La derecha no esperaba que lo de Ceuta acabara así
La derecha y la ultraderecha españolas se han quedado con los crespos hechos. En su fuero íntimo, habrían deseado que el gravísimo caos que ha vivido Ceuta por la irrupción masiva de unas 50.000 personas desde Marruecos, en su inmensa mayoría jóvenes, se prolongara un poco más en el tiempo. No todos los días se presenta una oportunidad de esta envergadura, con cobertura mediática internacional asegurada, para zarandear a Pedro Sánchez y presentarlo como un líder incapaz de defender la soberanía de su país y la seguridad de Europa.
Pero la “invasión” se ha desinflado sorpresivamente, mucho más rápido de lo se esperaba. Tras un par de días de incertidumbre y algunos conatos de violencia en la ciudad autónoma, prácticamente la totalidad de los “invasores” ha regresado por su propio pie a Marruecos a través de la frontera terrestre. En el camino quedaron al menos 67 muertos, todos ahogados en el mar cuando intentaban sortear el espolón que separa al país árabe de Ceuta. La ciudad, de 83.000 habitantes, está intentando retornar a la normalidad tras la experiencia sin duda traumática. Lo sucedido ha puesto en evidencia ante los ojos del mundo su vulnerabilidad frente a un régimen autocrático que nunca ha dejado de reivindicar su soberanía sobre las dos plazas españolas en el norte de África.
Aunque lo peor ha pasado, la crisis sigue abierta. Quedan muchas incógnitas por despejar. La más inmediata es qué sucedió exactamente, y cómo es eso de que los “ocupantes”, como los calificó Feijóo, se marcharan repentinamente como los niños del cuento bajo el hechizo de la flauta de Hamelín. Lo ocurrido es de extraordinaria gravedad, y Sánchez cometería un error si pretendiera pasar página con discursos voluntariosos de fraternidad entre los dos países. Luego está el manejo que haya que dar en adelante a las relaciones con Rabat. El relato del presidente Sánchez de que lo ocurrido fue obra de mafias migratorias y que en todo momento se contó con el apoyo de las autoridades marroquíes no se lo cree nadie. Puede comprenderse que el mandatario español haya intentado durante el incidente no provocar al rey Mohamed VI, menos aun en medio de su pomposa Fiesta del Trono, y es probable que sin esas cautelas no se hubiera conseguido el ‘milagro’ del retorno masivo. Pero es obvio que habrá que replantear las relaciones. Está visto que al monarca alauí no le basta con que Sánchez le haya puesto en bandeja el Sáhara Occidental. Marruecos está entrando en otros círculos de interés geoestratégico, con aliados poderosos como Trump y Netanyahu, y será cada vez más difícil apaciguarlo cuando se sienta ofendido por cualquier acción diplomática de España que no satisfaga sus caprichos.
También hay que averiguar qué sucedió con los servicios de inteligencia de España en este asunto. Resulta difícil entender que no se hayan enterado de lo que se estaba fraguando en el otro lado de la frontera. Si no se enteraron, malo. Y si se enteraron, pero los mandos políticos que toman las decisiones no dieron importancia a las alertas, peor. Y, ni más faltaba, habrá que explorar nuevas formas de relación económica que reduzcan la brecha colosal de ingresos que existe entre Marruecos y España y, por extensión, entre el Magreb y la Unión Europea. Mientras ello no ocurra, el autócrata de turno el Rabat lo tendrá muy fácil para seguir utilizando a su antojo la migración como instrumento de chantaje. Y miles, aquejados por la pobreza y la desesperanza, seguirán intentando llegar a España sin necesidad de que nadie los manipule.
Sí: la crisis sigue abierta. Aunque no como les hubiera convenido a nuestras derechas. A ellas les venía bien que durara un poco más el acoso de los “invasores”, porque estaban convencidas de que el espectáculo que estaba dando España ante el mundo tenía contra las cuerdas a Sánchez. Era ciertamente una situación bastante comprometida para el presIdente. Algunos gobiernos europeos de derecha y ultraderecha, con la Italia de Meloni a la cabeza, no perdieron tiempo para tirarse a la yugular del mandatario español, al que culparon de poner en riesgo de la seguridad de la UE con sus actitudes blandas hacia la inmigración y muy en concreto por la reciente regularización. Plantearon incluso suspender a España del acuerdo de Schengen, como si los 60.000 mil sin papeles de Ceuta pudieran llegar en metro a Copenhague o a Helsinki. Más aun, como si Ceuta estuviera acogida por el tratado. Las derechas políticas y mediáticas españolas se frotaban las manos ante la posible exclusión de su propio país del tratado de libre circulación europeo. Significaba el aislamiento del Sánchez en Europa. Oro en polvo. Pero los acontecimientos dieron un giro inesperado.
La situación sobre el terreno en Ceuta está más calmada, y eso, mal que le pese a la oposición, es un alivio para el presidente. Más de uno en Génova o en Bambú debe estar diciendo abrasado por la ira que ese sujeto tiene una flor indestructible en quién sabe qué lugar de su anatomía. Sánchez se ha envalentonado y enviado una carta a las autoridades comunitarias denunciando la deslealtad que sufrió España por parte de otros países miembros de la Unión. El rey Felipe se ha mostrado “indignado” con lo sucedido en Ceuta y ha dicho con tono de padre regañón que el Estado debe velar por la seguridad de las dos ciudades autónomas para que hechos así no vuelvan a producirse. Cada cal en su papel. Vendrán agrios debates en el Congreso. Como debe ser: el desafío contra España ha sido enorme, y no debería quedar reducido a una simple anécdota en la historia de las relaciones bilaterales. Aunque sabemos de antemano cómo serán esos debates. Abascal y Feijóo acusarán a Sánchez de ser una desgracia para España y le pedirán que se largue de una puñetera vez de la Moncloa. En su excursión de este sábado a Ceuta, el líder del PP soltaba un abrebocas: “España apagada, España calcinada, España invadida. No le falta nada a este Goberno”. Solo les importa deshacerse de Sánchez. Pero en el fondo tendrán que reconoce que, una vez más, la presa se les ha vuelto a escapar.
'Remember' Perejil. En julio de 2002, cuando media docena de soldados desharrapados de Marruecos tomó el islote de Perejil, el Gobierno de Aznar consideró que se había producido un atentado contra la soberanía española y pidió el apoyo del principal partido de la oposición. José Luis Rodríguez Zapatero, que había llegado apenas dos años antes al liderazgo del PSOE, le ofreció un respaldo incondicional. Solo se quejó, sin hacer de ello una polémica, de que el Ejecutivo no lo tuviera debidamente informado. ¿Y qué hace Feijóo en 2026 ante el mucho más grave caso de Ceuta? Atacar públicamente al presidente y salirle con un memorando con las cosas que debe hacer. Formas distintas de entender la lealtad de Estado.
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