Oriol Pla: “Mi casa y mi patria es el teatro”
Oriol Pla lleva siempre en el bolsillo una nariz de payaso. La usa como bola relajante, como objeto con el que tocar tierra y tranquilizarse. Es un elemento que le ancla a sus raíces, a las de una familia formada en el teatro y en el clown que le han hecho amar el teatro y la profesión como si fuera algo sagrado. La llevaba en el bolsillo cuando le dijeron que acababa de ganar el Premio Nacional de Teatro y casi recién levantado de la siesta atendió a la prensa en el pasado Festival de San Sebastián.
Probablemente, la lleva cuando visita la redacción de elDiario.es para hablar de Esta soledad, la ópera prima de Javier Giner, su amigo con quien ya trabajó en la serie Yo, adicto, por la que se convirtió en el primer actor español en ganar el Emmy internacional. Una película sobre cómo la precariedad se cuenta en lo más íntimo y nos hace incapaces de amar, de tener una relación sentimental cuando no hay casi ni un piso donde vivirla.
En ella Oriol Pla vuelve a demostrar que es uno de los mejores actores de su generación. Un terremoto de energía que sabe canalizar para transformarse. Nada tiene que ver su Leo con el personaje de Gula, la obra de teatro donde pone al espectador al límite. Los mismos que él explora, sobre todo encima de unas tablas que siente como hogar.
¿A un amigo le dice usted siempre que sí o es de los que prefieren poner límites?
Depende. Yo basculo mucho. Soy una persona muy curiosa y me gusta conocer todos los rincones, pero es verdad que en la creación artística siempre he aprendido y siempre he estado con amigos o con familia. El proceso es lo único que está en tu mano. Una vez existe la peli a veces piensas que has hecho una mierda y es un éxito. Otras piensas que has hecho una genialidad y nadie la ve. Así que partiendo de ese espacio de amistad y de afinidad artística en lo procesual y en la forma de acercarse a la creación me apetecía un montón trabajar con Marina Salas y con Javi Giner casi sin tener un guion, simplemente por el capital humano. Esa fue la apuesta.
¿Se nota cuando se comparte una forma de trabajar en el resultado final?
Sí. Yo creo que sí. Creo que al menos en lo que es el proceso es guay, porque vas un poquito más allá, como que puedes profundizar un poco más y hay ciertas barreras que desaparecen. Cuando empiezas una relación laboral artística con alguien, como el trabajo es cuerpo a cuerpo, al final hay una cosa de irse conociendo. Con una persona con la que ya has trabajado hay mucho, mucho recorrido.
¿La confianza hace que el trabajo sea más horizontal o siempre hay algo en un rodaje que va a ser vertical, por inercia?
La jerarquía está. Hay trabajos en los que se necesita cierta jerarquía y yo respeto mucho la superioridad moral de ciertas personas, como un director, que tiene la visión de por dónde vas. Yo no voy a decir “esto es por ahí”. No tiene sentido. Sí que hay algo horizontal en que tú tienes voz y quizá tienes algún voto, pero sobre todo tienes voz. Y está bien que sea así, porque alguien tiene que tomar las decisiones. Todo el mundo lo agradece. En este caso Javi tiene muy claro las direcciones que toma, pero hay una fraternidad y una forma de trabajar más horizontal, pero con una jerarquía que ayuda un montón.
¿Qué le tocó de este guion?
Yo soy de procesos muy lentos y me acuerdo que fui a leer el guion a la playa. Hacía tiempo que tenía ganas de leer esa primera versión y había muchas cosas que ya me había contado Javi. Pero creo que lo que me tocó más en ese momento fueron un par de cosas. La primera tiene que ver con Javi y su camino, pensar en qué guay que estuviera yendo hacia un sitio que en ese momento no acababa de ver, que es un sitio nuevo y un poco desconocido. Y luego había muchas cosas que yo podía relacionar con amigos míos, compañeros y gente cercana de mi generación o de mi experiencia.
La película a priori, si lees la sinopsis, parece la historia de una ruptura, pero al final todo lo que atraviesa esas historias es la precariedad, ¿eso se leía ya en el guion?
Sí, hablamos mucho de eso. Es curioso como al final crees que tienes muchas lecturas cuando trabajas y al final te quedas en la que tienes que ejecutar, que es la de tu personaje. Pero es verdad que hablábamos mucho de ese contexto y de cómo son cuerpos atravesados por el cansancio. Es algo que ha tomado un color muy bueno, muy vivo ahora que la gente lo está viendo. Es un marco en el que están los personajes y aun así ese marco está cobrando mucha importancia y es muy bonito porque realmente es eso. Lo que creo que nos toca es pensar que qué pena que en este vivir que tenemos lo emocional, el amor, el desamor, el espacio interior o el vínculo se nos escape porque no tenemos tiempo, porque no tenemos espacios.
Es curioso como el timing de estreno de una película puede hacer que se vea con otros ojos. La película no es la misma incluso después de lo que está pasando con la vivienda y lo que ha pasado con Maricarmen. ¿Cree que es una película atravesada por lo que está pasando en España?
Es así. Ahora es notorio, tenemos el foco ahí y estamos viendo eso. El otro día pasé por la Puerta del Sol y es como una conmoción. Y está pasando en Madrid, pero en toda España ha habido casos como el de Maricarmen. Ahora tenemos la suerte de que todo el mundo lo está viendo. Pero este es el mundo en el que vivimos, la España en la que estamos, la que habitamos o la que alquilamos. Y Javi, al final, creo que he hecho un retrato de algo que está ahí. Es superbonito, y de pronto coge un valor, pero ya lo tenía antes.
Es un cine político que se acerca quizás a lo que hace Mike Leigh que desde lo íntimo muestra las grietas de un sistema que está fallando.
Sí. Toda pieza es política. No podemos escapar de eso. Cuando los personajes están felices y viven en cierto lugar, tú estás decidiendo representar una parte del mundo que, aunque parece laica, blanca, estás haciendo un acto político. No hablar de ciertas cosas, es política. La de esta película quizás es más clara o más reconocible, pero no es demagogia panfletaria. Es el terreno en el que viven, en el que bailan los personajes. Y eso llama la atención en la película.
Ha mencionado que toda obra es política, ahora hay un debate sobre si usar o no el altavoz que tiene un actor, ¿qué opina?
Yo en mis creaciones y en mi forma de trabajar, sobre todo en la parte más íntima, es donde yo expreso mi posición humanista, política o social. Creo que es guay poder hablar desde ahí, porque así es como yo me expreso. Un orador se expresará orando, y yo, escribiendo. Es muy importante que personas públicas, actores o no actores, puedan expresar sus posiciones políticas y ser altavoces. Me pasa también que, como seres vanidosos y egocéntricos que somos, hay algo peligroso en eso que yo me planteo. Porque quizás ya somos protagonistas en muchos sitios. No lo sé del todo, pero obviamente hay un poder mediático y un altavoz que vale la pena también utilizar.
Ha mencionado el ego pero no tiene redes sociales, ¿no le pica leer lo que se dice de usted?
Intento no leer nada, y si no tengo redes es justamente porque sé que soy sensible a eso. De vez en cuando voy al Instagram de familia Travy, que es el espectáculo que dirigí con mi familia y ahí he vivido la máquina succionadora del algoritmo. Además, no miro nada, simplemente me enseña vídeos de cosas y vas entrando ahí… y estoy mal, y me lo quito y ya no estoy tan mal. Hostia, está clarísimo. Es una máquina que no está hecha para mi bien.
¿Está afectando al arte? Ya se dice que las películas se encuadran con todo en el centro para poder poner reels, incluso.
Pero, ¿qué es arte? Claro. Es que si estamos hablando de hacer cosas para que la gente se quede enganchada igual estás haciendo otra cosa increíble y muy válida… Yo vengo del slapstick y del clown y yo, como fricción, prefiero una propuesta artística que me lleve a otro lado. El mercado, de alguna forma, marca unos tempos. Y el arte entra en el mercado. No hemos conseguido que el arte sea un bien común, gratis. Me fui a actuar a Suecia, y el festival de teatro era gratis y estaba el teatro lleno. Esto sería increíble. Pero no, todo está sesgado por su valor mercantil, por lo que genera, pero eso no puede ser la vara de medir de todo.
No pinta bien en ese sentido.
No pinta bien. Pero, ¿y la disidencia? Quizás es más solitaria y esa es la renuncia. Rosalía misma lo dijo hace un tiempo: no puedo seguir el tempo que me pide el mercado para crear música. Lauryn Hill también lo dijo en su momento. Y te entra ansiedad. ¿Debería hacer otro espectáculo o no? Quizá tienes que parar, escuchar y ver y aceptar ese ritmo. Pero claro, cuando nos empujan a que tienes que petarlo, a que tienes que sacar algo… A vosotros os pasa también en el mundo del periodismo con los clics. Y alejarse de eso es difícil.
¿Esa fricción que ha mencionado se materializa en este momento en donde acaba de ganar un premio Emmy internacional y el premio nacional de teatro?, ¿siente que debe aprovechar este momento o necesita parar y no hiperproducir?
Es muy interesante. El otro día, Iván Morales, un amigo y mentor, me cogió de los hombros y me dijo: “Oriol, lo has conseguido. Ya está. Te puedes relajar, puedes disfrutar”. Y dije, hostia es que hace mucho tiempo que sueño con parar. Con generar un espacio vacío para que pueda ser llenado, pero es que primero tienes que tener ese espacio. El otro día me di cuenta de que es que nunca cambio la narrativa. Siempre pienso: “Es un mal momento, hay que apretar”. O si no: “Es un buen momento, hay que apretar ahora”. Siempre hay que apretar, pero podría decir lo contrario: “Es un mal momento, me voy a retirar” o “Es un buen momento, me puedo retirar”. Yo tengo un problema, y es que tengo una forma de ser muy golosa. Siento que la vida se me escapa y que hay que hacer las cosas ya. Pero es verdad que me sienta mal, o no del todo bien.
¿Cómo vivió la explosión de ganar un Emmy internacional?
Sin redes es otra cosa. El recuerdo que tengo es de Nueva York, del hotel, del piso 42. Las entrevistas, y el respeto. En las redes, por ejemplo, había muchos compañeros que compartían con mucho cariño, con mucha alegría porque me lo hubieran dado. Entonces es superbonito, pero creo que mi experiencia es un poco diferente.
También soy lento. A veces estoy en casa, cojo el Emmy y pienso: “Qué loco”. Hay algo de una especie de madurez, de respeto moral… para eso sirven algunos premios. Ahora hay una cierta horizontalidad. A mí me han dicho una vez: “Oriol, no dudamos de tu falta de compromiso, dudamos de tu exceso de compromiso”. Eso se me dijo a los 23 años en una producción y ahora no se me dice eso, se me pregunta si tengo algo que aportar, se me escucha. Y puedo cagarla igual, pero es guay eso.
¿Dice que 'no' a muchos papeles?
Mi proceso de elección lo estoy afinando cada vez más, pero tiene que ver con este centro [se toca el estómago] que cuando algo me apetece y hace ilusión hay una respuesta como sacra y ahí es donde tengo que poner la energía. Y este centro responde a muchas cosas, por ejemplo he participado en la película Citas porque nunca había hecho una comedia romántica. No hago solo esta línea editorial. Obviamente, tengo un gusto, pero soy muy curioso. Cuando en la decisión entra el pensar en el otro, en el qué dirán si digo que no… cuando entra la cabeza, es una liada. Lo que intento es darme tiempo, leer y escuchar mucho. He dicho que no a muchísimas, muchísimas cosas.
¿No le da miedo decir tanto que 'no'? Que digan, ese actor siempre dice que 'no'.
Claro, yo lo he pensado. En teatro, por ejemplo, ya no me llaman. O me llaman muy poco. Porque sí que es verdad que para hacer personajes yo hago cine, pero para crear yo hago teatro. Ese es mi espacio de juego y creativo, más religioso. Cuando estoy con la compañía de circo tengo que medir bien lo que hago. Si tengo que hacer teatro, pues ya puestos que sea con mi familia o que sea una creación mía, o que sea una cosa con mi colega Pau. Entonces he dicho que no a muchísima gente. Y cuando te llama la misma persona por cuarta vez ya te sientes mal.
Mis padres, por ejemplo, desde pequeño me inculcaron mucho la cosa del actor como creador soberano. Mi padre en especial nos decía: nunca seas un actor que espera al teléfono, nunca. Tenía la concepción del actor que tiene que saber tocar la guitarra, escribir, coser, dirigir, hacer más o menos luces. Yo desde los 19, a título totalmente propio, tenía un espectáculo de slapstick con el que fuimos al Teatro del Barrio. A mí, si no me llaman, yo tengo mi trabajo, que es mi expresión artística. El espacio que tengo quizás vaya a ser un poco precario porque ya lo he visto con mis padres, pero por suerte no soy un trabajador asalariado. No podría. Tengo mi propio camino y mi propia forma de darme trabajo a mí y a mi gente. Eso es como una especie de red que hace que los ‘noes’ los digas sabiendo que estás diciendo que sí a esto.
¿Cómo marca ser parte de una familia que se dedica a esto, marca el carácter?
Sí, yo creo que sí que me ha marcado mucho el carácter, el dar valor a las cosas, el respeto por el trabajo de los referentes. La admiración y la escucha a la old school, siempre. Esto es una cosa que he aprendido un montón de escuchar siempre y ver a los y a las mayores currando, incluso si no me gusta lo que hacen. Yo sé que están ahí por algo, y verlos y saber dónde está ese camino de oficio, es saber dónde estás. Eso me ha dado una cosa que es un núcleo muy íntimo de hierro forjado de decir: esto es casa, esto es mi patria, es el teatro. Entonces se puede tambalear todo, pero eso no se tambalea nunca.
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