos delante de que estemos aquí, de que estemos vivos, juntos en este trozo de roca sideral que se desplaza a toda velocidad por el universo. Del milagro de ser, como decía Eric Olin Wright, “solo materia” y aun así, “materia organizada de una manera tan compleja que es capaz de reflexionar sobre su propia condición material y sobre lo extraordinario que ha sido estar viva, ser consciente de estar viva y ser consciente de ser consciente de estar viva”. Ayer fuimos felices mirando al cielo. Y nos hizo bien.

Conviene seguir invirtiendo en que nos pase más a menudo.

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