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No estoy llorando, es gas pimienta

La diputada del PP, Ana Vázquez, en los pasillos del Congreso, con un spray de pimienta.
24 de septiembre de 2026 22:29 h

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Alguien del PP que vierte gas pimienta en el Congreso, envenena el aire, y todo termina en gente llorando y con dificultad para respirar. Huyo de las metáforas fáciles, pero esta es de las que no puedes rodear, te tropiezas con ella por mucho que quieras esquivarla. Necesitábamos un símbolo de estos tiempos irrespirables y que mueven al llanto, y alguien le dio al botoncito: ffffsssssss...

En los últimos días el gas pimienta ha entrado de lleno en la conversación pública, para contento de los fabricantes de sprays que están agotando existencias. Empezó en Ceuta, donde la crisis fronteriza, azuzada por el alarmismo y los discursos de odio, ha llenado bolsos y algunas mochilas escolares con este arma de autodefensa; pero también ha acabado en los ojos y vías respiratorias de menores migrantes, rociado por militares. El mismo gas irritante corrió alegremente durante el desahucio de Maricarmen, donde activistas y vecinos fueron también gaseados por la policía, además de arrastrados y apaleados. Y alcanzó las portadas y los memes cuando la diputada del PP y su torpe asistente montaron en el Congreso una charlotada digna de Mortadelo: “El caso del gas pimienta”, se titula el tebeo, aunque Ibáñez lo rebautizaría como “El caso del gas boniato”, en su estilo.

Hasta ahí la broma, que no es el gas de la risa. Hablamos de una sustancia tóxica que provoca llanto y asfixia, y que desde los lavabos del Congreso debe de haberse propagado por las calles y de paso por los medios, tertulias y redes sociales, de ahí las ganas de llorar que muchos tenemos, y lo irrespirable que se nos está quedando el país, el mundo, la vida.

Será por el gas que nos pican tanto los ojos cuando vemos el desahucio de Maricarmen, que es un solo caso entre miles, pero que reúne y representa todo lo que está mal en la crisis de vivienda, de ahí su fuerza icónica y su capacidad movilizadora. Si a una mujer octogenaria y de salud delicada, la sacan por la fuerza una empresa, una juez y un ejército de antidisturbios delante de las cámaras, qué no sufrirán quienes a diario pierden sus casas y acaban compartiendo piso o regresando con los padres a edades impropias, alquilando habitaciones que un día tampoco podrán pagar, o viviendo en caravanas, tiendas de campaña y sitios peores. Y todo ello teniendo trabajo y nómina, no quiero pensar dónde acabarán viviendo otros en peor situación económica. En un cementerio, por ejemplo.

Será también por el gas que nos pican los ojos y nos arde la garganta, no de pena sino de coraje, cuando leemos y oímos todo lo que ayer mismo se decía sobre la propia Maricarmen pocas horas después de desahuciada: “quería vivir en el Retiro por 500 euros, así yo también”, “no era precisamente una pobrecita”, “anda que no habrá ahorrado en tantos años de alquiler barato”, “la señora no quería irse a una residencia”, “la izquierda instrumentalizando el dolor”, “mucha pena, pero qué pasa con el derecho a la propiedad privada”, “ahora algunos echan de menos las leyes franquistas”, “en qué casoplones vive esa izquierda que se indigna tanto”, “utilizan a Maricarmen para tapar Ceuta”… Y todo esto en medios y tertulias habituales, no hablo de redes sociales. Viendo la miseria e impiedad de algunos, es cuando además de lágrimas y asfixia, me puede el asco. Será también por el gas pimienta ambiental.

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