La alta velocidad como error (humano)
Por supuesto que el terrible accidente de Urda fue un error humano. Si hay error, solo puede ser humano, no hay errores de la naturaleza, ni sobrenaturales, pero tampoco tecnológicos. Las máquinas no se equivocan, ni siquiera la IA; somos los humanos que las diseñamos, programamos, mantenemos o les damos toda la responsabilidad, quienes cometemos errores.
¿De quién fue el error humanísimo en Urda? En primera línea todos apuntamos al controlador, la persona que dio las órdenes equivocadas. Es el error inicial, aunque también podemos considerarlo el error último, si lo pensamos en clave de “cadena de errores”: el controlador yerra porque antes de él fallaron sus superiores, y antes que estos los responsables de diseñar el sistema de seguridad, mantenerlo y dotarlo; y por encima de esos los gobernantes, del actual gobierno y de los anteriores, que habrían errado en decisiones políticas, presupuestarias y de gestión que condujeron a un fallo “inverosímil” que deja 69 muertos, decenas de heridos, viajeros aterrorizados, una sociedad conmocionada y la imagen entera de España por los suelos.
En ese remontarnos en la cadena de errores, algunos querríamos ir incluso más atrás: hasta el error, o si quieren pecado, original: el propio diseño del modelo ferroviario de alta velocidad, hace unos cuarenta años, en tiempos del gobierno de Felipe González. Acompáñenme en este viaje en el tiempo.
Desde su primera formulación en los años ochenta, la alta velocidad en España ha sido un consenso-apisonadora: una política de Estado en la que estaban de acuerdo los grandes partidos, los gobiernos central y autonómicos de todo signo, el poder empresarial, los medios de comunicación, y muchos ciudadanos que dimos por buena la promesa de modernización y riqueza que traería la velocidad. Pero por debajo de ese consenso siempre hubo una importante disidencia social, política y sobre todo ecologista. Voces críticas que nunca entendieron que España metiese en el cajón un ambicioso plan de ferrocarril (que existió, lo elaboró el mismo gobierno de González) basado en la modernización de las infraestructuras existentes, la construcción de otras nuevas, y la “velocidad alta”, que es la dominante en toda Europa; y a cambio optase por generalizar la “alta velocidad” (suenan igual, pero no son lo mismo).
Los aguafiestas de costumbre no se sumaron a la euforia del AVE, pues lo veían insostenible a todos los efectos, con un coste desproporcionado de construcción y una costosísima factura futura de mantenimiento, mientras desvertebraba el país con un modelo radial-madrileño que beneficiaba a las grandes ciudades, a la vez que se abandonaba y desmantelaba el tren convencional. Sus críticas eran inaudibles frente a la promesa irresistible de unir todas-todas-todas las capitales españolas por alta velocidad, y la exigencia populista de hasta el último alcalde para no quedarse fuera del tren del futuro.
A la vuelta de treinta años, no oirás a ningún crítico de entonces exclamar “¡os lo dije!”, cuando bien podrían. La alta velocidad está hoy en crisis, y no solo por los accidentes: si el coste de su construcción era un disparate (miles de kilómetros de viaductos, túneles y desmontes para que el tren no coja curvas ni pendientes en uno de los países más montañosos de Europa), su mantenimiento resulta hoy otro disparate. El verdadero negocio, en esto como en las autovías, fue siempre la construcción, con la que han hecho fortuna nuestras grandes constructoras. Ahora toca mantenerlo, y la metáfora cae sola: es como ese “quiero y no puedo” que se compra un cochazo despampanante y luego no tiene para el seguro, las revisiones y casi ni la gasolina.
Lamentar el tren que pudo ser y no fue, solo conduce a la melancolía. El modelo actual es el que es, y no vamos a desmantelarlo y empezar otra vez de cero, hay que gestionarlo lo mejor posible a futuro. Pero llevamos años presumiendo de ser el segundo país del mundo en kilómetros de alta velocidad, y tal vez deberíamos empezar a preguntarnos por qué somos el segundo país del mundo en kilómetros de alta velocidad. No verlo como un éxito, sino como una anomalía. A ver si encontramos el error. Humano.
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