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Relato - 'Un minuto de oscuridad', por Isaac Rosa
Relato

Un minuto de oscuridad

Ilustración eclipse
12 de agosto de 2026 23:20 h

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¿Cuántas pedidas de mano se habrán producido en el minuto de oscuridad, cuando la luna cubrió por completo el sol y cayó sobre la Tierra la noche más extraña y bella? Estoy seguro de que habrán sido muchas las pedidas, cientos, miles. La gente le ha cogido gusto a convertir una petición matrimonial en un momento “especial” e “inolvidable” (comillas irónicas), incluso a costa de la vergüenza propia y ajena (la de la pareja sorprendida y la de los testigos involuntarios): pedidas de mano en mitad de un partido de fútbol, usando el micrófono del estadio; en un concierto, sobre el escenario mientras tu artista favorito toca vuestro tema y la gente enciende mecheros o móviles; en un mirador lleno de turistas que aplauden, al terminar una maratón agonizante y sudado; y, por supuesto, en un eclipse: cientos, miles de enamorados rodilla en tierra y con el anillo preparado para el instante en que sus amadas se quiten las gafas de protección y, al tiempo que aparecen las estrellas y huyen los pájaros y aúllan los perros, se sorprendan con la romántica propuesta. Qué bonito. Qué horror.

¿Y cuántas rupturas de pareja en ese mismo minuto de oscuridad? ¿Cuántas criaturas insensibles habrán elegido ese instante único, mágico e “inolvidable” para decirle a su desprevenida pareja que ya no la quieren?

—Ya no te quiero —me dijo la mía esta tarde, coincidiendo con la totalidad. Le disculpo la crueldad, pues estábamos en el dormitorio sin atender al cielo, indiferentes al acontecimiento. Fue casualidad.

—Ya no te quiero.

¿A cuántos habrá sorprendido el eclipse en un mal momento personal? Uno realmente malo, que lo mío no deja de ser un drama ridículo. Por ejemplo, gente que ha fallecido justo a esa hora, a la hora exacta del eclipse total, en su minuto de duración. Puede ser, por pura estadística: he mirado los datos del año pasado y en España mueren 1.224 personas cada día. Son cincuenta a la hora, seguramente más porque el número será mayor en las horas diurnas que en las nocturnas. Así que alguien, varios, habrán muerto mientras caía sobre ellos la noche breve e irrepetible.

Pero no nos pongamos cenizos: también nacen 880 bebés cada día entre nosotros, de modo que es muy probable que se hayan producido varios alumbramientos felices en el preciso instante del eclipse. Quién sabe si el movimiento de la luna, la variación de luz, temperatura y presión del aire, no habrán desencadenado partos. Los hijos del eclipse, los llamará la prensa. Madres que ven por primera vez el rostro de su bebé mientras todo se oscurece.

—Ya no te quiero —pronunciado en el mismo momento en que la luna tapaba por completo el sol y hacía visible la corona solar. Así podré recordar toda la vida no solo el día, también la hora exacta de nuestra ruptura. Gracias.

Un minuto humano

Recuerdo un cuento de Stanislaw Lem, Un minuto humano, que siempre me ha fascinado: Lem escribe una reseña de un libro inexistente e imaginario, un libro titulado como el cuento, y que recoge en cientos de estadísticas todo, absolutamente todo, lo que sucede en nuestro planeta en un solo minuto, en cada minuto, en todos los minutos. Un recuento exhaustivo, demencial y hasta terrible, de la vida humana en cualquier instante: cuántos nacimientos y cuántas muertes suceden en un solo minuto, detallando además las causas de la muerte hasta el absurdo; cuántas parejas copulan a la vez en ese preciso minuto, cuántos asesinatos, robos o violaciones, cuántos rayos caen y cuántos millones de animales muertos masticamos a cada minuto, cuántos árboles cortados y cuántos miembros amputados por accidente o por cirugía, cuántos coches o tractores producidos en un minuto, pero también cuántas obras de arte o trabajos científicos publicados, cuántos hectolitros de sangre bombeados a la vez, cuánto semen eyaculado por el conjunto de la humanidad a cada minuto —43 toneladas, nos informa Lem, una corriente incesante, superior al mayor géiser conocido—.

Cuánto pesa en todo momento la suma de los músculos, huesos y fluidos de la humanidad entera. Cuántos miles de kilos de masa tumoral crecen en cada minuto de cualquier hora, de cualquier día, todos los días. No recuerdo si aparecía también el dato de cuántas rupturas amorosas en un minuto.

—Ya no te quiero —dicho sin siquiera ponerle algo de pasión, en tono neutro, como sin querer o sin pensar—.

Se me ocurría una versión del cuento de Lem aplicado no a un minuto cualquiera, sino a ese minuto “mágico” (comillas irónicas, no estoy de humor) en que la luna ocultó por completo el sol. Pensaba en todo lo que habrá ocurrido en ese mismo minuto. Todo lo que habrá seguido ocurriendo mientras muchos miraban al sol. Todo lo que no se puede parar aunque creamos que el país entero se paraliza. Muertes, ya decía. Accidentales, naturales, enfermedades que completan su curso justo en ese minuto. Nacimientos. Pedidas de matrimonio. Besos. Polvos, no solo los estadísticamente habituales, sino los de quienes habrán elegido recibir el eclipse con un orgasmo (lo que yo le propuse a ella antes de la discusión, antes de que me dijera que ya no me quiere).

Accidentes de tráfico, siniestros laborales, pues hay a diario. Médicos y enfermeros que no han podido salir a la puerta del hospital para ver el eclipse porque estaban conteniendo una hemorragia en urgencias o reanimando a un infartado. Trabajadores que no podían hacer ni una mínima pausa por lo apremiante de su tarea, que la máquina nunca se detiene. Bomberos forestales en el incendio de Niebla, sobre los que habrá caído la noche súbita mientras respiraban humo y arrastraban pesadas mangueras. Vigilantes que no pueden apartarse de su puesto. Pilotos de avión con vista privilegiada desde el aire, pero también conductores de metro (¿les habrán dejado parar unos minutos el servicio y salir a la superficie?).

Presos en una celda de castigo. Familiares en un tanatorio, sin ganas de apartarse del ataúd ni por ese minuto. Mendigos sin techo desentendidos del mundo. Gente con gravísimos problemas que ni un eclipse alivia ni deja olvidar: problemas económicos, laborales, familiares, personales. Enfermos que justo hoy recibieron un fatal diagnóstico. Enfermos de toda condición, física o mental, cuyos padecimientos los desinteresan del acontecimiento. Parejas que acaban de saber que su relación se acabó.

—Ya no te quiero —me lo dijo como remate de una discusión que había comenzado media hora antes, y cuyo detonante trivial había sido precisamente el eclipse: yo le reproché su poco interés, ella se burló de mi excesivo interés; un desencuentro pequeño que dio lugar al habitual cruce de reproches desproporcionados, hoy desbocado y con final inesperado, o no tan inesperado.

Sobre todos aquellos que no miraban, sobre todos nosotros, también cayó la oscuridad aunque no estuviéramos atentos. Mientras millones de personas se agrupaban en miradores señalados para la ocasión, se asomaban a balcones y azoteas, se sentaban en la arena de las playas, subían a montes, salían a las calles o sin más lo veían por televisión; mientras millones de personas seguían las instrucciones de buen uso de las gafas protectoras, comentaban como cuñados todo lo leído en prensa —“atentos, que ahora viene el anillo de diamantes; ojo a las perlas de Bailey”—, mostraban asombro sincero o lo sobreactuaban, gritaban, aplaudían, reían, lloraban, apretaban la mano o besaban a su ser querido con el que habían elegido compartir un momento único; mientras millones admiraban el aflojar de la luz, los nuevos colores, el relieve extraño de los objetos, la ligera bajada de temperatura, la brisa repentina, el oscurecerse tan diferente al de una puesta de sol, la noche que no parecía noche, las estrellas señaladas, el disco negro que asombra pese a las muchas fotografías vistas, el minuto de oscuridad tan bella como espeluznante, el regreso lento de la luz ya sin fuerza por el ocaso; mientras millones atendían a cada fase y fijaban en la memoria ese minuto “inolvidable” (no puedo esquivar las comillas, es mi humor), muchos otros no mirábamos al cielo, no pudimos o no quisimos levantar la cabeza, no salimos afuera, nos quedamos en interiores forzosos. Y sin embargo, también sobre nosotros cayó la noche, aunque tuviese que abrirse paso en el humo del incendio, tras los ventanales del hospital, la fábrica o el tanatorio, en la nube negra de la enfermedad o de la tristeza.

—Ya no te quiero —me dijo, y en ese momento se hizo la noche, como si sus palabras hubiesen provocado el cataclismo. Perdón por ponerme melodramático.

Estábamos en el dormitorio, a donde nos había conducido la discusión atroz y ridícula que había comenzado en el balcón, había seguido en el salón, pasado por la cocina, vuelta al salón y finalmente al dormitorio. No habíamos encendido la luz pese a que el día iba declinando tras la ventana. Y de pronto nos quedamos a oscuras, sin las farolas de la calle que no se habían encendido. Y no lo pensé entonces, fue algo después pero me gustaría creer que ocurrió entonces: pensé, o sentí, que esa misma oscuridad también sorprendió al bombero, al médico, al trabajador inexcusable, al familiar del fallecido, al enfermo en su sufrimiento, al sin techo en su miseria o su enajenación, al agobiado, al triste y al abandonado. Y diría que a todos nos estremeció, nos enmudeció, nos calmó y nos consoló.

No seguimos discutiendo, no sé si por la contundencia sin escapatoria de sus palabras finales, o quiero creer que por esa oscuridad que nos apagó también a nosotros, y nos mantuvo durante ese minuto a oscuras y en silencio. Y con la vuelta del sol, reaparecimos menos feroces, más cercanos, tal vez sin arreglo pero también sin rencor. Y hasta felices de haber vivido juntos ese momento.

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