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Lo que la economía podría aprender del fútbol

Aficionados a la selección española de fútbol durante la celebración del partido de semifinales del mundial entre España y Francia, a 14 de julio de 2026, en Madrid (España).

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Hay dos tipos de personas a las que les gusta el fútbol. Las que heredaron un equipo, unos valores, un abono y una ristra de domingos que comenzó mucho antes de que nacieran y las que, a falta de ese patrimonio, nos hemos subido de polizón al barco y solo navegamos los mundiales, como quien solo pisa la iglesia en las bodas.

Se supone que somos las espectadoras de segunda; que no nos enteramos de nada. Puede ser. Pero para mí esta forma de pobreza esconde un privilegio: nosotros todavía podemos entregarnos a esta forma de liturgia universal que es el fútbol con la ingenuidad que ellos tuvieron de niños, la primera vez que alguien los llevó de la mano a un estadio.

Así he pasado yo este mundial: embobada, absorta, pegada a esa ventana indiscreta al resto de la humanidad en la que se ha convertido esta competición como una niña a un acuario, viendo el fútbol como si se acabara de inventar.

Y lo que había al otro lado de la ventana, es de rigor confesarlo, casi nunca era fútbol. Estos días he visto a Vozinha, el portero de Cabo Verde, que fue durante cuarenta años electricista, profesor de voleibol de niños en los veranos, suplente en la segunda división portuguesa. Le tocó debutar en un Mundial contra España y paró veintisiete disparos para encajar cero goles. Cuando sonó el pitido final, se echó a llorar delante del planeta entero y el planeta entero entendió al instante lo que estaba viendo, porque hay cosas que no necesitan traducción.

He visto a Jude Bellingham marcando el gol que eliminó a Noruega y, en el segundo exacto del silbatazo, olvidar la celebración de sus compañeros para ir a buscar a Erling Haaland, su amigo desde que eran dos cachorros en Dortmund, y abrazarlo mientras Haaland se derrumbaba. “La gente vio rivales durante noventa minutos”, explicó después, como quien corrige un malentendido. “Yo solo vi a mi hermano.”

He visto a Mbappe y a Lamine Yamal sacudirse los comentarios racistas de los políticos —de varios países— con un sentido común incontestable, como si dijeran, por boca de todos, “señora, suélteme el brazo”.

Pero por encima de las historias, lo que he visto este mes es la promesa de lo que somos cuando nos conjuramos a algo. Los equipos nacionales como ideas colectivas; el talento individual como una forma de plenitud: la que alcanza un ser humano cuando coincide del todo consigo mismo, cuando hace lo que vino a hacer, cuando da lo mejor de sí mismo.

Nada de esto nos es ajeno. Lo veo, lo vemos todos, cada día, en las cocinas de los restaurantes, en los quirófanos o en los astilleros. Lo que es ajeno, me temo, es la atención: el fútbol es de los poquísimos lugares donde dos mil millones de personas miran a la vez a un grupo de seres humanos convertirse en la mejor versión de sí mismos. La meritocracia, si me lo permiten, en horario de máxima audiencia.

Y me ha llamado la atención de qué material estaba hecho ese ideal. Cada uno con una forma de jugar que no se parece a ninguna otra y que precisamente por eso no se puede defender. (Casi) ningún jugador había llegado allí por una herencia, ni por el capital, ni por el privilegio. Más bien al contrario, muchos, en todos los países, llegaban de familias que cruzaron mares y fronteras, de mezclas de gente que no debieron ser fáciles.

Y como yo no vivo en el fútbol y no puedo dar por sentada ninguna de estas cosas, no pude dejar de preguntarme ¿por qué no sabemos hacerlo en el resto de la sociedad? Si en el fútbol —o en el tenis, o en los Juegos Olímpicos— somos capaces de construir un ecosistema donde el talento se encuentra, se entrena, se recompensa y se admira, venga de la isla o del barrio del que venga, ¿por qué no podemos replicarlo en la economía y en el empleo? ¿Qué tiene el deporte que no hayamos sabido copiar al resto de la sociedad para producir un mundo más justo?

Y esta es mi intuición, que espero poder completar antes del siguiente mundial: el juego, al contrario que la economía, no deja sedimentos. Anoche, cuando se apagaron las luces del estadio, todos los futbolistas del mundo volvieron a ser iguales. La campeona del mundo empezará la próxima clasificación en la misma casilla que las que no pasaron de la fase de grupos, y cada jugador, incluidos los que ayer levantaron la copa, tendrá que volver a ganarse la confianza del seleccionador, dominar el pase, el tiro a puerta y el lugar en el equipo. Ningún gol de este mundial vale nada en el siguiente. En el deporte no hay deudas — pero tampoco hay capital.

En la economía hemos hecho exactamente lo contrario: hemos construido un juego donde el marcador no se borra nunca. Las victorias de hace décadas —la casa en propiedad, el patrimonio heredado, el apellido familiar — siguen contando puntos partido tras partido, generación tras generación. De la misma manera, las derrotas no se borran: la hipoteca, el préstamo, el alquiler pagado toda una vida a quien ganó un partido que se jugó antes de que nacieras. Lo que llamamos capital y lo que llamamos deuda son eso: sedimento, goles fósiles, resultados de temporadas que nadie recuerda y que sin embargo deciden el resultado de las de hoy. Jugamos todos, pero unos salen al campo ganando tres a cero y otros debiendo dos.

No siempre fue así. Contaba David Graeber que en las sociedades del Próximo Oriente antiguo las deudas agrarias se acumulaban con el tiempo hasta amenazar con esclavizar a media población. Para evitar el colapso, los reyes sumerios y babilonios anunciaban periódicamente amnistías generales — las “tablas limpias”, como las llama el historiador Michael Hudson — que declaraban nula toda la deuda de consumo, devolvían las tierras a sus dueños originales y permitían a los siervos por deudas volver con sus familias.

Lo que entendieron los sumerios hace 5.000 años es que para que la participación de las personas cuente, para que cada uno pueda dar lo mejor de sí mismo y eso tenga un resultado, el marcador tiene que borrarse de vez en cuando. Somos nosotros, con toda nuestra ciencia, los que lo hemos olvidado. Igual algo de todo esto podríamos aprender del fútbol para aplicar a la economía.

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