València está que arde
Podemos hablar del calor insoportable. Una ola gigante de 44 grados baña estos días nuestras calles como anticipo del tsunami que nos abrasará la semana que viene. Y llegará con la misma plaza del Ayuntamiento que hace tres años: sin más árboles, ni sombras, ni fuente convertida en playa. La plaza es el símbolo de todas las oportunidades perdidas por María José Catalá para convertir València en un refugio climático. Pero el único refugio es el del antiguo circuito de la Fórmula 1, donde malviven miles de personas hacinadas entre plásticos abrasadores y un asfalto de lava.
Pero vamos a hablar de cómo está subiendo la temperatura en los barrios. Orriols ha vuelto a tomar las calles para denunciar, cacerola en mano, el abandono de la alcaldesa. Catalá cree que a la gente de los barrios trabajadores se le puede contentar con migajas. Supremacía clasista. Por eso, fue a anunciar unas obras en el polideportivo que consistían en arreglar la cubierta, comprar material y dar una mano de pintura. Solo hay que compararlo con los 8 millones de euros que destina a Abastos.
Misma alcaldesa, mismo tipo de instalación, trato completamente distinto. Basta compararlo con los 2,3 millones de euros que ha destinado a cambiar el suelo de la calle Colón. Ni amplía aceras, ni añade arbolado, ni reduce el tráfico, pero es más prioritario para Catalá que el parque de Esteban Dolz del Castellar. Capaz es de decir a los vecinos y vecinas que está en un listado…pero pendiente de aprobación.
Más migajas. Otros a los que María José Catalá se ha propuesto tomar el pelo son los vecinos de la plataforma del Corredor Verd. Cree que puede engañarlos cubriendo la autovía que proyecta con una selva amazónica. Un trampantojo. Como el de abrir un debate sobre si tiene que llamarse Jaume I o Federico García Lorca. ¡Vaya, hombre! A nadie se le ocurre proponer el nombre de una mujer valenciana.
En la Roqueta andan estos días reclamando más policía local porque los problemas de convivencia se disparan mientras proyectos urbanísticos surgidos de la participación desaparecen. Igualito que en la Malvarrosa, donde la asociación vecinal vuelve a denunciar que “música, gritos, peleas, insultos son el pan nuestro de cada noche”. Todo sucede sin que María José Catalá se dé por aludida. Todavía no ha puesto sobre la mesa su plan para Casitas Rosas, después de guardar en un cajón el trabajo realizado por el anterior Gobierno progresista.
Después de diez meses de obras, residentes y comercios de Gaspar Aguilar están desesperados ante la paralización del carril bici. Ya se sabe en Benicalap que el nuevo Mestalla lleva aparejado apartamentos turísticos y plazas hoteleras, pero nadie tiene noticias sobre el plan de movilidad que necesitará el barrio cuando lleguen los partidos. Ni sobre La Ceramo, la ampliación del parque o la rehabilitación de las alquerías. Solo saben que su barrio se convertirá en una zona turística.
Otra tomadura de pelo. Por toda València se autorizan hoteles y edificios enteros de apartamentos. Si la primera parte del mandato de María José Catalá estuvo marcada por el coche, ya podemos hablar de un nuevo fenómeno: el efecto llamada a los fondos buitre y especuladores.
En ese grupo que planea sobre nuestra ciudad se encuentra el hijo de Ana Botella y José María Aznar. Un joven emprendedor (no como las hijas de Zapatero) que promueve un edificio de apartamentos turísticos en la Gran Vía mientras María José Catalá quiere aprovechar el PAI de Moncayo (desbloqueado por el anterior gobierno) para que esa nueva fauna València obtenga el máximo beneficio.
Es decir, para que los especuladores se lo lleven calentito. En ningún caso, para promover la construcción de vivienda protegida o pública. Como sucederá con el PAI del Antiguo Mestalla, donde se van a levantar 500 viviendas y ninguna de VPO, tal y como ha revelado el periodista Carlos Navarro.
Dicen en el PP que el calor en las aulas es fuente de inspiración. Si aplicamos esa máxima a María José Catalá, parece evidente que la canícula le inspira una ciudad rentable para especuladores en lugar de habitable para quienes vivimos en ella. Mientras tanto, en los barrios, ese “bochornoso calor que enerva y rinde” del que escribió Rosalía de Castro convierte “el aire en irrespirable y denso”. Sobre ellos se cierne la tormenta. Por eso València está que arde.
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