Cómo no competir con China, el fabricante universal
Era el invierno de 1928 y Estados Unidos iba viento en popa. El presidente, Calvin Coolidge, abría su discurso sobre el estado de la Unión afirmando que “ningún Congreso de los Estados Unidos se había encontrado nunca con una perspectiva más grata que la que se presentaba en aquel momento.”
“La enorme riqueza creada por nuestra iniciativa y nuestro trabajo, y preservada gracias a nuestra austeridad, se ha distribuido ampliamente entre nuestros ciudadanos. [...]. Las necesidades de la existencia han dejado atrás el umbral de lo indispensable para adentrarse en el territorio del lujo. El aumento de la producción encuentra salida en una demanda interna cada vez mayor y en un comercio exterior en expansión. El país puede contemplar el presente con satisfacción y afrontar el futuro con optimismo.”
Unos minutos más tarde, como si fuera una nota al pie, Coolidge deslizaba que había alguna nubecilla en el horizonte: el grano, el heno, el tabaco y la patata estaban rindiendo algo menos que el año anterior pero, oiga, pelillos a la mar; el progreso nunca es uniforme.
10 meses después la bolsa americana colapsaba, aplastada por una burbuja financiera que tenía su origen, como se comprendería después, en la caída de los precios de los productos agrícolas. Aquel crack bursátil dio comienzo a La Gran Depresión que antecedió a la Segunda Guerra Mundial.
Hoy también vivimos un momento de euforia económica. Pero en mitad de este jolgorio también hay señales de que las cosas no van del todo bien. En estos últimos meses, especialmente, algunos fenómenos relacionados con la deuda pública preocupan a los economistas.
Aunque han transcurrido casi 20 años desde la crisis de 2008, el endeudamiento de los países no ha dejado de crecer, ni siquiera en los tiempos de bonanza. Hoy muchos países han normalizado unos niveles de deuda que hubieran sido impensables hace 30 años. En Estados Unidos supera ya el 100% del PIB, en la zona euro va por el 88,9% y en China, si sumamos la deuda de las provincias y los vehículos de financiación municipal, alcanza el 107% del PIB en 2026.
Ese endeudamiento presiona las cuentas públicas, que han de derivar recursos a pagar intereses justo cuando la jubilación de los boomers y el envejecimiento de la población pone a los estados del bienestar frente a su hora de la verdad: el momento en el que tienen que soportar una mayor tensión.
Y aunque nadie piensa que estemos ante un momento de crisis inminente, tampoco está muy claro cómo va a evolucionar esta tendencia. Esa ansiedad latente es la que hace que cada poco tiempo salten alarmas en distintos puntos del mecanismo financiero internacional.
Este verano, tres fenómenos han terminado de alterar los nervios de los economistas.
El primero es que los rendimientos de la deuda pública están subiendo muy rápido en casi todos los países a la vez. El bono americano a diez años cotiza al 4,80%, su nivel más alto desde principios de 2007 y el de treinta años ha superado el 5,25%, su nivel más alto en 25 años.
El segundo es Japón. Los japoneses ahorran muchísimo. Durante treinta años, no tenían dónde invertir su ahorro en el país, porque los tipos de interés estaban en cero. Así que Japón se convirtió, sin que nadie lo dijera nunca en voz alta, en el prestamista del mundo: compraba deuda americana, francesa o española y de paso posibilitaba un mecanismo –el famoso carry trade– que permitía financiar los mercados internacionales a base de pedir prestado en yenes al 0% para comprar activos que rendían el 4% en otra divisa.
Ese grifo se está cerrando por una carambola global: la guerra de Irán ha hecho subir el precio de la energía y, con él, la inflación. Todos los bancos centrales tienen mucha presión para subir los tipos de interés. Pero si el Banco de Japón subiera los tipos, todo ese dinero que los japoneses tienen invertido fuera de su país retornaría, sacando miles de millones de dólares de los mercados mundiales.
El tercero de los fenómenos que tiene en alerta a los economistas es lo que se conoce como “el segundo shock chino”. A principios de siglo, la primera industrialización del país asiático inundó los mercados de productos baratos. Aquel primer “China shock” no fue a más porque aquellos bienes eran lo más barato de lo barato, productos sencillos por cuya fabricación Occidente no tenía interés en competir. En EE.UU. y en Europa abundaba la sensación de que quedaba pista por delante: la innovación y las nuevas tecnologías seguían siendo un monopolio del oeste.
Eso ya no es verdad. Hoy China es el primer productor mundial de algunas de las tecnologías más punteras que existen.
El coche eléctrico es el ejemplo que más duele. China exportó el año pasado 7 veces más vehículos que en 2019. Sus marcas ya rondan el 7% del mercado europeo de turismos, más del doble que hace un año y este año venderán en torno a 1,3 millones de coches solo en Europa occidental. JP Morgan calcula que podrían llegar al 20% del mercado en 2028. Mientras tanto, las marcas alemanas han pasado del 63,5% al 54,2% del mercado eléctrico alemán en un solo semestre y su cuota en China ha caído del 25% al 15% desde 2019. Volkswagen ha anunciado que dejará de fabricar 700.000 unidades en Alemania y despedirá a 35.000 trabajadores.
Como ocurre con todos los fenómenos de esta complejidad, hay más de una lectura posible. Como ha explicado hace unos días Paul Krugman, sería un error asumir que los bonos suben porque las cuentas públicas se han vuelto insostenibles. Hay autores, como Adam Tooze, apuntan a que un cambio en la composición del mercado de deuda —antes dominado por inversores institucionales, fondos soberanos y de pensiones, y hoy con mucha más presencia de fondos especulativos— está detrás de la volatilidad que estamos observando.
Puede ser. Pero lo que no admite discusión es que debajo de todas estas tensiones hay un movimiento sísmico del sistema económico internacional. Occidente tiene una crisis existencial. China está ocupando el papel de fabricante universal que hasta hace poco se repartían los países occidentales y nadie tiene claro cuál va a ser el papel de nuestra parte del globo en las próximas décadas. ¿Encontraremos un equilibrio con los exportadores chinos? ¿Encontraremos otro camino hacia la competitividad?
Frente a esta inmensa pregunta se están dando en estos meses dos posibles respuestas.
La primera es el silencio de la de la izquierda, que prefiere no hablar del tema porque no le gusta nada. “Las pensiones solo son un problema para quien pretende acabar con ellas”, me dice un amigo economista progresista. Es una perspectiva políticamente inteligente, pero peligrosa, porque deja el tablero del debate desierto para la siguiente propuesta, que es la única que parece estar encima de la mesa.
La enarbola el canciller alemán, Friedrich Merz, que después de volver de China dijo aquello de que en Europa “sencillamente ya no somos lo bastante productivos” y que con la semana de cuatro días y el equilibrio entre vida laboral y personal no se sostiene la prosperidad de un país. Es la misma posición que comparten los economistas del entorno de Mario Draghi, que en agosto se han constituido en Ginebra como el “Grupo del Rin”, un colectivo que apuesta por aplicar las 383 recomendaciones del informe de 2024 del que forman parte, entre otros, el propio Draghi, Patrick Collison y Luis Garicano.
El diagnóstico es siempre el mismo. Europa está perdiendo el tren de la productividad. No podemos vivir sin competir con China y allí se trabaja mucho más. Luego, lo que tenemos que hacer los europeos es trabajar más y ser más eficientes.
Esta posición, en mi opinión, peca de una falta de perspectiva flagrante.
Hace setenta y cinco años, Estados Unidos – u Occidente, si se prefiere, en un sentido más amplio– inventaron el fordismo y el capitalismo de consumo. Medio siglo después, China cogió el testigo y construyó una máquina industrial que hace exactamente lo mismo: copió nuestro modelo de desarrollo dirigido por el Estado, invirtió en infraestructura y puso el empleo industrial en el centro de la sociedad. Lo hizo con mano de obra barata, con esa premisa tan china de vender por debajo del precio del fabricante de enfrente.
Lo que proponen Merz y los economistas de la vía productivista es volver a coger esa vía, pero en el vagón de cola. Competir otra vez con nuestro propio pasado y la sociedad que éramos hace 50 años como si la única carrera posible fuera la de producir cada vez más y más barato.
No hace falta ser economista para entender que esa es una carrera hacia el fondo. Y es que el éxito que tuvieron nuestros países —en grados distintos— en la industrialización, la razón por la que pudimos vender con márgenes tan altos que nos hicimos ricos, no fue que trabajásemos mucho más que el resto. Fue que teníamos el monopolio del conocimiento necesario para fabricar aquellas cosas que vendíamos. No teníamos competencia, o teníamos muy poca para el tamaño del mercado.
Hoy es exactamente al revés. El mercado está saturado. El mundo ha cambiado y ya no somos una sociedad que necesite mucho de todo. Europa tenía sobrecapacidad en fabricación de automóviles antes de que llegaran los fabricantes chinos. Ahora los mercados están literalmente inundados de cosas.
Haríamos bien en recordar aquello que ocurrió en 1929, porque el momento actual se parece a aquel terroríficamente.
En los años previos al crack, la agricultura llevaba diez años hundida. Durante la Primera Guerra Mundial, Europa dejó de producir muchísimas toneladas de productos agrícolas. Como respuesta, los productores del llamado “Nuevo Mundo” —Estados Unidos, Canadá, Argentina, Australia— ampliaron superficies, intensificaron la mecanización y suplieron la demanda que dejaron los productores europeos. Pero cuando la guerra acabó y los europeos volvieron al campo, hubo una gran crisis de sobreproducción en la agricultura. Los precios se desplomaron y con ellos, los salarios. Los bancos rurales comenzaron a quebrar y los empresarios a endeudarse. Los niveles de paro cada vez más elevados expulsaron a millones de personas del campo a las ciudades. Mientras tanto, las ciudades vivían una burbuja bursátil que se asemejaba mucho a la prosperidad. y los gobiernos de Occidente, embobados, ignoraron el aviso hasta que fue demasiado tarde. En octubre de 1929 el problema llegó al corazón de Wall Street.
En los años siguientes, Occidente se encontró sin modelo. Si la agricultura y las exportaciones de materias primas no eran el mecanismo central de la economía, entonces, ¿Qué podría ser? Tuvieron que pasar 15 años, una gran depresión y una guerra mundial para que llegase a consolidarse la idea de la producción fordista y los estados del bienestar como nuevo paradigma para una civilización.
De la misma manera, hoy la crisis del COVID, la burbuja inmobiliaria y ahora la burbuja de la inteligencia artificial han mantenido a nuestros gobiernos distraídos mientras la producción industrial se comoditizaba. Debajo del China shock, de la desindustrialización de occidente y de la crisis de la deuda pública en ciernes, lo que se esconde es el final de la era industrial. Lo cual no significa, por supuesto, que vaya a dejar de haber cosas fabricadas, al contrario: habrá muchas más. Pero el proyecto industrial habrá dejado de ser capaz de dirigir el mundo, de permitirnos compartir un sentido civilizatorio y de darle a cada persona y a cada país un sentido y un sitio en la sociedad.
Y Europa, igual que en 1929, no necesita volver a ser como era hace 75 años: Necesita una visión nueva. Un propósito distinto para un tiempo distinto.
Perseguir a China hasta el fondo no va a resolver nuestros problemas, del mismo modo que competir en el precio del maíz con Argentina no podía resolver la crisis de Estados Unidos en 1930.
Las personas que creemos en la capacidad de los seres humanos para innovar y salir de las dificultades, los que creemos en la ciencia, en la exploración y en la creatividad como recetas del progreso, deberíamos empezar a pensar en serio qué queremos hacer con nuestra existencia en esta fase nueva que se abre.
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