El color que Roma convirtió en privilegio: la historia de la púrpura de Tiro y las leyes que prohibieron vestirla

Fragmentos de cerámica procedentes de K10 con pigmentos púrpuras en el interior (1); para comparar la forma, otra jarra pintada en su totalidad, también de K10 (2)

Ada Sanuy

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Durante miles de años, vestirse de púrpura no fue una simple elección estética. El color llegó a representar riqueza, rango social y, finalmente, poder político hasta tal punto que Roma legisló quién podía exhibirlo y en qué circunstancias. El historiador Jordi Pérez González, investigador de la Universidad de Barcelona, explica en un estudio publicado en Studia Antiqua et Archaeologica que la púrpura terminó convirtiéndose durante el Imperio en una “cuestión de Estado”, vinculada a un grupo reducido de personas cercanas a la familia imperial.

La llamada púrpura de Tiro, obtenida de determinados moluscos marinos, combinaba una fabricación laboriosa, una disponibilidad limitada y una resistencia superior a la de numerosos tintes vegetales de la época. En Roma, donde las telas purpúreas se hicieron especialmente visibles desde el siglo III a. C., las leyes suntuarias trataron de contener la ostentación antes de que algunas de las variedades más prestigiosas del color quedaran estrechamente asociadas a la corte.

La historia es, sin embargo, mucho más antigua que Roma. El químico Christopher J. Cooksey reconstruyó en la revista científica Science Progress cerca de cuatro milenios de producción de púrpura de molusco y documentó evidencias de esta actividad desde la Edad del Bronce en distintos puntos del Mediterráneo. El nombre que ha sobrevivido procede de Tiro, la ciudad situada en la costa del actual Líbano, aunque los restos arqueológicos muestran una geografía productiva mucho más amplia y no permiten reducir necesariamente allí el origen de toda esta industria.

En Creta existen acumulaciones de conchas y restos de instalaciones de tintura fechados hacia 1800 a. C., mientras que análisis químicos realizados sobre un polvo hallado en Akrotiri, en la isla de Thera —la actual Santorini—, identificaron compuestos característicos de la púrpura de molusco. También se han localizado restos textiles teñidos en Qatna, en la actual Siria, y fragmentos cerámicos relacionados con esta actividad en distintos enclaves del Mediterráneo oriental.

Tejidos teñidos en la actualidad a partir de diferentes especies de caracoles marinos. Es posible que los colores de esta fotografía no los representen con exactitud.

Un color que no existía dentro del molusco

Parte de su extraordinario valor se explica por su química. La púrpura de Tiro no era simplemente una sustancia violeta que pudiera extraerse directamente del animal: el colorante se generaba a partir de precursores químicos presentes en la glándula hipobranquial de determinados moluscos, especialmente de la familia Muricidae. Su composición podía variar según la especie y el proceso empleado, pero incluía distintos colorantes índigos, entre ellos índigo, monobromoíndigo y dibromoíndigo, además de cantidades menores de compuestos relacionados.

En muchas especies, el 6,6'-dibromoíndigo constituye uno de los componentes principales, aunque su proporción no era siempre la misma. La fabricación tradicional implicaba transformar esos precursores en pigmentos, reducir después los compuestos a formas solubles capaces de impregnar la fibra y dejar que la oxidación devolviera el color sobre el tejido. Otros procedimientos, como la aplicación directa de la secreción, mostraban además que la luz y el aire podían intervenir en el desarrollo progresivo de la tonalidad.

La arqueología ha aportado pruebas materiales de ese trabajo. Una investigación sobre el yacimiento de Kolonna, en la isla griega de Egina, publicada en 2024 en Plos One, identificó en edificios de época micénica restos de púrpura de unos 3.600 años de antigüedad, junto con conchas de moluscos trituradas y herramientas de piedra consideradas parte del proceso de producción. La investigadora Lydia Berger, de la Universidad Paris Lodron de Salzburgo y autora principal del estudio, señaló que el pigmento se había conservado hasta tal punto que todavía podría utilizarse para teñir tejidos. El análisis químico indicó además que los artesanos de aquel taller emplearon preferentemente el molusco conocido hoy como banded dye-murex. El descubrimiento ofrece una de las evidencias directas de cómo funcionaba esta actividad durante la Edad del Bronce, un conocimiento difícil de reconstruir porque los tintoreros dejaron escasos testimonios sobre sus procedimientos.

Muestra de pigmento púrpura KOL-01 (del fragmento SE16/15-K10-85-03).

De objeto de lujo a color regulado por ley

El precio terminó haciendo de la púrpura una forma de exhibir posición social. Cooksey señaló en una investigación publicada en Science Progress que las telas podían llegar a valorarse por su peso en plata u oro y que gobernantes y personajes poderosos las utilizaban para mostrar riqueza y autoridad. En Roma, esa asociación adquirió además un significado político. El estudio de Pérez González recuerda que la tradición atribuía ya a los primeros monarcas romanos el uso de vestiduras púrpuras como insignias de poder y que después los patricios incorporaron bandas de ese color a sus togas y túnicas. La creciente capacidad de otros grupos acomodados para imitar estas formas de ostentación contribuyó a que las autoridades recurriesen a las leges sumptuariae, normas destinadas a limitar determinadas manifestaciones públicas del lujo.

Las restricciones tenían precedentes muy antiguos. Según el análisis histórico de Pérez González, la Tabla X de la Ley de las XII Tablas, de mediados del siglo V a. C., ya limitaba la ostentación funeraria y restringía el número de telas purpúreas que podían acompañar al difunto. Más conocida fue la lex Oppia, promulgada en 215 a. C. durante la Segunda Guerra Púnica, que intervino sobre bienes considerados suntuarios, entre ellos el oro y las prendas teñidas de púrpura, y afectó particularmente a las mujeres romanas.

Permaneció vigente durante veinte años hasta su derogación en 195 a. C., pese a la oposición de Catón y de quienes vinculaban el lujo con el deterioro de las costumbres tradicionales. A finales de la República, Julio César retomó ese control: prohibió a las mujeres el uso público de vestidos de púrpura y perlas y recurrió a agentes capaces de confiscar los productos que incumplieran las restricciones.

Cuando el púrpura se convirtió en una insignia del emperador

Con el paso de la República al Imperio cambió también la lógica de estas medidas. El mismo estudio sobre el comercio romano de púrpura señala que las normas del periodo julio-claudio tuvieron un sentido cada vez más relacionado con la apropiación del color como símbolo de poder. En el año 36 a. C., Octavio restringió el empleo de los tejidos purpúreos y se reservó en la práctica la capacidad de decidir quién podía utilizarlos.

Una vez consolidada su posición, en 28 a. C. derogó algunas de aquellas disposiciones y permitió de nuevo el privilegio a senadores, caballeros y otros personajes relevantes. Las medidas tampoco funcionaron siempre: los testimonios recogidos por Tácito muestran que, bajo Tiberio, las leyes suntuarias eran vulneradas sin sanción y que el propio emperador dudaba de la posibilidad de contener unos hábitos de lujo ya profundamente arraigados.

Tiberio Retrato del tipo 'Imperium Maius' en el Museo Archeologico Nazionale

Otros emperadores llevaron más lejos esa apropiación. Pérez González recoge a partir de Suetonio que Calígula intentó restringir de nuevo la púrpura como símbolo de la corte imperial y sitúa en ese contexto el episodio de Ptolomeo de Mauritania, ejecutado después de presentarse con un llamativo manto púrpura. Bajo Nerón, el control alcanzó algunas de las categorías más prestigiosas: los tejidos de tonalidad amatista y la púrpura de Tiro quedaron reservados a la corte, mientras el emperador prohibió su comercialización y ordenó cerrar establecimientos dedicados a venderlos. El precio ayuda a entender el alcance de esa exclusividad. Plinio dejó constancia de que la dibapha tiria podía alcanzar los 1.000 denarios por libra, una cantidad equivalente a más de cuatro años del sueldo de un legionario romano de comienzos del Imperio.

La transformación estaba completa: una secreción prácticamente incolora producida por pequeños animales marinos había acabado convertida en una señal visible de posición política y social. La reconstrucción histórica de Cooksey muestra que su prestigio sobrevivió durante siglos y continuó asociado tanto al poder imperial como al rango religioso en Bizancio. La industria sufrió sucesivas destrucciones y desplazamientos hasta concentrarse en Constantinopla (actual Estambul, capital de Turquía); el saqueo de la ciudad durante la Cuarta Cruzada, entre 1202 y 1204, estuvo cerca de acabar con ella y la conquista otomana de 1453 puso fin a su producción a escala industrial.

Cooksey recoge además que, privado de aquel suministro, el papa Pablo II decretó en 1464 la sustitución de la antigua púrpura eclesiástica por el rojo obtenido del quermes. Para entonces habían transcurrido aproximadamente cuatro milenios desde las primeras evidencias de su fabricación: una historia en la que la química hizo excepcional un color, su precio lo convirtió en lujo y el poder terminó decidiendo quién tenía derecho a llevarlo.

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