Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.
La portada de mañana
Acceder
Sánchez sostiene a Puente para que le ayude a gestionar la gran crisis de Urda
El-Sayed, el candidato a senador más odiado por Trump
Opinión - El error humano, por Enric González

Gracias, Lula

El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva.
31 de octubre de 2026 22:12 h

0

El 25 de octubre, Luiz Inácio Lula da Silva, 80 años, ex obrero metalúrgico y líder sindical, ganó las elecciones presidenciales en Brasil por cuarta vez, algo que no había sucedido nunca, derrotando en esta ocasión a su rival ultraderechista Flavio Bolsonaro, hijo de Jair Bolsonaro que ejerció la presidencia entre 2019 y 2023. Tampoco había pasado nunca que un candidato que hubiera perdido en la primera vuelta, ganara en la segunda. En apenas 21 días entre ambas, Lula pasó de tener 2,2 millones de votos menos que su rival (45,16%/47,03%) a superarlo por 4,4 millones (51,79%/48,21%). Esta remontada espectacular en tan poco tiempo fue consecuencia de una movilización de votantes de izquierda animados por una eficaz campaña en las redes sociales dirigida por el abogado y diputado André Janones, que se concretó en una participación del 80,78% la más alta desde 2006, precisamente cuando Lula fue reelegido por primera vez, en 2006, para completar sus dos primeros mandatos consecutivos

El 12 de julio de 2017, el juez federal Sergio Moro condenó a Lula a nueve años y seis meses de prisión por corrupción pasiva y blanqueo de capitales, basándose en la suposición de que un apartamento que había visitado con su esposa para su posible compra era en realidad un soborno de la constructora OAS como contraprestación a los favores que Lula habría hecho a la petrolera Petrobras, aunque no estaba a su nombre y nunca había vivido en él. No había pruebas, solo indicios débiles, pero el Tribunal Federal Regional de Porto Alegre ratificó la condena subiéndola a 12 años y un mes, tal vez influido porque la mayoría de los medios, cuyos propietarios pertenecían a la élite financiera contraria a Lula, habían lanzado una fuerte campaña a favor de su entrada en prisión. El 7 de abril de 2018, Lula entró en la cárcel donde permaneció 580 días hasta el 8 de noviembre de 2019, cuando fue liberado porque el Tribunal Supremo Federal dictaminó que la entrada en prisión solo es constitucional cuando se agotan todos los recursos de apelación posibles y en el caso de Lula no se habían agotado. 

El 8 de marzo de 2021, un magistrado del Tribunal Supremo Federal dictaminó que el Tribunal de Curitiba, que presidía Sergio Moro, carecía de competencia legal para investigar y juzgar a Lula por los delitos que se le atribuyeron y anuló las condenas. El 23 de marzo, la Segunda Sala del Supremo declaró, por mayoría, que Moro había sido parcial en el proceso del apartamento, lo que fue ratificado el 23 de junio por el pleno. El 15 de abril, el pleno del Supremo confirmó que no era competente para ese caso y ratificó la anulación de las condenas. Pero ya era demasiado tarde. Lula, que tenía según las encuestas un apoyo mayoritario, no pudo presentarse a las elecciones de 2018 que ganó Jair Bolsonaro. Cuando formó su gobierno nombró a Sergio Moro ministro de justicia. Un perfecto ejemplo de cómo jueces injustos, actuando por razones partidistas o ideológicas, combinados con unos medios de comunicación corruptos actuando en favor de los intereses de sus dueños, pueden pervertir la democracia impunemente, incluso cambiar gobiernos.

En la elección siguiente (en 2022), Lula sí pudo presentarse y ganó a Jair Bolsonaro por un estrecho margen de 1,8 puntos. Bolsonaro declaró que no reconocía su derrota, porque la elección había sido fraudulenta, sin aportar pruebas, y las autoridades electorales rechazaron su impugnación. Inmediatamente, sectores bolsonaristas rechazaron el resultado, bloquearon carreteras y organizaron campamentos ante cuarteles militares, reclamando una intervención de las Fuerzas Armadas. El 30 de diciembre, Bolsonaro viajó a Estados Unidos, dos días antes de terminar su mandato. 

El 1 de enero de 2023, Lula tomó posesión de la presidencia. El día 8, miles de partidarios radicales de Bolsonaro se concentraron en Brasilia y asaltaron las sedes de los tres poderes: Legislativo -Congreso Nacional, formado por la Cámara de Diputados y el Senado-, Judicial -el Tribunal Supremo Federal- y Ejecutivo -el Palacio de Planalto, sede de la Presidencia-. Los manifestantes rompieron ventanas, vandalizaron el mobiliario y las instalaciones, y ocuparon espacios institucionales, para instigar un golpe de estado de las fuerzas armadas que derrocara al recién constituido Gobierno de Lula, que no estaba en Brasilia en ese momento. Las fuerzas de seguridad recuperaron los edificios y se produjeron numerosas detenciones. El presidente decretó una intervención federal en la seguridad pública del Distrito Federal. 

La Policía Federal y la Fiscalía investigaron si Bolsonaro y varios colaboradores habían intentado impedir la transferencia del poder. La acusación sostuvo que existía un plan más amplio que incluía cuestionar fraudulentamente el resultado electoral, buscar apoyos militares y preparar medidas para mantenerse en el poder. Bolsonaro negó haber organizado un golpe y sostuvo que era víctima de persecución política. En septiembre de 2025, el Tribunal Supremo Federal lo condenó por cinco delitos relacionados con la conspiración golpista: organización criminal armada, intento de abolición violenta del Estado democrático de derecho, golpe de estado, daños a bienes públicos y deterioro de patrimonio protegido. La pena impuesta fue de 27 años y tres meses de prisión. Bolsonaro comenzó a cumplir su pena en noviembre de ese año. En marzo de 2026, el Supremo le permitió continuar cumpliéndola bajo arresto domiciliario por motivos de salud. La fiscalía presentó 1.400 acusaciones contra ejecutores, instigadores, financiadores y posibles responsables de omisiones en la seguridad. 

Este episodio reproducía el asalto al Capitolio de EEUU del 6 de enero de 2021, para impedir la ratificación de la victoria de Joe Biden sobre Donald Trump, que fue instigado por este último como colofón de su sucia campaña para mantenerse en el poder. Desde entonces muchos partidos de derecha/ultraderecha en diferentes partes del mundo han seguido -tanto desde el poder como desde la oposición- el antidemocrático método Trump que consiste básicamente en:

  1. Designar miembros del Tribunal Supremo afines que apoyen sus políticas y decisiones cuando sea necesario; Trump nombró en su primer mandato a tres magistrados jóvenes (su mandato es vitalicio) para lograr una mayoría en el Supremo de seis conservadores frente a tres progresistas.
  2. Utilizar la mentira descaradamente y los relatos falsos (la “verdad alternativa”, como si pudiera haber dos verdades) a pesar de que los datos los desmientan, confiando en el viejo lema de que una mentira repetida mil veces se convierte en verdad -algo que por cierto nunca dijo Göbbels, aunque refleja muy bien su forma de actuar- para crear el efecto de verdad ilusoria.
  3. Insultar al adversario. Incluso acusarlo de falsos delitos, y crear crispación para disuadir de volver a apoyarlo a votantes indecisos o incluso de su ideología que teman la continuidad o el incremento del clima político violento.
  4. Cargar sobre el adversario los propios errores o defectos (principio de trasposición), es decir, si estás haciendo algo mal, una mala gestión o atacando un derecho, debes acusar inmediatamente a tu oponente de estar haciendo eso mismo, para lograr desviar la atención, forzar al rival a defenderse y generar una enorme confusión en la opinión pública, diluyendo la gravedad de las acciones propias.
  5. Poner en duda la neutralidad del sistema electoral, como por ejemplo el voto por correo; Trump firmó el 31 de marzo de 2026, una orden ejecutiva destinada a limitar el voto por correo a nivel nacional, apoyándose en la narrativa del supuesto fraude electoral, para tener un argumento en caso de derrota.
  6. No reconocer la derrota en caso de que se produzca, y hacer todo lo posible para que las elecciones se repitan, incluso en casos extremos acudir a la violencia, como en el asalto al Capitolio en EEUU, o a los tres poderes en Brasil. 

 A pesar de que todos estos mecanismos se han empleado contra Lula, ha conseguido ganar una elección que hasta el último día todos, incluidas todas las encuestas, daban por perdida. Y esta vez no va a haber asalto violento, ni petición a las fuerzas armadas para revertir el resultado, porque el Tribunal Superior Electoral, presidido por un conservador, ha ratificado rápidamente el resultado, por el recuerdo de cómo terminó el intento de 2023, y sobre todo porque Flavio Bolsonaro ha huido del país —con la ayuda de Milei y de Trump según él mismo ha dicho— ante la más que probable imputación por blanqueo de dinero y tráfico de divisas, que él califica de persecución política. Aunque no se puede excluir que un Congreso muy escorado a la derecha le destituya en algún momento de su mandato como ya hicieron con Dilma Rousseff en agosto de 2016 con la excusa de ciertas maniobras contables que el Tribunal Regional Federal de Brasilia, cuando la absolvió en agosto de 2023, mandó archivar considerándolas legales.

La victoria de Lula tiene repercusiones políticas y geopolíticas muy importantes, no solo porque puede tener influencia en otros países -especialmente de su entorno-, sino porque supone un freno muy importante para la política de dominio de todo el continente que es una de las obsesiones de Trump, cuya presión ha fracasado en el país más importante de Latinoamérica. La Estrategia de Seguridad Nacional firmada por el actual presidente de EEUU el 4 de diciembre de 2025 recupera la Doctrina Monroe - que Trump quiere llamar ahora Donroe- de dominio continental exclusivo, y le añade un “Corolario Trump” que consagra el control de toda la región: “Estados Unidos debe ser preeminente en el hemisferio occidental como condición para nuestra seguridad y prosperidad; una condición que nos permita afirmarnos con confianza donde y cuando lo necesitemos en la región”. No descarta el empleo de medios militares cuando sea conveniente, no para rechazar una agresión, sino para combatir todo aquello que pudiera afectar a EEUU o a sus intereses. Tampoco renuncia a la injerencia política: “EEUU recompensará y alentará a los gobiernos, partidos políticos y movimientos de la región que se alineen ampliamente con nuestros principios y estrategia”.

Esta estrategia neoimperialista le ha salido bien hasta ahora. Salvo en los países autoritarios de izquierdas o que usan esa etiqueta -Cuba, Nicaragua- y, en el lado democrático, los gobiernos progresistas en distinto grado de Uruguay, Guatemala, Guyana y algunos pequeños Estados del Caribe, la mayor parte de los países al sur de EEUU tienen presidentes y gobiernos alineados de una u otra forma, con Trump. El caso de Venezuela es excepcional porque ha sido la única intervención militar de Trump en la región, para secuestrar al presidente Maduro, aunque su régimen -que podría compararse al cubano- pervive como un protectorado de EEUU hasta que su presidente decida que le interesa más cambiarlo por uno democrático. Pero la doctrina Monroe no puede estar completa con la existencia de dos excepciones que son además los países más grandes y con los gobiernos más izquierdistas de Latinoamérica: México, cuya presidenta mantiene una actitud conciliadora con Washington, y Brasil que debería haber sido el gran triunfo de Trump, pero no lo ha sido. En las elecciones que ha habido desde que Trump empezó su segundo mandato EEUU ha intervenido de alguna forma para apoyar a candidatos de derecha o ultraderecha, con injerencias o con ofertas económicas condicionadas. Pero en Brasil, la pieza de caza mayor, Lula ha resistido.

Y es que la gente no es tan tonta como algunos creen, aunque hayan usado todos sus medios para intoxicar a algunos. Durante los tres primeros periodos presidenciales de Lula salieron de la pobreza más de 38 millones de brasileños. Desde el inicio del último mandato, enero de 2023, hasta ahora la tasa de desempleo ha bajado un 3,1%, del 8,4% al 5,3%, su nivel más bajo desde 2012. Solo en los tres primeros años de ese mandato el PIB ha tenido un crecimiento real acumulado del 9,2%. A pesar de que estos datos dibujan una economía muy sana que podría continuar si Lula seguía en el poder, al día siguiente de su reelección la bolsa de São Paulo llegó a caer un 17%, lo que llevó a suspenderla temporalmente. Esto explica perfectamente donde está el interés real de los que reclaman la desregulación y la libertad de especular y de dictar las relaciones laborales en su beneficio, que era lo que prometía Bolsonaro, igual que Trump, Milei y otros de su misma ideología en muchos países, y el error en el que caen los trabajadores que los votan pensando que si ganan los poderosos también ganan ellos algo.

Esta elección nos ofrece dos lecciones importantes. La primera es que nada está escrito, todo es posible hasta que no se cierran las urnas. La segunda es que jamás se pueden bajar los brazos, hay que seguir trabajando por lo que crees a pesar de que todo parezca en contra, sobre todo en tiempos tan turbulentos. Lula lo ha hecho y ha ganado, pero aunque hubiera perdido habría que darle las gracias igualmente, por perseverar a pesar de las difamaciones, los ataques, la cárcel. Gracias por dedicar toda su vida para salvar a su pueblo de un régimen neofascista, disfrazado de liberal, y frenar al bruto del norte que se pretende emperador. Ojalá vengan muchos más como él que demuestren, con sus actos, que la famosa frase de Gramsci: “Contra el pesimismo de la razón, el optimismo de la voluntad” es más que una expresión retórica, y funciona en la realidad. 

Gracias, Lula, por devolvernos la esperanza.

Etiquetas
stats