Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.

El renacimiento de Lula da Silva, el sindicalista guerrero 'encantador de serpientes'

Imagen de archivo de Lula da Silva junto a colegas metalúrgicos tras un mitin sindical en 1979.

Bernardo Gutiérrez

Río de Janeiro —
8 de noviembre de 2026 21:36 h

0

El 7 de abril de 2017, antes de entrar en prisión, Luiz Inácio Lula da Silva pronunció uno de sus discursos más emotivos.Micrófono en mano, sin guion, soltaba frases de aroma legendario para la multitud que acudió a despedirle a São Bernardo de Campo (área metropolitana de São Paulo), donde forjó su carrera sindical: “Ya no soy un ser humano, soy una idea. Mis ideas ya están en el aire y nadie podrá acabar con ellas. Ahora vosotros sois millones de Lulas”. Continuó dibujando metáforas emocionales: “Los poderosos pueden matar una, dos o tres rosas, pero jamás conseguirán detener la llegada de la primavera”.

Unas horas después, Lula se entregó y fue conducido a la Superintendencia de la Policía Federal (PF) de Curitiba. Teniendo el exilio a mano, Lula optó por la cárcel. Tuvo una intuición: si dejaba el país, no volvería a gobernar. Enclaustrado en su celda de 15 metros, Lula se refugió en los libros. Devoró biografías. Ensayos clásicos sobre Brasil y América Latina. Novelas pendientes. Entre lecturas y visitas de líderes políticos y sociales, Lula conoció a la socióloga Rosângelada Silva, Janja, su actual esposa, primera dama de Brasil. A su lado, se reinventaría a partir de entonces.

Poco a poco, las irregularidades del proceso judicial fueron aflorando. En junio de 2019, The Intercept Brasil reveló que el juez Sérgio Moro que encerró a Lula no fue imparcial: tenía un grupo de Telegram con el fiscal y el abogado de la acusación. El 7 de noviembre de 2019, el Supremo Tribunal Federal (STF) consideró ilegal la prisión de Lula. Un día después, Lula fue liberado. El STF acabaría corroborando que Sérgio Moro no tenía competencia para juzgar a Lula. “Casi fui enterrado vivo. Pensaban que me habían matado”, aseguró Lula, el resucitado, unas horas después de ganar la segunda vuelta de las elecciones en 2022, al lado de Janja.

Durante la campaña electoral de 2026, la frase “jamás conseguirán detener la llegada de la primavera” flotó sobre las redes y las calles. No haberse exiliado en 2017 mostró haber sido un acierto. Tras la huida de Flávio Bolsonaro, Lula consumó una venganza involuntaria con un giro de guion: “Este acto de salir de Brasil es vergonzoso. Yo decidí entregarme a la policía porque quería desenmascarar a mis acusadores y probar mi inocencia. Quien nada debe, nada teme”. Tras la contundente victoria de 2026, Lula se reinventa de nuevo mirando al futuro. Como si el nudo que le asfixiaba desde marzo de 2016, cuando Sérgio Moro empezó a perseguirle, se hubiera desamarrado para siempre. La “idea Lula” ha adquirido otra dimensión. “Lula es más que un hombre, más que una biografía, más que una interminable trayectoria política. Quien se lanzó a una remontada imposible sabía que luchaba por algo mayor, incorpóreo, etéreo, indefinible. Lula es un nuevo símbolo de la lucha contra la extrema derecha del mundo”, escribe el novelista Julian Fuks.

Crecer en la adversidad

El discurso que precedió a la entrada en prisión de Lula ocurrió después de la misa en homenaje a Marisa Letícia, su fallecida esposa. A Lula, el luto le fortaleció. Como ocurrió cuando murió María Lourdes, su primera esposa en 1971. Los 580 días que pasó en prisión le fortalecieron. “Lula es muy fuerte y siempre tiene el pie en el suelo. Su prisión fue una fase muy dura. Pero acabó superando todas las dificultades”, afirmaba a elDiario.es antes de la primera vuelta de las elecciones Natal Cassemiro, líder sindical y amigo de Lula, en São Bernardo do Campo.

"Lula paraba fábricas, pero también huelgas cuando eso arruinaba a la empresa. Ese estilo le llevó a Brasilia"

Djauma de Souxa — compañero de trabajo de Lula

Desde niño, Lula se creció en las dificultades. Apenas tiene recuerdos de su padre, un hombre analfabeto que maltrataba a su madre, Eurídice Ferreira de Melo, Dona Lindú. Tras ser abandonada con sus ocho hijos, Dona Lindú emprendió en 1952 un viaje épico de más de 2500 kilómetros desde Caetés (interior de Pernambuco) hasta Guarujá, en el litoral de São Paulo. Durante 13 días, Lula, con siete años, viajó apelotonado en un pau-de-arara (camión de carga adaptado para pasajeros). En 1956, Lula se mudó a Vila Carioca, una favela de São Paulo, donde trabajó como limpiabotas, vendedor de fruta y chico de los recados. Como explica Leonardo Díaz en la biografía Lula, era un niño introvertido, “que hablaba poco, pero que destacaba como un verdadero líder jugando al fútbol”. En aquellas pachangas de fútbol Lula dejó ver su carácter determinado y luchador.

En 1963, consiguió un título de tornero mecánico, una profesión que cambiaría su vida y le llegó de orgullo, como confesó a Fernando Morais, autor de Lula. La biografía. En 1964, cuando trabajaba para Metalúrgica Independência, Lula perdió el dedo meñique de la mano izquierda. Pasó algunos años con complejos, escondiendo su mano en el bolsillo. No imaginaba entonces que 62 años después, el candidato presidencial Flávio Bolsonaro intentaría ridiculizarle en un debate televisivo al llamarle “nuevos dedos”. Mucho menos que su réplica dejaría a su adversario contra las cuerdas: “Si hay alguien que sabe lo que es el mundo del trabajo, ese soy yo, perdí el dedo trabajando por la noche, con 17 años. No voy a aceptar que un pijo con una práctica política muy dudosa me llame nueve dedos”.

El encantador de serpientes

En 1966, Lula empezó a trabajar en Indústrias Villares, una empresa metalúrgica de São Bernardo do Campo. Tras afiliarse al Sindicato de Metalúrgicos de São Bernardo do Campo y Diadema en 1968 adquirió, en sus propias palabras, “un mínimo de conciencia de clase”. La biografía de Fernando Morais revela que Lula, en sus comienzos en el sindicato, era tan tímido que se enrojecía cuando citaban su nombre. Su aproximación conciliadora en las negociaciones le hizo ganar puntos. Y por inercia, tras estudiar oratoria, se convirtió en presidente del sindicato en 1975. Su legado fue incontestable: consiguió aumentos de salarios y mejoras de las condiciones laborales nunca vistas.

En 1979, en el estado Vila Euclides de São Bernardo do Campo, donde arrancó la campaña de 2026, Lula pronunció un discurso sin micrófono para 80.000 personas. Su voz, repetida por los presentes, llegaba a todos los rincones del estadio. Lula defendía la necesidad de las huelgas de los metalúrgicos que arrancaron en 1978 y se prolongarían hasta 1980. Mientras la justicia de la dictadura decretaba la ilegalidad de las huelgas y detuvo a Lula durante 31 días, su carisma crecía gracias a una retórica seductora y el portugués simple de las clases humildes.

Lula da Silva durante un acto de campaña previo a la segunda vuelta electoral del pasado 25 de octubre.

Djauma de Souxa, compañero de trabajo de Lula, me contó en 2010 que Lula se llevaba bien con todos:“Paraba fábricas, pero también huelgas cuando eso arruinaba la empresa. Ese estilo le llevó a Brasilia”. Nelson Campagnolo, compañero de Lula en el sindicato entre 1969 y 1980, le describe como un encantador de serpientes. “Ya escuché a gente de derecha decir que salieron de una reunión con Lula y que después de escucharle, se sorprendieron dándole la razón”, confesaba Campagnolo elDiario.es en una sala del Sindicato de Metalúrgicos del ABC, días antes de la primera vuelta de 2026.

La habilidad de diálogo de Lula tiene uno de sus pilares en su capacidad de escucha. Cuando estallaron las revueltas del Movimento Passe Livre (MPL) en junio de 2013, la cúpula del Partido dos Trabalhadores (PT) no entendía por qué los actores sociales clásicos no estaban encontrando su lugar en las protestas. Durante aquellos días convulsos, Lula organizó encuentros en el Instituto Lula con activistas. Pedía diagnósticos, escuchaba atentamente. “La cúpula del PT no ha entendido las nuevas formas de hacer política. Lula sí, se deja permear”, decía a elDiario.es justo antes de las elecciones de 2022 Áurea Carolina, exdiputada por el Partido Socialismo e Liberdade (PSOL).

Durante la segunda vuelta de 2026, Lula dejó aflorar su capacidad de escucha. Pidió cambiar la campaña de cabo a rabo. Se dejó aconsejar por la joven diputada e influencer Ana Elisa Santos, de 21 años. Abrazó con entusiasmo el Ejército de Lula en WhatsApp, abierto por el diputado André Janones, que cuenta con más de diez millones de inscritos. “Necesitamos escuchar a la gente. En todos estos años, todo lo que aprendí fue escuchando al pueblo”, aseguró Lula en la emisión en directo que realizó con André Janones el jueves.

De cualquier manera, la relación del próximo gobierno con la sociedad civil es una incógnita. Si Lula despliega la escucha, el PT no es tan flexible. “El PT ha tenido una relación ambigua con las movilizaciones de calle y movimientos sociales desde que Lula ganó en 2002. El gobierno del PT tiene una gran dificultad en aceptar el papel de las movilizaciones que no puede influir”, asegura a elDiario.es el sociólogo José Henrique Bortoluci. De hecho, a partir de 2017, el PT cambió su narrativa sobre las protestas de 2013, a quienes empezó a acusar de haber propiciado la llegada al poder de Jair Bolsonaro.

Conciliación

Desde el 10 de febrero de 1980, fecha oficial de la fundación del PT, la figura de Lula se confunde con el partido. En 1984, Lula fue una de las figuras del movimiento Diretas Já!, que demandaba a la dictadura la convocatoria de elecciones. En 1986, Lula se convirtió en el diputado más votado. En el congreso, chocó con la élite política con su estilo bronco y guerrero. Como miembro de la Asamblea Nacional Constituyente de 1987, que preparaba la constitución del país, se frustró. No consiguió, entre otras cosas, la reducción de la jornada laboral de 44 a 40 horas. Votó en contra de la Constitución de 1988, aunque la firmó.

En 1989, Lula perdió las elecciones como candidato del Frente Brasil Popular contra Fernando Collor. Su programa, que incluía la condonación de la deuda externa y la reforma agraria, colocó a las élites mediáticas y económicas en su contra. Lula volvió a perder las elecciones en 1994 y 1998, contra Fernando Henrique Cardoso. Para la contienda electoral de 2002, Lula dio un giro a su imagen. Lanzó la conciliadora Carta ao povo brasileiro: “Brasil quiere cambiar para crecer, incluir, pacificar”. El lema Lulinha, paz e amor caló profundamente. Y Lula, el ex sindicalista guerrero que empezó a usar corbata, conquistó la presidencia de Brasil.

De característica personal de Lula, la conciliação pasó a ser el principal vector político de los dos primeros mandatos de Lula (2003-2010). Gobernó para conciliar. De los movimientos sociales más izquierdistas al empresariado, pasando por partidos de centro e incluso de derecha, Lula se convirtió en el epicentro de la conciliação. Lula pactó con sindicatos y con viejos oligarcas. Se entendió con viejos aliados de luchas (como el Movimento dos Trabalhadores Rurais Sem Terra, MST) y con el agronegocio. Con los intelectuales y con las iglesias. Puso en marcha los programas como el Bolsa Família, Luz para todos o el Minha casa, minha vida y políticas públicas afirmativas (cotas raciales en las universidades), al mismo tiempo que apoyaba a las grandes empresas privadas brasileñas. Lula dejó la presidencia en 2010 con un 87% de aprobación.

Ficha policial de Lula da Silva en 1980.

Tras pasar 580 días en su celda de Curitiba, Lula salió a la calle con una imagen distanciada del Lulinha, paz e amor. La encerrona de la polarización con Bolsonaro trajo de vuelta al Lula opositor de discursos duros e identidad roja. Y Bolsonaro atizó y fustigó a ese Lula del pasado que no ganaba elecciones. Aún así, pesó el know how del encantador de serpientes: atrajo a su archienemigo conservador Geraldo Alckmin para ser su candidato a vicepresidente en las elecciones de 2022. La nueva reinvención funcionó y derrotó a Jair Bolsonaro.

Durante su tercer mandato, Lula se vio obligado a lidiar con el Congreso y Senado más conservadores de la historia. El Lula conciliador acomodó a partidos conservadores en su gobierno, pero sacrificó el diálogo con la sociedad civil. “Lula y su entorno se aislaron, generando una gran insatisfacción en amplios sectores progresistas. Tampoco consiguieron atraer a los jóvenes interesados en política”, matiza José Henrique Bortoluci. Por su parte, Ricardo Poppi, investigador del LabLivre de la Universidad de Brasilia (UNB), que define la infraestructura digital de la plataforma Brasil Participativo del gobierno, asegura a elDiario.es que Lula ha lanzado una “promesa” de conexión directa con las personas. “El pueblo va a participar de las decisiones más importantes de mi gobierno”, aseguró Lula en el directo del pasado jueves.

Ricardo Poppi reconoce que la infraestructura pública digital de participación ya existente “representa una oportunidad para el propio Gobierno de ir más allá de las redes sociales, que son el territorio del enemigo”. La antropóloga Kátia Sento Sé Mello, profesora de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ), apunta a otras direcciones que han emanado de la movilización:“El cuarto mandato de Lula necesita recuperar una dimensión fundamental de la política: su capacidad de producir experiencias compartidas, en las cuales las personas puedan no apenas reivindicar derechos, sino también participar en la construcción de sentidos de la vida colectiva”.

Sin embargo, el gran dilema del nuevo Gobierno Lula va más allá de la participación. Tiene que ver con la propia agenda política. Con reformas pendientes. Con políticas aparcadas en 2002. “El Gobierno solo conseguirá avanzar su agenda con amplio apoyo popular y movilizaciones en las calles e Internet”, afirma José Henrique Bortoluci. El propio método de la conciliación está en entredicho. “Las elecciones dejaron un recado duro para la conciliación como horizonte permanente. La disposición a enfrentar, asumir posiciones y convocar a la sociedad encontraron una energía que el movimiento continuo de escorarse hacia el centro político venía desperdiciando”, escribe el periodista Rodrigo Savazoni.

Perspectivas

Lula tiene una personalidad que oscila de la afabilidad a la ira. Su determinación (“que todos los brasileños desayunen, coman y cenen”) se convierte a veces en temeridad. Su autoestima, en soberbia. Su perseverancia, en testarudez. Cuando en 2016 fue llamado a declarar por la operación Lava Jato que acabaría encarcelándole, Lula se lanzó a la guerra.“Si querían matar a la jararaca, no la golpearon en la cabeza, sino en el rabo”, afirmó, haciendo referencia a una serpiente venenosa.

Lula representa bien a las clases populares: “Cuando él habla en la televisión, la gente pobre lo identifica como uno de ellos”, escribe Fernando Morais. Sin embargo, las élites continúan despreciando al tornero mecánico sin título universitario. En la última emisión en directo, Lula recordó que entre 1993 y 1996 participó en las Caravanas de Ciudadanía que le llevaron a recorrer 395 ciudades en coche, autobús, barco, tren y avión.“Conocí las entrañas de Brasil y el pensamiento del pueblo. Fue un aprendizaje histórico que yo ciertamente no aprendería en la universidad”, enfatizó. Es innegable que Lula escucha a todo el mundo. También hace lo que quiere. Confía más en su olfato, en su intuición, en su inteligencia emocional, que en los consejos de los expertos, como confesaba a este periodista Ricardo Kotscho, amigo personal de Lula, hace unos años.

Ya no soy un ser humano, soy una idea. Mis ideas ya están en el aire y nadie podrá acabar con ellas. Ahora vosotros sois millones de Lulas. Los poderosos pueden matar una, dos o tres rosas, pero jamás conseguirán detener la llegada de la primavera

Lula da Silva — discurso antes de su encarcelamiento

Tras la épica remontada, las élites continúan exigiendo a Lula –al niño pobre, al trabajador de fábrica, al líder sindical– lo mismo que en 2002: ajuste fiscal. En 2027, Lula seguirá defendiendo su gran intuición económica: “Mucho dinero en la mano de pocos es pobreza y poco dinero en la mano de muchos es riqueza”. Y no está solo. El economista André Lara Resende, autor del plan real de 1994 que sacó a Brasil de la hiperinflación, acaba de publicar un artículo defendiendo el gasto público: “Acuso a los medios de repetir, sin análisis, que el problema está en el gasto primario, cuando en realidad está en los tipos de interés”. La autonomía formal del Banco Central, transformada en ley durante el gobierno de Jair Bolsonaro, dificulta la reducción de los tipos de interés (actualmente al 13,75%).

Bruno de Conti, profesor del Instituto de Economía de la Universidad de Campinas (Unicamp), asegura a elDiario.es que la derecha y el mercado van a presionar a Lula. No obstante, cree que Lula resistirá el envite. “No hay nada más racional que tasar a los más ricos para permitir que el Estado funcione con los programas sociales”, asegura Conti.

La pelota está en el tejado de Lula. A partir del 5 de enero de 2027, cuando asuma su nuevo mandato, va a tener que demostrar si va a cambiar la forma de gobernar. Si va a atreverse a rescatar promesas de su programa de electoral de 1989. Si la reforma agraria va a ejecutarse finalmente. El vacío político dejado por la huida de Flávio Bolsonaro abre una ventana de oportunidad. Lula no solo tendrá que lidiar con presiones, sino también con sus propias contradicciones. “El gobierno Lula tuvo resultados significativos en la reducción de la deforestación y en la protección de los pueblos indígenas. Al mismo tiempo, el apoyo a las nuevas fronteras petrolíferas expone contradicciones que precisarán ser enfrentadas para que Brasil consiga cumplir sus metas de reducción de emisiones”, asegura a elDiario.es, Maiara Folly, directora ejecutiva de la Plataforma CIPÓ.

De momento, Lula ya ha mandado señales. Inicialmente, está entregándose a su intuición. El superviviente, el fortalecido insurrecto, al contrario que la campaña de la primera vuelta que ensalzaba su historia, prefiere mirar al futuro. Está viviendo ya una nueva reinvención. De momento, se ha comprometido a gobernar a golpe de directos: “Voy a utilizar más las redes digitales para hablar con el pueblo. No voy a permitir más que la prensa interprete lo que digo”.

Etiquetas
stats