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Sobre este blog

El Prismático es el blog de opinión de elDiario.es/aragon. 

Las opiniones que aquí se expresan son las de quienes firman los artículos y no responden necesariamente a las de la redacción del diario.

Lo mejor para todas, incluida Ceuta

Imagen de archivo de la ministra de Sanidad, Mónica García, y el delegado del Gobierno en Ceuta, Miguel Ángel Pérez Triano.

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Hay días en el Congreso en los que hablar es una responsabilidad. Y hay otros en los que escuchar se convierte en un duro ejercicio, igual de revelador. Hoy era uno de esos días. Desde el escaño, he podido observar desde mi escaño la sesión que refleja con bastante claridad las dos formas de entender la política que hoy conviven en nuestro país, en un clima de tensión.

Durante la intervención del presidente del Gobierno, varios diputados y diputadas del Partido Popular farfullaban de forma constante comentarios, protestas y exclamaciones dirigidas al cuello de su camisa. No era la primera vez, pero presenciarlo tan de cerca permite apreciar hasta qué punto determinadas actitudes terminan condicionando el debate parlamentario. Más allá de la discrepancia política, que es legítima y necesaria en democracia, sorprende comprobar cómo el respeto institucional parece quedar en ocasiones relegado a un segundo plano y en otras quebrantado.

Cada pleno es distinto. Aunque cada diputado ocupa su escaño, más o menos tiempo, y el protocolo apenas varía, la atmósfera nunca es la misma. Hay días en los que predominan los argumentos y otros en los que la tensión se impone a las razones. Hoy, por momentos, daba la impresión de que algunos grupos estaban asistiendo a debates diferentes paralelos, como si partieran de diagnósticos incompatibles sobre la realidad del país. Quizás seamos miopes y ninguna totalmente nítida.

Escuchar al líder de la oposición insistir en la idea de un Gobierno ilegítimo o presentar a España como un país secuestrado por quienes han recibido el respaldo parlamentario suficiente para gobernar resulta, cuanto menos, vergonzoso. Porque la crítica política forma parte de la democracia, pero también lo hace el reconocimiento de las reglas que la sostienen. Sin ese mínimo común denominador, el debate público corre el riesgo de convertirse en una sucesión de consignas dirigidas más a alimentar emociones que a buscar soluciones.

Quizá fue esa la sensación más intensa de la jornada. No la confrontación política, que es inherente a cualquier parlamento vivo, sino la distancia creciente entre el tono de las intervenciones y la realidad de las personas que esperan respuestas de sus representantes en las que el gobierno no deja de trabajar. Mientras desde la tribuna se sucedían acusaciones grandilocuentes sobre el Estado, las fronteras o la supuesta ausencia de control institucional, resultaba inevitable preguntarse si el objetivo era realmente esclarecer los problemas o simplemente reforzar determinados relatos.

Y, sin embargo, contemplar el pleno desde dentro también permite recordar por qué merece la pena defender las instituciones democráticas. Porque, a pesar del ruido, siguen siendo el espacio donde las diferencias se expresan con palabras y donde las decisiones que afectan a millones de personas deben someterse al escrutinio público.

Frente a la política del titular instantáneo y de la confrontación permanente, existen también políticas públicas que cambian vidas. Hoy, mientras escuchaba el debate, pensaba en el trabajo que impulsa el Ministerio de Sanidad para fortalecer nuestro Sistema Nacional de Salud, el Ministerio de Derechos Sociales por la refundación del sistema de atención a la dependencia o el Ministerio de Infancia y Juventud para reducir desigualdades y garantizar derechos. Un trabajo muchas veces más silencioso, lejos de los focos, pero esencial para que cualquier persona, haya nacido donde haya nacido y viva donde viva, pueda acceder a una atención sanitaria digna y de calidad.

Porque gobernar no consiste en alimentar el enfado colectivo ni en construir adversarios permanentes. Gobernar consiste en mejorar la vida de la gente. De toda la gente. De quienes nos votan y de quienes no. De quienes llevan generaciones en nuestro país y de quienes han llegado buscando un futuro mejor o buscando un refugio que nuestra sociedad esta dispuesta a ofrecer, como han demostrado la Iniciativa Legislativa Popular por la regularización y todo el que se manifiesta contra el racismo, por la acogida de personas refugiadas o en apoyo a la población Ceutí, que necesita y merece nuestro apoyo y respeto. Esa es la verdadera medida del éxito de una democracia.

En un momento en el que hay quien parece empeñado en convertir cada diferencia en un conflicto y cada debate en una trinchera, debemos reivindicar algo tan sencillo como imprescindible: la convivencia. La convivencia entre territorios, entre generaciones, entre personas con ideas distintas y también entre quienes tienen orígenes diversos pero comparten un mismo proyecto de sociedad más justa.

Hoy he salido con una convicción reforzada: la ciudadanía necesita más política y menos teatralización; más argumentos y menos eslóganes; más convivencia y menos confrontación; más respeto institucional, más acuerdos y menos ruido. Porque cuando el ruido ocupa todo el espacio, la democracia habla más bajo. Volvamos a demostrar que la mejor versión de la democracia es construir un frente amplio.

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