¿Has fracasado? ¿Has pensado en irte?
Nadie está o debería de estar en política para dar pena. Este sábado quedé con una amiga que había estado fuera dos semanas, en Santander, y aproveché para preguntarle cómo había visto ella todo el culebrón de las izquierdas. Mi amiga, que es una persona con conciencia social, informada, en absoluto ajena a la política, me dijo que estaba tan enfadada con todos y le parecía el desenlace tan indignante que ahora mismo se planteaba la abstención, directamente no votar. Otras cosas que he oído estos días: a mí me da igual la democracia liberal corrupta, etcétera. El sentimiento general es que quienes hacen Política, en mayúscula, desde la izquierda, se han comportado como unos niñatos o como unos irresponsables, pensando más en su sillón que en su país. Es una crisis de confianza absoluta.
Yo tengo mis propios pareceres y bastante claro a estas alturas de la película a quién voy a votar en las elecciones. Pero un ratito después, tomando algo, me crucé con varios grupos de personas que, por libros o por tertulias, por lo que sea, me reconocieron, y me preguntaron, en mitad de conversaciones que estaban teniendo sobre la división o el voto útil: ¿a quién votamos? Como ya no tengo carnet de partido ni coordino nada de las campañas, mi respuesta más sincera era muy sencilla: a la opción que más te apetezca, vota a quien quieras. El problema es que, al tiempo que se da en la opinión pública como virtualmente inevitable el ascenso de la extrema derecha a las instituciones, al electorado de izquierdas de este país no le apetece exactamente votar a nadie, no hay ahora mismo muchas ganas, y esto es culpa, por encima de cualquier otra cosa, por encima del balance de lo que se ha hecho o no hecho desde el Gobierno o en el Congreso, del bochorno de este mes.
Quien sufre ese fracaso y sus consecuencias es la gente en la calle, no los políticos. Por eso se aumentó un poquito mi sensación de bochorno cuando oí a Gabriel Rufián, en un canutazo, ante un micrófono, decir que él había fracasado, que todos habían fracasado, y que más o menos todos los días se planteaba irse y tirar la toalla ante su fracaso. ¿Has fracasado? ¿Has pensado en irte? Bueno, pues vete. Desde el principio de la pequeña gira que hizo Rufián, me preocupó mucho que sus intenciones no fueran más allá, como dejaba claro su discurso sobre cómo solo Esquerra tenía que presentarte en Catalunya, de negociar una mejor posición para él o para su partido. No dudo de que había sinceridad en su preocupación por el fascismo, y nos fusilarán juntos y no por separado, y tal, y tal; sí me inquietó que se dejara querer en un momento en el que la ciudadanía progresista percibía un vacío de liderazgo absoluto y él emergía como candidatable virtual.
No hallo explicación a dejarse querer así que no pase por la vanidad o el ego, si uno jamás ha estado dispuesto a encabezar una candidatura estatal, y todo indica que Rufián no ha estado dispuesto. ¿Por qué jugar irresponsablemente con las ilusiones de la gente cuando piensas que en la piscina no hay agua y no concibes jamás lanzarte? Mi amiga, la del principio, me decía: era una entelequia que no tenía ningún sentido, un político independentista jamás iba a liderar al conjunto de las izquierdas en el Estado.
Era entelequia, claro, pero de ilusiones se vive y se muere; jugar con esa entelequia a la vista de todos ya directamente es dejar a la gente con la sensación de una estafa. Y Rufián sigue siendo un buen político, un buen orador, al cual, me temo, esta jugada va a perseguir el resto de su carrera política; entre otras cosas, por prestarse para dificultar un acuerdo estatal en el que estuviera Podemos, queriendo liquidar a los Comunes. Acuerdo que, por otra parte, tampoco tengo muy claro que la dirección estatal de Podemos valorara nunca rematar de verdad; y entiendo perfectamente el bochorno producido, la primera semana tras la convocatoria electoral, por las diversas filtraciones y embrollos en los que se metió bastante gente del Frente Amplio, entre negociaciones a cielo descubierto que se acercaban mucho al ejercicio del ridículo.
Es tratar a la gente como tonta cuando la gente, la verdad, no es tonta; y la gente, encima, se harta de oír discursos sobre lo que la gente quiere, lo que la gente pide, más aún cuando, en las circunstancias actuales, lo que la gente pide, por encima de todo, es que los políticos a los que tiene que votar no den vergüenza. Quizá quien menos vergüenza haya dado estos días, y más genuinamente haya creído hasta el final en un acuerdo, sea Ada Colau; que cada cual juzgue cómo cada uno ha gestionado esta acumulación de descrédito, perfectamente capaz de arrasar con toda una generación de políticos a los que quizá se les vaya acabando el tiempo.
Puedo sonar cabreada, y en parte un poco: la irresponsabilidad política me cabrea y me parece indignante; en el fondo, no tanto, y para explicarlo he de volver a la pregunta que de Rufián retomaba. ¿Has fracasado? ¿Has pensado en irte? Da igual. No importa porque, muchas veces, uno no se va de la política, sino que a uno lo retiran, y es la ciudadanía la que tiene una oportunidad estupenda, el 29 de noviembre, para valorar con su voto cuál es la responsabilidad de unos y otros en el desaguisado.
Me interesa poquísimo lo que las cúpulas de los partidos tengan que decir sobre quién ha fracasado o tenido la culpa, quién hizo qué y cuándo. Como con mi voto, tengo mi opinión al respecto; mi opinión particular tampoco me interesa tanto como el veredicto colectivo. Las elecciones se ganan si la ciudadanía se moviliza para votar, le apetezca o no, como se ha movilizado en las acampadas, como se moviliza en todo el país, como se movilizará la ciudadanía estadounidense en unas semanas. Lo único interesante por medir es si hay la suficiente demanda; ante eso, me da más igual que buena parte de la izquierda sea vergonzante. Más allá del enfado y la decepción, el sábado, en realidad, me desperté positiva, con buen ánimo, al menos ánimo de justicia. Tengo la intuición de que el votante, que hoy más que nunca es mejor que su clase política, castigará la irresponsabilidad y premiará a quienes sepan manejar la campaña con algo de decencia. Se supone que una escribe columnas para emitir juicios individuales: pues bien; en este caso, suspendo mi juicio individual, a la espera de ese gran juicio colectivo. Hagan lo que tengan que hacer. Feliz precampaña, buenos días, buenas noches.
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