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No me sale una columna 'de izquierdas'

El ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, Óscar Puente, durante una rueda de prensa, en la sede del Ministerio, a 30 de octubre de 2026, en Madrid (España).
1 de noviembre de 2026 22:07 h

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Un colega, Jordi Amat, me comentó el viernes que estaba preparando su columna para el domingo. Me contaba que estaba terriblemente frustrado, por motivos que desarrollaría después en su texto. Palabras suyas: “El Ejecutivo que salió de las urnas de 2023 debía responder a una urgencia digamos democrática: actuar con inteligencia y eficiencia para aminorar las posibilidades de que los jinetes reconquistadores de Abascal acabaran sentados con la motosierra en la mesa del Consejo de Ministros. Y este objetivo no se ha cumplido. No ha sido tanto la corrupción, que bueno. Lo que la izquierda no podía permitirse era que la ciudadanía perdiese la confianza en el Estado. Y Paiporta, Adamuz, Ceuta y Urda.” He echado un ojo a los comentarios y reacciones que generó su texto: desde quienes entienden el sentimiento, y lo comparten, a quienes lo acusan de favorecer un Gobierno PP-Vox, casi de ser propaganda derechista. Me interesa en particular este segundo parecer.

Quizá es cosa de mi entorno o del enrarecimiento particular de las expectativas políticas en mi ambiente, pero escasamente he visto una distancia tan grande entre la opinión pública, o publicada, y lo que luego cada uno expresa en privado. Quiero que se me entienda: aprecio cómo, una vez se nos identifica como “progresistas”, presunta o supuestamente, tendemos a ejercer una curiosa autocensura progresista. Lo que pensemos, critiquemos, valoremos o consideremos queda supeditado al cálculo de si pensar, criticar, valorar o considerar beneficiará, aunque sea lateralmente, a la izquierda o a la derecha. No importa cuáles sean las bases de una argumentación, si esta es sólida o endeble: importa quién la diga y quién sea de una idea su portavoz oficial. 

Es una derivada, en el fondo, de la idea del “lado correcto de la historia”: se deriva que quienes están del lado correcto, meramente por el hecho de estarlo, no pueden equivocarse. Coincidir en una opinión, parecer, razonamiento o juicio con el lado equivocado de la historia, incorrecto, con las fuerzas del mal: ¡ay de quien ose tal pecado!

En mis ideas, como trato de dejar claro cada lunes, se refleja una visión del mundo bastante identificable con lo que llamamos “progresismo”: creo en la justicia social, en la subordinación de la riqueza al interés general, en la igualdad y necesidad de erradicar estructuras opresivas, en la diversidad del mundo, en la necesidad de combatir la crisis climática, llamar genocidio a lo que ocurre en Gaza, etcétera. Pero no me salía hoy, pensaba, al ponerme a escribir, redactar una columna “de izquierdas”. No me sale ponerme a pensar en qué puede hacer el Ejecutivo para salir del laberinto en el que se ha metido el propio Ejecutivo, ni me sale alentar buenos ánimos o expectativas felices. Como mucha otra gente, ante lo de Urda, estoy incrédula y con poco ímpetu para defender a los que, supuestamente, presuntamente, habrían de ser “los míos”. Ni qué decir tiene que tampoco tengo confianza alguna en “los otros”; un gobierno PP-Vox que aplicara el plan fiscal de estos últimos no hallaría dinero para una reforma del sistema ferroviario ni sacándolo del bolsillo mágico de Doraemon.

Contra muchas cosas que he leído, pero en sintonía con lo que preguntando a gente he escuchado, me ha parecido esta semana sensata y valiente la posición expresada por José Ignacio García o Ada Colau, dirigentes políticos que han pedido la dimisión del ministro Puente tras el segundo accidente en alta velocidad española en menos de un año. Me ha producido no poco alivio hallar posiciones que me parezcan coherentes y me permitan señalar ejemplos sin sentir vergüenza. Sé que por esa posición muchos se les han lanzado a la yugular, o criticado que “ahora no toca”. Me parece un ejemplo de lo que antes decía, la idea de que no se puede decir algo por si ese algo puede tener efectos negativos para “la izquierda”; peor aún, pues casi implica que se puede pensar, pero no decir, o sea, que se exige autocensura progresista. Quienes no la ejercieran, pues, serían tontos útiles del fascismo. ¿De verdad?

No insinúo con esto que no se pueda discrepar, y discrepar de forma pública, beligerante, con planteamientos como el que acabo de esbozar, o como el que citaba para abrir este artículo. Nadie que escriba opinión o cuente con una columna es un pobrecito. Las opiniones de quienes tenemos altavoz, por contingencia, azar, capricho o faena, pesan e implican también responsabilidades. Yo defenderé a muerte el derecho de mis lectores a llamarme tonta útil si así lo consideran. El problema, a mi parecer, es más grave. Me pregunto otra cosa: ¿cuánto hemos dejado pasar, quienes escribimos y hacemos, quienes hemos intervenido en política o en tertulias, en ejercicio de esa autocensura progresista? ¿Cuánto ha contribuido esa autocensura a que en el campo de la izquierda estemos hoy como estamos? ¿Cuántas cosas habrían podido ir un poco mejor si mucha gente no se hubiera callado por el camino? ¿Cuánta responsabilidad tenemos hoy, por omisión, en ese ascenso derechista, pavimentado con nuestro silencio y buenas intenciones, como el camino a los infiernos?

Solo sé, siguiendo con eso, que si un ministro del Partido Popular hubiera gobernado durante dos accidentes mortales inauditos en un plazo inverosímil, por más que las causas de ambos sean distintas, por más, incluso, que ninguna responsabilidad directa pueda imputársele al ministro, vería razonable que se pidiera su dimisión cada día. Creo, de hecho, que el actual ministro de Transportes pediría beligerantemente la dimisión de cualquier ministro del Partido Popular que hubiera supervisado algo similar a lo que ha supervisado él. No estoy dispuesta a vender la honestidad con mis lectores que implica pensar eso y decirlo en vez de fingir que pienso otra cosa. No puedo, de buena fe, escribir hoy una columna “de izquierdas”; mas, curiosamente, lo que más de izquierdas me parece, ante eso, es señalarlo e interrogarlo, quizá la única forma de construir algo más sano, menos dirigido al fracaso.

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