Una dietista aclara si sirven los test de ADN para saber qué puedes comer: “Hay evidencia científica que puede ayudar”
El proceso es sencillo: te llega un kit por correo, frotas con un bastoncillo en el interior de la boca, lo devuelves también por correo, y semanas después recibes un informe. Tu metabolismo de la cafeína. Tu predisposición a la intolerancia a la lactosa. Tu tolerancia a los carbohidratos.
El sector de los test de ADN vendidos directamente al consumidor ha crecido enormemente en la última década y la promesa es siempre la misma: conociendo nuestros genes podemos controlar nuestra salud. Sin embargo, los genes son solo una parte, relativamente pequeña, del rompecabezas.
Qué analizan los test de ADN
Los test de ADN comerciales, cuando se centran en la nutrición, analizan un subconjunto de variantes genéticas, principalmente polimorfismos de nucleótido único (SNPs). Estas son posiciones en el genoma donde existe variabilidad entre personas. A partir de esas variantes, y gracias a las bases de datos de salud de distintos grupos de población y estudios, los algoritmos predicen nuestras predisposiciones, como el metabolismo de ciertos nutrientes, la sensibilidad a la cafeína, la tendencia a acumular grasa visceral o la probabilidad de sufrir intolerancia a la lactosa.
“Sí que es cierto que hay evidencia científica que puede ayudar”, aclara la dietista-nutricionista Leticia Garnica. “Si te dicen que tienes predisposición a la intolerancia a la lactosa, por ejemplo, o predisposición a la enfermedad celíaca, eso no quiere decir que vayas a ser celíaco, pero puedes tener posibilidades. Si ya hay una sospecha, pues pueden hacerse otro tipo de estudios”, añade.
Pero estas predisposiciones genéticas no son una condena, ni avalan cambiar nuestra dieta basándonos en ellas. La forma en la que procesamos los alimentos depende de muchos otros factores.
Las limitaciones: por qué la correlación no es causalidad
El problema central de los test de ADN nutricionales es que confunden asociación estadística con mecanismo causal. “Muchos de estos tests lo único que están mirando son pequeñas variaciones genéticas. Imagínate, si un estudio te dice que el 60% de las personas con tal gen tienen tendencia a engordar con los carbohidratos, pues al final lo que te va a recomendar es que no comas carbohidratos”, explica Garnica. “Pero esto es una correlación estadística que no significa que ese gen esté actuando solo. No estamos viendo mucho más allá”, añade.
Por ejemplo, la obesidad, el metabolismo o la sensibilidad a los nutrientes son fenómenos poligénicos: dependen de decenas o cientos de genes interactuando entre sí y con el entorno. Las revisiones científicas sobre la validez de los test nutricionales comerciales son bastante críticas. Una revisión sistemática de estudios señala la falta de consistencia en los criterios de validez científica de la investigación en nutrigenética, y subraya que la mayoría de los hallazgos no supera una evaluación rigurosa de validez antes de trasladarse a la práctica clínica.
La Academia de Nutrición y Dietética de Estados Unidos, en su documento sobre genómica nutricional y la nutrición personalizada, concluye que “no hay pruebas suficientes sobre la eficacia de incorporar las pruebas nutrigenómicas a la atención nutricional”. Lo mismo advierte una revisión de 2024 sobre intervenciones basadas en nutrigenómica, que encontró que los resultados son desiguales.
Lo que los test de AND no ven
El ADN es solo una parte de un sistema enormemente complejo. La epigenética estudia cómo el entorno modifica la expresión de los genes sin cambiar la secuencia de ADN: lo que comemos, el ejercicio, el estrés, el sueño, “encienden y apagan” genes, y este estado activo o inactivo no aparece en el test.
“Nuestro ADN es el plano de nuestra casa, pero realmente el ambiente es cómo tú la construyes. El plano es esa estructura, pero el material que usamos influye y mucho”, aclara Garnica. “Tu microbiota intestinal, tus niveles de estrés y de calidad de sueño, tu nivel de actividad física, tu historial médico, todo eso influye y no se ve”.
La microbiota, por ejemplo, es especialmente relevante a los cambios en nuestro comportamiento y el entorno. El conjunto de microorganismos que habitan en el intestino varía con la dieta, el lugar donde se vive, el estrés y el sueño, y a su vez influye sobre el metabolismo, el sistema inmune e incluso el estado de ánimo.
“La analítica de microbiota te puede salir totalmente distinta si estás bebiendo el agua hoy en Madrid y si la bebes mañana en Alicante”, señala Garnica.
Una intolerancia genética puede no manifestarse nunca
Uno de los malentendidos más frecuentes es interpretar las predisposiciones genéticas como diagnósticos. Tener el gen asociado a la intolerancia a la lactosa no significa ser intolerante a la lactosa: significa tener una mayor probabilidad estadística de desarrollarla. Las 'papeletas' que tenemos para el sorteo de esa intolerancia, o cualquier otra, dependen también de todos los otros factores. No está justificado, por tanto, dejar de consumir ese alimento. “Si a ti no te sienta mal, yo soy de la opinión de que no elimines ningún nutriente, salvo que realmente sea algo que te está sentando muy mal”, afirma Garnica.
La eliminación de alimentos sin síntomas reales tiene un coste nutricional y también psicológico. “Llegan pacientes que me dicen que se inflaman desde por la mañana y que han dejado de comer todos los alimentos sospechosos”, comenta Garnica. “Y muchas veces la comida es el síntoma, no la causa. La causa puede ser el estrés en el trabajo o un problema familiar. Reintroducir buenos hábitos donde se incorporen todos los alimentos saludables les cambia la vida”, afirma.
Con todas sus limitaciones, los test de ADN no carecen de utilidad en contextos específicos. “A la nutrigenómica todavía queda mucho por investigar, pero algunas señales sí tienen respaldo”, reconoce Garnica. Donde los test tienen la evidencia más sólida es en la detección de variantes con efectos bien caracterizados, como la variante del gen responsable del metabolismo del folato, la variante del gen que determina la velocidad de metabolización de la cafeína, o las variantes del gen de la intolerancia a la lactosa. De nuevo, ninguna de estas variantes significa que se tengan esas adaptaciones, aunque pueden ayudar a diagnosticarlas.
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