Una alianza ficticia y sin rumbo
La cumbre de la OTAN que ha tenido lugar en Ankara esta semana pasada, ha reproducido el esquema de la que se celebró hace un año en La Haya y de todos los encuentros internacionales en los que ha participado el presidente Trump en su segundo mandato. Él es el centro, el rey sol, y exige pleitesía a los que giran a su alrededor. Todo se refiere a él, cómo le han tratado, cómo han aceptado lo que él ha dicho, cómo han alabado los demás sus maravillosas ideas e iniciativas. Llegó a la cumbre diciendo que asistía porque el anfitrión era el presidente turco Erdogan que es su amigo, lo que en lenguaje trumpiano significa que le adula. Si no hubiera sido allí, el líder del mayor país de la Alianza Atlántica no habría ido, al menos eso dice, demostrando el poco respeto que tiene a sus aliados y a la propia organización, que confirma cuando reitera su deseo de apropiarse de Groenlandia. A partir de ahí, reproches y diatribas a sus aliados por negarle su apoyo en su campaña contra Irán, con particular acritud hacia España que, además de no permitir el uso de sus bases para esa guerra, se niega a “pagar” lo suficiente. Somos “mala gente” según él, aunque después, en el avión presidencial que le llevaba de vuelta a EEUU pasamos a ser otra vez buena gente, al parecer por un compromiso de gasto que nuestro país había comprometido mucho antes de la cumbre.
Trump no quiere aliados, quiere vasallos. Ni siquiera es un primus inter pares, ejerce de dueño de la finca. No admite que nadie le contradiga o no le obedezca, al menos abiertamente. Muchos dirigentes europeos aceptan en apariencia ese vasallaje, en aras de un pretendido pragmatismo, porque piensan que sus bravuconadas son inofensivas y que esa actitud les conviene, pero eso solo alimenta más el ego del patrón. Lo que le molesta del presidente español, Pedro Sánchez, no es que se niegue a aumentar sin sentido el gasto militar, es que no se someta públicamente a sus exigencias, porque está demostrando que Trump no puede imponerlas, señalando así que el rey está desnudo, lo que puede poner en peligro la credibilidad de todo su montaje teatral como emperador de occidente. Aunque el presidente del gobierno español siempre mantiene un discurso conciliador y respetuoso, sin poner nunca en cuestión la propia alianza o sus objetivos.
La recriminación a algunos de los aliados por negarse a apoyarle en un ataque a Irán, claramente ilegal e ilegítimo, iniciado cuando las negociaciones con Teherán sobre el control nuclear estaban a punto de culminar con éxito, es absolutamente inaceptable. Lanzó la agresión sin consultar con sus aliados, como señala el artículo 4 del Tratado del Atlántico Norte, ni siquiera informarlos, pretendiendo utilizar las bases europeas e involucrar así a los países en los que se ubican, sin su consentimiento, y cuando las cosas se torcieron exigió el apoyo de aquellos a los que había ignorado, reclamando una solidaridad que él siempre ha puesto en duda en sentido inverso. Es evidente que Trump respira por la herida de su estrepitoso fracaso en esta guerra imprudente e innecesaria. Con la transigencia de los aliados, ha conseguido meter en la declaración final de la cumbre una referencia a Irán en la que reiteran que “Irán jamás debe poseer armas nucleares y le exigen que respete plenamente la libertad de navegación en el estrecho de Ormuz”. Como si el programa nuclear iraní no hubiera estado bajo control internacional hasta que Trump, en su primer mandato, se retiró unilateralmente y sin ninguna razón del Plan de Acción Integral Conjunto de 2015, y el estrecho de Ormuz no estuviera abierto hasta que él ordenó, junto a su amigo Netanyahu, atacar a Irán en febrero.
Lo más grave es que, aunque todos mantuvieran una ficción de unidad, la cumbre de Ankara ha ratificado que la OTAN, ha perdido completamente el rumbo, al menos en su aspecto político. Su futuro es una incógnita. Nadie sabe si funcionaría en caso de necesidad, al menos mientras Trump esté al mando, ni cómo lo haría. Tampoco por qué sigue existiendo ni para qué, ni cuál sería la amenaza común que justificaría su permanencia. La declaración final de la cumbre de Ankara menciona “la amenaza a largo plazo que Rusia representa para la seguridad y la estabilidad euroatlánticas, así como la persistente amenaza del terrorismo”. Esto último parece que va un poco para hacer bulto, no hay razones para pensar que actualmente haya una amenaza terrorista considerable en el área cubierta por el Tratado del Atlántico Norte, y en todo caso para enfrentarla no harían falta misiles ni aviones de combate, ni 50.000 millones de dólares en nuevas adquisiciones, sino servicios de inteligencia y fuerzas de seguridad eficientes, y sobre todo no atacar sin necesidad a los países que pueden ser su origen, sino prestarles la ayuda técnica y económica que favorezca su estabilidad política y social.
En realidad, la OTAN busca solo en Rusia la némesis que necesita para sostener su propia existencia, y lanzar un rearme injustificable, que aumenta el riesgo en lugar de disminuirlo. Si puede hacerlo es gracias al enorme error estratégico de Putin al invadir Ucrania, que para los que querían salvar la Alianza Atlántica después del fin de la guerra fría fue un regalo muy útil. Y es aquí precisamente donde reside la gran ficción actual de la OTAN porque pretender que Rusia asuma el papel de la antigua Unión Soviética es absurdo. Ni su economía, ni su demografía, ni su capacidad industrial o tecnológica, menos aún la militar, permitirían a Rusia sostener una guerra convencional no ya contra la OTAN, ni siquiera contra la Unión Europea. Lo que Rusia puede hacer, y está haciendo antes de Ucrania, es una guerra híbrida, cuya arma principal – entre otras- es favorecer la disgregación política europea, mediante el apoyo a organizaciones o partidos eurohostiles, en lo que coincide con la política de Trump. Pero esa guerra se libra con policía, servicios de inteligencia, seguridad cibernética, tal vez con fuerzas de frontera u operaciones especiales, tampoco con misiles, tanques ni aviones de combate
No obstante, para la mayor parte de los dirigentes europeos, y tal vez también la mayoría de los ciudadanos, el hecho de que Rusia pueda llegar a invadir un país de la OTAN o de la UE es una evidencia incontrovertible, una verdad revelada, prácticamente no admite discusión y muy pocos se atreven a disentir. Da igual que les pongas ante la realidad de que las fuerzas armadas rusas no solo no han conseguido doblegar en cuatro años y medio a un solo país, Ucrania, que ha recibido mucha ayuda exterior, pero combate solo con sus soldados, salvo un pequeño contingente de voluntarios, sino que ni siquiera han sido capaces de conquistar la región del Donbás, que es la prioridad de Putin. Esas objeciones se eluden con tres palabras. “A largo plazo”, ahora no puede, de acuerdo, pero dentro de pocos años…. Pero, ¿qué indicios, datos, evidencias hay para pensar que la débil Rusia actual se va a convertir a largo plazo en una potencia económica, industrial y militar, capaz de enfrentarse a la OTAN, incluso solo a sus miembros europeos, en una guerra convencional con mínimas posibilidades de éxito? Nadie explica como va a suceder ese milagro en un futuro en el que los precios de los hidrocarburos, la principal fuente de financiación rusa, van a caer en picado, la despoblación de Rusia se va a incrementar, y su retraso tecnológico en áreas como la inteligencia artificial va a ampliar su dependencia exterior. Nada de eso importa, si casi todos los medios de comunicación y dirigentes políticos lo dicen, es que es una amenaza. Y vamos a multiplicar nuestro gasto en defensa por 2,5 para hacerla frente.
Por supuesto, para el actual presidente de EEUU Rusia no es ninguna amenaza, sino un socio potencial, ya ha tratado con Putin su futura colaboración económica y la explotación conjunta de recursos. Trump ha calificado en alguna ocasión la capacidad militar rusa de “tigre de papel”, y la Estrategia de Seguridad Nacional de EEUU, noviembre de 2025, dice que los países europeos gozan de una superioridad de poder duro sobre Rusia en todas las áreas excepto en armas nucleares. Naturalmente, Rusia no va a emplear armas nucleares más que ante una amenaza existencial porque supondría su propia destrucción, pero si lo hiciera, ese enorme rearme europeo en armas convencionales no serviría de nada, al contrario, es lo único que podría provocarlo. Trump no cree que haya ninguna amenaza real para Europa, lo que quiere es que los aliados europeos “paguen” –siempre emplea esa palabra– es decir que gasten más en la industria de armamento estadounidense, que es a su vez la que le financia a él y a su partido. Naturalmente, él no ha podido ni querido objetar que en la Declaración de Estambul se presente a Rusia como una amenaza, porque si no fuera así se quedaría sin argumentos para exigir un desorbitado aumento del gasto militar a sus aliados.
El arma que Trump esgrime para que los europeos “paguen” es la amenaza de retirar sus tropas de Europa. Y puede que las reduzca en parte, paguen o no, precisamente porque no considera a Rusia ninguna amenaza y porque la estrategia de EEUU hace tiempo que pivotó hacia el Pacífico, donde se halla su único rival estratégico, China. Pero no se va a retirar de Europa porque si está es por su propio interés no por el interés europeo. Desde el punto de vista estratégico nuestro continente es una plataforma para su proyección hacia Asia, Oriente Medio y África. Las tropas de EEUU no están aquí para defender a Europa, que no necesita ninguna defensa exterior, sino para controlarla.
Los dirigentes europeos se mueven entre la amargura de humillarse ante un individuo prepotente y grosero que los trata como basura, y el pánico a que ese mismo individuo les retire su tutela militar y les haga enfrentarse a sus responsabilidades en materia de seguridad. Si Trump puede hacer valer su amenaza, es precisamente por ese pánico cuya única posible causa es el fantasma de la amenaza de Rusia, porque si esa amenaza no existe realmente ¿para qué necesitaría Europa a EEUU? Esa es la razón por la que para algunos era importante que hubiera guerra en Ucrania, y sigue siéndolo que continúe aunque sea más que improbable que la situación cambie sobre el terreno, al menos en favor de Ucrania. Muchos gobiernos europeos ven el escenario de tener que enfrentarse a organizar su propia seguridad sin la tutela de Washington, como una pesadilla de la que no quieren ni oír hablar. Por eso los principales medios y think tanks europeos no dejan de insistir en que la autonomía defensiva europea costaría mucho más dinero, lo que es falso a la vista de los escasos riesgos reales que nos amenazan.
Por el contrario, lo que va a ser mucho más caro es que subsista la OTAN, a la vista del aumento de los presupuestos de defensa hasta el 5% del PIB que todos menos uno han aceptado, aunque muchos no piensen cumplirlo. Ahora, los gobernantes europeos están preocupados por cómo van a tapar los huecos que deje EEUU, en lugar de ocuparse en que termine la guerra de Ucrania, en cuyo caso puede que no hiciera falta tapar ningún hueco. Esta nueva OTAN —denominada un tanto ridículamente 3.0– que intenta surgir de la indiferencia o el desprecio de Trump, se basaría en que los europeos “asuman sus responsabilidades”, es decir que paguen, mientras las decisiones se siguen tomando, como siempre, al otro lado del Atlántico, con frecuencia de forma unilateral.
El mayor activo de una alianza es su cohesión, la firme y explícita voluntad de todos sus miembros en cumplir sus compromisos de defensa mutua y acudir en socorro de cualquiera de ellos que sea agredido. Si la OTAN muestra esa determinación, sin margen de duda, ninguna nación en el planeta se atreverá a atacar a ningún aliado porque no hay ninguna que pueda enfrentarse a ella con posibilidades de éxito. Lo que necesitamos es más cohesión, más compromiso, no más dinero. Gastar más dinero sin saber para qué, con qué finalidad, sin un rumbo claro, es dilapidarlo en perjuicio de otras necesidades sociales más perentorias, y por tanto un ejercicio de irresponsabilidad.
Pero, sobre todo, una alianza se fundamenta en la lealtad, la confianza mutua y las relaciones amistosas. Si esos principios no existen, la alianza no tiene sentido. Cuando uno de los aliados, el más poderoso, insulta a otros, los amenaza con sanciones y represalias, incluso exige parte del territorio bajo su soberanía, la alianza está muerta en la práctica, aunque intenten embalsamarla. Y no nos engañemos, Trump es más grosero y arrogante que otros presidentes estadounidenses, pero en el fondo no es muy diferente. Él representa el epítome de una potencia hegemónica que ejerce de cabeza del imperio de occidente al menos desde la Segunda Guerra Mundial, y actúa siempre según su conveniencia, también en Europa. Aunque los europeos asuman más responsabilidades, sobre todo económicas, mientras exista la OTAN en su forma actual –que es la misma que en 1949— las decisiones no se van a tomar nunca en Berlín, París o Bruselas, sino en Washington, y por tanto en favor de sus intereses, que —como estamos viendo ahora en Ucrania o en Oriente Medio— no coinciden necesariamente con los europeos.
La UE no tiene ya alternativa a emprender la desconexión de EEUU y asumir su autonomía estratégica. No es ningún drama, al contrario, podría dar lugar en el futuro a retomar una nueva relación trasatlántica de defensa mutua más equilibrada, libre y sólida. No será más caro, ni nos debilitará. Y no es una utopía, es perfectamente posible hacerlo con la capacidad política, económica, industrial y tecnológica europea. Solo hay que querer hacerlo, y poner esa voluntad por delante de los intereses espurios que están llevando a Europa –y al mundo– a un sistema violento, antisocial y suicida.
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