El placer de disfrutar lo votado
Se quejaba amargamente el otro día una señora de que, a propósito del incendio en Almería, se le había llenado el timeline de graciosos invitándola a disfrutar de lo votado. Si bien es cierto que no hace falta ir sobrado de empatía para entenderla, también, por otro lado, que se joda. No sé a quién votó la señora de marras, pero muy de izquierdas no parecía, o no se hubiera dado por aludida. En todo caso, lo mínimo es pedirle al respetable que se responsabilice de a quién le da su papeleta. Y si es a alguien que recorta en prevención, que entiende los recursos naturales como un negocio para atraer turistas, que paga una miseria a sus brigadistas y que, a modo de colofón fallero, pacta con negacionistas del cambio climático, pocas opciones le quedan: disfrutar lo votado, joderse, o asumir que se equivocó y hacer propósito de enmienda.
Lo de no asumir las consecuencias de los propios actos es muy cristiano. Luego le cuentas tus penas al cura, te manda al rincón de pensar a recitar poesías rancias (va a peso: más pecado, más rezos) y sales a la calle como nuevo, como si hubieras pasado por la sauna. Y luego, a volver a empezar. El ciclo de la redención nunca se agota. De hecho, es el secreto. Si la gente se portara bien después de arrepentirse de su primer pecado, se acabó el negocio. Como en Tinder, que no quiere que encuentres pareja, sino que te pases la vida buscando. Y lo que vale para la religión y para las apps de citas, vale también para la política: votar al mismo pensando que habrá cambios no suele funcionar. Por eso hay que tener siempre a mano algún cabeza de turco.
Decía El País en su editorial de este sábado que, tras los 12 muertos (balance provisional) de Los Gallardos “nada puede seguir igual”. Angelitos. Estamos hablando de Almería, donde medio PP está imputado en el llamado 'Caso Mascarillas' y, en las últimas elecciones, el pueblo, que es soberano, le premió con dos diputados más. Ya pueden arder hasta las piedras, que en quince días medio censo tendrá claro que la culpa es de los menas, perro xánxez y las feminazis, y que en verano siempre ha hecho calor. Y dudo que Almería sea una excepción a lo que pasa en España, me temo que es más un ejemplo.
Lo de los incendios es una tragedia, pero no deja de tener su aquel metafórico. Es un símbolo de lo que se nos viene encima, pues, si hacemos caso a la demoscopia, más de media España se va a pasar cuatro años (los primeros, porque serán más) disfrutando de lo votado. Son los que coinciden con Feijóo que las bajas laborales son el cáncer de la economía, pero que cada año se dejen sin pagar 3.254 millones de euros en horas extra (que no es más que una rebaja de sueldo encubierto y una puñalada a las cotizaciones) parece que no llega ni a dolor de cabeza. A Borja Sémper, el actor que interpreta al moderado del PP, le parecieron mal las palabras de su jefe: no hay que decir 'cáncer', pero del bulo de las bajas ni mú. Ni siquiera le pareció mal que su Querido Líder hubiera confundido las bajas laborales con el absentismo laboral. Peccata minuta. La cosa no va con él.
La declaración de intenciones del gallego es un aviso, y la patronal va con él. Serían tontos si no lo hicieran, cuando de lo que se trata es de mantener una economía extractiva, en la que hay que acumular como sea, y si es por la patilla, tanto mejor. Los empresarios españoles deberían ser los primeros defensores de las políticas del PSOE: la desigualdad en España sigue creciendo (y lo que te rondaré, morena, por culpa de la vivienda) y los datos macro van como un tiro. Las dos cosas les benefician. España es la locomotora de Europa, eso no hay quien lo niegue. La pregunta es entonces por qué les da igual o puede que hasta les parezca mal.
No es economía ni patriotismo, es avaricia y ansias de poder. Si hay pobres es porque los Garamendi de este mundo nunca tienen suficiente
Alguien le preguntó a Lemmy Kilmister por qué todos los discos de Motörhead eran iguales. “Si funciona, no lo arregles”, respondió. No sé si viene a cuento, pero también tenía una canción titulada, con gran acierto si me preguntan, Eat the rich, en la que recomendaba “darle un mordisco al hijo de puta”. En cambio, la CEOE, la banda de Antonio Garamendi, sí que quiere cambiar lo que funciona. No es economía ni patriotismo, es avaricia y ansias de poder. Si hay pobres es porque los Garamendi de este mundo nunca tienen suficiente.
No les vale con los mejores coches, las mejores casas, los mejores enchufes para sus hijos y los mejores contactos para sus negocios. De lo que de verdad disfrutan es de la desgracia ajena. Por eso quieren recortar pensiones, privatizar la seguridad social, laminar los derechos laborales, sustituir las leyes de dependencia por la simple caridad. Y su sueño está muy cerca de hacerse realidad. Solo tienen que esperar a las próximas generales. Hay partidos que han convertido eso en su programa electoral y tienen todas las de ganar. Esos sí van a disfrutar lo votado como gorrinos en cochiquera. Otros no tanto, pero siempre les quedará confesarse.
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