La política también debe tener alma
Hay momentos en los que la política parece empeñada en olvidar que detrás de cada cifra hay una persona, detrás de cada frontera hay una historia y detrás de cada decisión pública hay vidas que pueden cambiar para siempre.
Las palabras pronunciadas hace unos días por el canciller alemán, Friedrich Merz, deberían invitarnos a una reflexión que va mucho más allá de Alemania. Merz recordó que Alemania es un país de inmigrantes y defendió que la xenofobia no tiene cabida en su sociedad, al tiempo que señalaba la importancia de la inmigración para sectores esenciales de su economía. Ojalá, Alberto Núñez Feijóo tomara ejemplo, en vez de copiar el discurso extremo de Santiago Abascal.
No se trata de negar que la inmigración plantee desafíos. Los plantea, y los Estados tienen la obligación de gestionar sus fronteras, garantizar la seguridad, ordenar los flujos migratorios y construir políticas de integración eficaces. Pero una cosa es gestionar un fenómeno complejo y otra muy distinta convertir el miedo, la pobreza o el origen de las personas en instrumentos de confrontación política. España debería ser capaz de mantener esa diferencia.
Lo que está ocurriendo en Ceuta nos obliga a mirar de frente una realidad que resulta incómoda. Ceuta no puede ser solamente una cuestión de cifras, de controles fronterizos o de titulares. Es también un drama humano. Y reconocerlo no significa ignorar las dificultades de los vecinos de Ceuta, ni minimizar la presión que soportan sus servicios públicos, ni desconocer la responsabilidad que corresponde al Estado y a la Unión Europea. Significa exigir una respuesta pública a la altura de la dimensión del problema. Una respuesta ordenada, firme cuando deba serlo, pero también humana.
Porque el humanismo no significa ausencia de normas. Significa que las normas no pueden hacernos perder de vista la dignidad de las personas.
Vivimos tiempos en los que parece que la política premia cada vez más la exageración, la desconfianza y la división. Hay quien encuentra rentabilidad electoral en señalar al diferente, en convertir al extranjero en amenaza o en presentar a quien tiene menos como responsable de los problemas de quien tiene algo más. Es una deriva peligrosa.
El racismo y la aporofobia no deberían encontrar acomodo en una sociedad democrática y solidaria como la española. Tampoco deberían convertirse en lenguaje habitual de la conversación pública. No son tiempos en los que esté especialmente de moda reivindicar una visión humanista de la política. Precisamente por eso resulta más importante hacerlo.
El papa León XIV, durante su visita a España en junio, habló en Tenerife de una sociedad y de una ciudad «sin murallas» y recordó que algunas de las barreras más difíciles de derribar no son de piedra, sino las que nacen de la mirada, del miedo o de la indiferencia.
Es una reflexión que trasciende las creencias religiosas y que debería interpelar también a quienes ejercemos responsabilidades públicas: ¿qué ocurre cuando dejamos de mirar a las personas como personas?
Una sociedad puede tener fronteras y, al mismo tiempo, tener conciencia. Puede defender la legalidad y, al mismo tiempo, defender la dignidad humana. Puede reclamar una inmigración ordenada y, al mismo tiempo, negarse a que quienes huyen del hambre, de la guerra o de la persecución sean utilizados como piezas de una estrategia electoral.
Hay algo especialmente irresponsable en dividir a una sociedad a la que después se pretende gobernar, y desde luego, en mi condición de candidato a presidir La Rioja, me niego a contribuir a la división, al ruido, a la crispación y al enfrentamiento entre riojanos y riojanas. Propongo al resto de candidatos sellar un acuerdo para una campaña limpia, centrada en los problemas de nuestros vecinos y vecinas, lejos de la crispación nacional.
La Rioja conoce bien el valor de la convivencia. Es una tierra tranquila, acogedora y amable. Una tierra de pueblos y ciudades donde durante generaciones hemos sabido que una comunidad no se construye preguntando permanentemente de dónde viene cada persona, sino procurando que todos puedan sentirse parte de ella. La política tiene una enorme capacidad para crear realidad. Puede alimentar el miedo o puede generar confianza. Puede levantar muros o construir puentes. Puede convertir las diferencias en trincheras o entenderlas como parte de una sociedad plural. Y esa elección importa.
No deberíamos aceptar que para obtener votos haya que sacrificar valores. No deberíamos asumir que para ganar una discusión política hay que perder un poco de humanidad. Y, sobre todo, no deberíamos acostumbrarnos a que el sufrimiento de otros se convierta en una herramienta para obtener réditos electorales. La política necesita resultados, naturalmente. Necesita gestión, presupuestos, leyes, servicios públicos y decisiones. Pero también necesita principios.
Porque gobernar no consiste únicamente en administrar una sociedad. Consiste, en buena medida, en decidir qué tipo de sociedad queremos ser. Y ante el drama de Ceuta, ante quienes llegan huyendo del horror y ante cualquier persona que se encuentra en una situación de extrema vulnerabilidad, quizá la primera pregunta que deberíamos hacernos no sea cuánto nos puede beneficiar políticamente su sufrimiento. Quizá debamos preguntarnos, sencillamente, qué haríamos si esa persona fuera uno de los nuestros.
La respuesta a esa pregunta dice mucho de una sociedad. Y también dice mucho de su política. Cuando llegué a la política autonómica me planteé un objetivo: convertir La Rioja en la excepción de diálogo, respeto y acuerdo que confirme la regla general de crispación, división y desacuerdo. Todavía no lo he conseguido, pero me niego a tirar la toalla. Lo merece la política, pero, sobre todo, lo merece la tierra a la que amo.
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