Al Gulliver le crecen los enanos
Un milagro que se repite no es un milagro. Lo dijo Ernesto Sábato y yo le doy la razón. Así, con cita erudita como telón de fondo, es como hay que acercarse a la idea que el Ayuntamiento de València quiere encalomarnos: un nuevo Gulliver en el antiguo cauce del río. Más que un proyecto es una ocurrencia nacida, seguramente, de la necesidad de dar la impresión de que se está haciendo algo —en el tiempo libre que les queda mientras no limpian las calles— más que en aportar valor a una ciudad que fía su esencia a la capacidad de traer turistas a palas. No me imagino a Londres erigiendo otro Big Ben, ni a Madrid levantando otro Valle de los Caídos —bueno, eso sí—. Pero si la gracia del Gulliver es su singularidad, añadir uno que parece sacado de AliExpress no habla precisamente bien del que parió el plan.
Para entender por qué El Liliput de Gulliver, así se llamará el parque, es una mala idea, hay que recordar primero por qué el otro fue una genialidad. Genialidad, por cierto, que le debe más al entonces conseller de Industria, García Reche, que a Clementina Ródenas. Él fue quien mejor entendió que València no solo debía ser moderna, sino que también tenía que parecerlo, y quien empujó para convertir en realidad el proyecto del entonces arquitecto municipal Rafa Rivera, que soñaba con un parque en el que las atracciones fueran la propia estructura. Con la ayuda del artista fallero Manolo Martín —“un fallero que no parece fallero”, como escribió en su día Paco Ballester en la revista Plaza— propuso un primer boceto que, por innovador, fue ignorado inmediatamente como dicta la liturgia de trabajar con la Administración Pública.
La clave del éxito fue cuando —todos en pie, ovación de gala— entró en escena Sento Llobell, que amén de puto amo del tebeo es una persona magnífica, y presentó un nuevo boceto. Por aquel entonces, el de Sagunto era la punta de lanza de la llamada Escuela Valenciana de Daniel Torres, Mique Beltrán, Micharmunt… Madrid tenía su Movida (promovida por el Ayuntamiento), pero la carta de presentación del cap i casal eran los cómics, la escalera para subir los escalones de esa modernidad que alumbró la frase ‘estudias o diseñas’. El resultado es de todos conocido: el icónico Gulliver abrió sus puertas el 29 de diciembre de 1990 y se convirtió en el símbolo que es hoy, el de la ciudad vivible y al servicio de los vecinos.
Pero si se convirtió en un símbolo fue porque había algo que simbolizar. Formaba parte de un proyecto más amplio, bautizado como Un riu de xiquets, en el que el viejo cauce evidenciaba una nueva forma de entender València: donde un día había previsto calzar una autopista con medio millón de carriles (o más) había ahora kilómetros de jardín para transitar. Fue un símbolo de una València en la que no había grupo extranjero digno de mención que no empezara o cerrara aquí su gira española (la Ruta aún no había fagocitado la escena musical), la Mostra de Cinema intentaba abrirnos al Mediterráneo, el tebeo valenciano era recibido en loor de multitudes en Angulema, la meca del noveno arte… Ese Gulliver tenía sentido en una ciudad que avanzaba en una dirección concreta, que podía gustar o no, pero había proyecto.
El nuevo Gulliver, hay que reconocerlo, también simboliza la València actual, la de la improvisación, la falta de ideas y ochentera por anticuada. Y no es cuestión de siglas: la visión de ciudad de Rita Barberá pudo gustar más o menos, pero no solo existía, sino que las urnas la validaron votación tras votación durante años. María José Catalá, y es una pena, carece de esa visión. En realidad, no tiene ninguna, así que es difícil criticarla, pero ese nuevo parque infantil obedece al mismo criterio que le ha llevado a rajar el futuro Paseo García Lorca de Malilla con dos carriles para los coches, renovar la calle Colón para dejarla igual, desincentivar el uso de la bicicleta o negarse a soterrar el túnel de Pérez Galdós. Es la València del antiproyecto, la de una televisión autonómica que programa corridas de toros mientras media provincia está de manifestación pidiendo la cabeza de Mazón por la dana o en favor de la educación pública. La que está para uso y disfrute exclusivo de la hostelería. La que va a inaugurar un estadio de fútbol a medio acabar mientras condena a desaparecer uno de los más históricos de Europa.
Si hacía falta un nuevo parque infantil —y seguro que hacen falta docenas—, lo mínimo es pensarlo un poco. Replicar un Gulliver es la ley del mínimo esfuerzo, lo que te devuelve ChatGPT si le pides que te copie el anterior pero añadiendo “que no se note” en el prompt. La propuesta de Vicente Vidal (Kiwi Playground) es un puto destarifo. Que en la tierra de Laura Pérez, Paco Roca, Toni Caballero, Cristina Durán, Carla Fuentes, Jorge Lawerta, Raúl Salazar… haya alguien capaz de plantar semejante mojón no sabes si es para llorar o para sentarse a esperar, no vaya a ser que estemos ante un visionario. Se puede decir que la Torre Eiffel no gustó mucho al principio, pero al menos era una idea original. Esta ni es original, ni llega a idea porque no pasa de improvisación.
Y luego, cabe preguntarse ¿por qué Gulliver? En el contexto de Un riu de xiquets tenía sentido pero ¿ahora? Lo propio hubiera sido buscar un nuevo personaje —incluso, llamadme loco, femenino— que diera personalidad y empaque al proyecto, un símbolo que dialogue con el anterior, en el que el resultado sea mayor que la suma de ambos. En la València de Catalá darle una pensada a las cosas es pedir demasiado. Pero no todo es malo. Por algún extraño motivo no le han dedicado el nuevo parque a Paquirri o al Soro, aunque no dudo que la idea se barajó. Es un Gulliver para la València fagocitada por turismo cada vez más low cost que se niega a reconocer que el modelo toca fondo. Es el Gulliver de la apatía y la falta de ideas.
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