Exmiembros del Opus Dei revelan el poder y el control que viven los hombres dentro: “Se meten en tu conciencia”
Han pasado más de 30 años, pero aún se acuerda con absoluta claridad de la escena. Antonio Figueras y sus compañeros estaban comiendo en el colegio mayor de Santiago de Compostela en el que vivían cuando escuchó que alguien se caía con la bandeja de garbanzos en la mano. Era una de las mujeres que cada día servían y recogían la comida a los hombres, las únicas encargadas de todas las tareas domésticas del centro. El ademán instantáneo de Antonio fue el de levantarse a ayudar, pero la mirada negativa de su director espiritual le disuadió. Ninguno de los hombres acudió a socorrerla.
La anécdota la cuenta el propio Antonio como parte de lo que vivió durante los 20 años que estuvo dentro del Opus Dei como numerario, que son los miembros célibes de la organización, que dedican su vida a la prelatura aunque pueden trabajar fuera. Los numerarios viven juntos y de forma totalmente segregada de las mujeres, con las que tienen prohibido relacionarse. “No las podíamos ni mirar. Cuando venían a servirnos al comedor, mirábamos el plato o desenfocábamos la mirada. Haces lo que sea, pero las evitas como al demonio”, explica Antonio.
Él es uno de los 14 exmiembros que participa en el documental El buen espíritu, que se estrena este viernes en HBO Max. Después de dirigir El minuto heroico, en el que puso el foco en la situación de las mujeres, la periodista Mònica Terribas reconstruye ahora la vida de los hombres dentro de la institución, fundada en 1928 por José María Escrivá de Balaguer y convertida por el papa Juan Pablo II en la única Prelatura personal de la Iglesia Católica. A través de testimonios de distintas generaciones y países, el documental desvela una estructura perfectamente engrasada que acaba imponiendo a sus miembros una obediencia ciega y una hipervigilancia constante.
“Te animan a ser santo en medio del mundo, pero no es verdad. Lo que estás es totalmente controlado. Y al final te lleva a que no puedas pensar nada más”, afirma Antonio, que entró en 1971 y salió en 1991. El control alcanzaba todos los ámbitos de su vida, desde las relaciones personales hasta el dinero, ya que los numerarios deben entregar su sueldo íntegramente y después pedir lo que necesiten para sobrevivir. A ello se sumaba una extensa rutina de prácticas religiosas diarias y una supervisión constante de los libros, películas o música permitidos, cómo se comportaba o a quién veía. Antonio, biólogo del CSIC, recuerda: “Yo ya tenía proyectos de investigación y tenía que pedir dinero para comprar pasta de dientes. Recuerdo que me llegaron a custodiar el disco Sticky Fingers, de los Rolling Stones”.
Una experiencia prácticamente calcada relatan todos los exmiembros, que describen un sistema que, a pesar de presentarse como un camino de supuesta entrega y obediencia a Dios —el “buen espíritu”—, acaba convirtiéndose en obediencia a los directores de los centros en los que viven o a los que acuden. “Todo era concebido como una posible traición a tu vocación y todo se consideraba de 'mal espíritu'. Así no puedes ser libre”, explica Antonio.
La puerta de entrada al Opus Dei (obra de Dios, en latín) varía, pero suele producirse a través de los colegios o clubes juveniles, que son una especie de asociaciones culturales segregadas por sexo en las que se combinan actividades de ocio con lo que llaman “dirección espiritual”. En la práctica y según cuentan los exmiembros, esto es un numerario que detecta a aquellos jóvenes susceptibles de tener vocación. En la jerga del Opus Dei, a estos menores de edad se les llama “pitables” y con ellos comienza entonces un proceso de formación religiosa que Antonio define como un auténtico “acoso y derribo”.
Huérfano de madre desde los cinco años, él fue enviado por su padre a un colegio de “la obra” —como suelen llamarla sus miembros— de Vigo pensando que “iba a estar cuidado y protegido”, pero “ahí comenzó el proceso de captación”. Tenía “12 o 13 años” cuando empezaron a decirle que tenía vocación. “Eres un chaval y lo compras. Porque, además, tus profesores numerarios del colegio son los monitores del club y hay mucha jerarquía y autoridad. El mensaje constante es que si no sigues adelante y dices que sí a Dios, te vas a condenar”. Antonio, finalmente, dijo que “sí” a los 14 años.
Los elegidos
La experiencia de hombres y mujeres dentro difiere en muchas cosas, pero sobre todo en la forma en que a ellos les va dirigiendo para ocupar posiciones de responsabilidad dentro de la misma. Desde muy jóvenes les hacen sentir “los elegidos”, casi unos “embajadores de Cristo”, como les dicen. En el futuro, serán quienes dirigirán los llamados consejos locales, que son los órganos de gobierno de los centros del Opus Dei a los que se adscriben los fieles y en los que suelen vivir los numerarios. “Los hombres son los que gobiernan, mandan y se ocupan del funcionamiento. Saben lo que ocurre y cuánto dinero entra o sale. Es una maquinaria perfecta e inteligente”, cuenta Terribas.
En la práctica, los consejos locales dirigen y marcan la vida de los miembros. Ángel Valdez, que salió de la organización en 2005, no residió en uno de estos centros porque era agregado, que es otra de las formas célibes de adscribirse, pero pasaba horas y horas en uno de ellos. Durante un tiempo, llegó a ser secretario del consejo local y se encargaba de la recaudación. Los numerarios y agregados deben dar su sueldo íntegro a la institución mientras que los supernumerarios —miembros que pueden tener pareja— hacen aportaciones mensuales.
“Todo lo supervisábamos a través de un excel en el que apuntábamos si cada persona había dado lo que tenía que dar o debía algo. Había un control financiero tremendo”, explica Ángel, que durante su experiencia en el Opus Dei vivió en Guatemala y España. El documental dibuja una estructura económica opaca, a la que es difícil seguir el rastro debido a que, en buena parte de las fundaciones e iniciativas controladas por la prelatura, no aparece su nombre oficialmente. “Su arquitectura financiera y patrimonial fue así creada, lo que a veces hace más difícil encontrar vínculos”, asegura Terribas.
Además del control económico, los consejos locales se erigen como una especie de panóptico que hipervigila también la conducta de los miembros. Cada consejo está formado por un director, un subdirector y un secretario, además de un sacerdote que, en teoría, no tiene voto pero sí voz. “En las reuniones lo que hacíamos era crucificar gente. Se evaluaba absolutamente todo y teníamos mucha información de cada uno. Se hablaba de si cumplía sus compromisos económicos, sus normas y plan de vida, si se confesaba, si asistía al círculo o incluso cómo se mostraba. Si empezaba a manifestar pereza o lo veías irritado, eufórico, demasiado hablador... Todo eso era problemático”, recuerda Ángel.
El exmiembro habla también de la “presión” por hacer las llamadas “correcciones fraternas”, que son advertencias que los numerarios deben hacerse entre ellos sobre cuestiones de todo tipo, desde el comportamiento y la actitud hasta detalles de la vida cotidiana. Por ejemplo, enterarse de que alguien se duchaba con agua caliente en vez de con agua fría motivaba una corrección fraterna. También reírse demasiado, hablar en voz muy alta o “pillar” a alguien haciendo algo que no debía. La vigilancia se extendía así entre los propios compañeros.
Hacer apostolado era otra de las exigencias: la idea de que los numerarios deben atraer a nuevas incorporaciones era “sistemática”, según varios exmiembros. Este es precisamente el motivo que acabó por empujar a Antonio a dar el paso definitivo: “Fue fundamentalmente por coherencia. No estaba consiguiendo las metas de atraer gente que me estaban diciendo y pensaba que el problema era yo. Mi salida fue dolorosa porque te han vendido que la obra es perfecta y las normas también, así que sientes que el que fracasas eres tú”.
Ningún representante del Opus Dei ha participado en El buen espíritu ni ha respondido a las preguntas de este medio sobre los cada vez más frecuentes testimonios de exmiembros que describen experiencias de control y abuso. Sobre la serie, una portavoz afirma que “cuando podamos acceder al contenido y a las reclamaciones que hacen sus protagonistas podremos valorar qué respuesta dar a las cuestiones que plantea”.
Víctimas y victimarios
Ángel Valdez recuerda que, una vez dentro, los mensajes que recibía se iban reforzando hasta convertir la obediencia en una cuestión de conciencia. “Luego dices: bueno, Dios quiere esto para mí. Te convencen de que esto es para ti, Dios lo quiere así. Piensas que si te vas, te va a ir mal y estás cometiendo una traición”. El control, dice, termina interiorizándose: “Llegan a meterse tanto en tu conciencia que tú lo haces y crees que estás haciendo lo correcto, obedeces a todo. Sin embargo, por mucha entrega que haya, la sensación es que nunca es suficiente y eso te devora por dentro”.
En El buen espíritu participan psicólogas y expertos que contextualizan la experiencia de los exmiembros y explican cómo la dinámica les acabó atrapando. Tras entrevistar en profundidad a más de una decena, Mònica Terribas cree que la “captación” en la adolescencia es clave: “Qué pasa cuando eres un crío de 14 años y te dicen que eres especial y que vas a ser santo en medio del mundo? La fe hace que se lo crea y entre en un sistema en el que al principio no le cuentan todo. Cada vez le piden más y más y entra en dinámicas de autoexigencia que no tienen final”.
La periodista pone el foco en otra cuestión que aborda la serie. Al ser quienes tienen el poder pero a la vez sufrir las consecuencias de estar en la institución, los hombres “son a la vez víctimas y victimarios”. “Han tenido responsabilidades y han controlado a sus compañeros. Esa situación creo que les lleva a ser más resistentes que las mujeres a admitir que están rotos. Ellas piden ayuda con más antelación mientras que a ellos, al ser los predestinados y escogidos, les cuesta más salir cuando entran en crisis”.
Es algo sobre lo que Ángel ha reflexionado mucho. “Al final tú te constituías en vigilante de los demás. Uno de los compromisos a los que llegas es extremar la corrección fraterna y te preguntaban todas las semanas cuántas habías hecho. Cuando, además, ocupas un cargo de responsabilidad, te pones más severo con todos los demás sobre todo si hay un grado de fanatización total, como fue mi caso”. Cuando Antonio hace balance de su paso por el Opus Dei, uno de los asuntos que aborda es precisamente este: “Conscientemente, no intenté hacer daño. Si lo hice, pido disculpas, no estaba en mi ánimo”.
Han pasado muchos años desde que se fueron, pero todavía ambos se enfrentan a las consecuencias que tuvo su paso por la organización. Al haber entregado todo su sueldo, salieron sin dinero y casi sin saber moverse “en el mundo real”. Habían roto lazos con sus familias de origen y sus amistades. Por eso marcharse fue también empezar a reconstruir la vida. “Había pasado a ser el desaparecido. Rompí con todo con 14 años, así que llevo años recuperando esos vínculos”, dice Antonio, que tiene claro por qué ahora, 30 años después de salir del Opus Dei, está dispuesto a hablar: “No busco venganza ni tengo rencor. Lo hago porque tal vez pueda servir de ayuda a alguien. Que sepa que puedes dejarlo y no pasa nada”.
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