Lee Chang-Dong: “El cine suele consumir a las personas como simple material, incluso las explota”
El cine siempre ha vivido en la contradicción. Desde aquella imagen fundacional de los trabajadores saliendo de la fábrica, la fricción entre quienes cuentan las historias y quienes las habitan está presente. En aquellos pocos segundos de imagen, eran sus jefes, los hermanos Lumière, los que decidieron usar a sus obreros como la materia prima de una de sus primeras creaciones. Aquella jerarquía ha persistido hasta la actualidad e incluso se ha acentuado con el alto precio de las escuelas de cine a las que pertenecen un gran porcentaje de los directores.
Cuando suele manifestarse de forma más evidente es en el cine social. ¿Puede un director de una clase alta retratar de forma honesta y sin paternalismos a la clase obrera? ¿Hay un regodeo en el miserabilismo y la desgracia de quienes no conocen de primera mano esa realidad? Las dudas siempre están ahí. Eso no quiere decir que un director no pueda contar historias que no correspondan a su estatus, pero sí que debe pensar bien en cómo lo hace, en la ética de las imágenes. Eso que tan bien resume la frase atribuida a Godard sobre la puesta en escena: “Un travelling es una cuestión moral”.
Uno de los cineastas que mejor ha entendido todo eso es el coreano Lee Chang-Dong (que además de director escribe poesía y fue ministro de Cultura de Corea del Sur). La clase ha atravesado todos sus trabajos. Cómo enfrentaban los ricos el crimen que habían cometido sus hijos en la magistral Poetry no tenía nada que ver con cómo lo hacía aquella abuela que perdía la memoria. La clase anidaba en el triángulo amoroso de Burning, su soberbia adaptación de Murakami. Lo que antes estaba en su núcleo, palpitando, ahora se ha convertido en el centro de la historia en su nueva película, Un amor posible, León de Plata en el Festival de Venecia y una de las mejores películas del año.
En ella, el cineasta cuenta la historia de una documentalista que está haciendo una película sobre una huelga de trabajadores que acabó en una violenta carga policial. Con sus mejores intenciones, la cineasta entablará una relación con la mujer de una de las víctimas. La película se plantea, desde su título, si esa relación de amor fraternal o amistoso es posible cuando hay una separación de clase enorme, y cuando una autora lo que quiere es sacar el mejor material posible. ¿Hay honestidad cuando todo se construye en torno a una explotación comercial, aunque sea en forma de cine de denuncia social? La directora vampira irá chupando poco a poco la sangre de esos trabajadores que dejaron su cuerpo en la calle mientras su marido se dedicaba a comprar empresas.
Es una película inteligente, sutil, llena de capas y con una puesta en escena que nunca cae en lo que denuncia. Para realizarla han pasado ocho años. Desde 2018, cuando estrenó Burning, no había rodado ningún largometraje, unos tiempos a los que son habituales para él, pero que también dejan claro el cuidado con el que elabora cada obra. En el caso de Un amor posible la idea nació antes de su anterior filme, cuando una gran empresa coreana realizó una ola de despidos masivos que provocó una huelga que fue reprimida por el Estado. “Fue un impacto enorme para la sociedad coreana; yo mismo quedé profundamente conmocionado”, recuerda.
Se puso a escribir el guion, pero no le convencía del todo. “No lograba encontrar la convicción necesaria para responder a ciertas preguntas: ¿qué significa abordar esto en un largometraje de ficción en lugar de hacerlo en formato documental? ¿Y hasta qué punto puedo ser honesto al narrar esta historia? Al no poder responder a estas cuestiones con plena convicción, decidí detener el proceso y dejar el proyecto en suspenso”, cuenta el director a elDiario.es.
A veces actuamos como vampiros que codician esas experiencias. Por eso, la ética detrás de la cámara es algo que todos debemos tener presente
En 2024 fue cuando tuvo la idea de “incorporar la mirada y la perspectiva de un documentalista a la trama”. “Fue entonces cuando sentí que esta también podía ser una historia que yo mismo debía contar, aportando mi propia actitud, mi mirada y mi ética como la persona que sostiene la cámara. Al adoptar esa estructura narrativa, el proyecto cobró vida de nuevo, porque sentí que, efectivamente, era una historia que me correspondía contar a mí”, justifica.
Para el cineasta, ese dilema no es solo el de su personaje, “sino el de cualquiera que sostenga una cámara”. “Esa es, en esencia, nuestra naturaleza cuando nos enfrentamos al dolor y al drama ajenos: a veces actuamos como vampiros que codician esas experiencias. Por eso, la ética detrás de la cámara es algo que todos debemos tener presente y sobre lo que debemos reflexionar. En la película, Ye-ji quiere capturar las vidas de trabajadores despedidos, y esa es, precisamente, la naturaleza de su mirada a través de la cámara. Aunque ella intenta querer de forma sincera a sus protagonistas, al mismo tiempo utiliza su dolor; llega incluso a dramatizarlo, provocando que ese sufrimiento se despliegue ante el objetivo”, cuenta sobre su filme.
Por ello cree que ese es el desafío que tienen por delante, no solo los documentalistas, sino “los cineastas en general”. “Cuando se abordan temas como la guerra, las víctimas de la violencia o las minorías, el cine de ficción a menudo consume estas realidades como simple material, llegando incluso a la explotación. Como se trata de ficción, solemos escudarnos en la idea de que es producto de nuestra imaginación, lo que a veces debilita la conciencia ética. En cambio, los documentalistas, al trabajar de manera tan estrecha con personas en sus vidas reales, se enfrentan a cuestiones éticas de una forma mucho más directa”, subraya.
Él procura pensar en la repercusión de la forma de rodar, pero cree que muchas veces “el cine no se detiene en este tipo de cuestiones y simplemente se centra en lo que resulta más dramático, provocador o entretenido”. “Esa es una manera de hacer cine. Sin embargo, creo que, para cineastas como yo, siempre llegan momentos en los que hay que tomar una decisión al respecto. Aunque algunas de estas elecciones puedan parecer decisiones puramente técnicas, considero que, en realidad, tienen mucho que ver con la ‘actitud’ de la cámara. Y es algo en lo que siempre pienso durante todo el proceso de rodaje e incluso a lo largo de la etapa de montaje”, añade.
Si le tocara responder a la pregunta que plantea su película, si ese amor es posible, Lee Chang-Dong no se definiría como “optimista”. “No lo soy con respecto a la división de clases, porque la brecha entre clases solo aumenta con el tiempo. En el pasado, las clases parecían estar adyacentes entre sí, como si fueran pisos diferentes. Ahora no es así, la distancia es tan inmensa… Y no se trata solo de trabajadores que han sido despedidos. Muchas personas hoy en día se sienten muy inseguras acerca de su trabajo y sus empleos. Sienten que ya no se reconoce el valor de su trabajo y hay una sensación de crisis. Eso ha llevado a una gran ira que está consumiendo la vida de muchas personas. En esta época en la que vivimos ¿cómo hacemos para reclamar esa idea del sentido de uno mismo y de nuestra propia identidad?, ¿cómo seguimos luchando para proteger y conservar nuestra dignidad humana? Estas son preguntas en las que quería pensar con el público, por eso hice esta película”, confiesa.
No soy optimista respecto a la división de clases, porque la brecha entre clases solo aumenta con el tiempo
Una de las peculiaridades de Un amor posible es que ha sido producida por Netflix, que ahora la estrena dentro de la plataforma. Un giro sorprendente para un filme del director coreano, famoso por sus tempos pausados que son lo contrario a lo que manda el logaritmo. La compañía salvó el filme en el último minuto. El propio Chang-Dong lo cuenta sin problema. Explica que Netflix ya se había interesado en el filme cuando leyeron el guion, pero que él decidió que no entraran para asegurar el estreno en cines. Cuando hasta el último minuto no lograron la financiación, tomó la decisión de decirles que sí.
Ahora solo tiene palabras de agradecimiento, porque de alguna forma se ha producido gracias a ellos: “Netflix fue muy paciente con nosotros y esperó durante todo el proceso hasta que tomamos la decisión. Desde el primer momento sabía que no habría ningún tipo de interferencia ni obstáculo con respecto a mi proceso creativo. No me dieron ni siquiera una sola nota, de hecho. Así que sentí que mi libertad creativa era plenamente respetada”.
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