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CV Opinión cintillo

Catalá, los profesores también son vecinos

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Podría ser un guion de Azcona y Berlanga. Un capítulo de los guiñoles, aunque hace mucho tiempo que cancelaron el programa. O quién sabe si terminará sirviendo de inspiración para los guionistas de Polònia: una alcaldesa que lo mismo reivindica a Franco en una entrevista que intenta boicotear una manifestación democrática en defensa de la educación pública.

Se mire como se mire, lo que lleva haciendo María José Catalá durante las cuatro semanas que dura ya la huelga educativa es inadmisible. Por incapacidad o tacticismo, intenta ponerse de perfil y, además, enreda constantemente sobre cuestiones fáciles de contrastar consultando las redes sociales, la web municipal o la hemeroteca.

Me explico. En las primeras manifestaciones educativas, Catalá apostó por la crispación. Igual que hizo con la manifestación convocada contra la guerra, el Ayuntamiento decidió no ordenar el tráfico para que manifestantes y conductores acabaran enfrentándose en la calzada. En cuanto los vídeos del caos se hicieron virales, intentó señalar a la Delegación del Gobierno, como si la gestión del tráfico fuera competencia de la Policía Nacional.

Pero las mentiras tienen las patitas muy cortas. Un tuit de la propia Policía Local de València, publicado el pasado 2 de junio, reconocía que trabajan “para garantizar y compatibilizar el ejercicio del derecho a la manifestación y la movilidad de la ciudad”. Es decir, dejaba en evidencia a la alcaldesa.

De hecho, solo hace falta entrar en la web municipal para consultar las competencias del Ayuntamiento y corroborar —¡oh, chorprecha!— que María José Catalá delegó en un concejal la gestión de Movilidad, Espacio Público y Policía Local. Así que Jesús Carbonell solo tendría que hablar consigo mismo para coordinarse.

Y luego está la hemeroteca, esa gran olvidada. Nunca podré entender cómo el mismo periodista que en julio de 2011 pudo escribir una crónica sobre el desalojo pacífico de la acampada del 15M en la plaza del Ayuntamiento liderado por la Policía Local hoy escriba exactamente lo contrario. Me resisto a pensar que se trate de una estrategia deliberada de manipulación.

Sin embargo, tampoco encuentro muchas alternativas para explicar cómo se puede publicar una cosa y la contraria sin que el objetivo sea proteger a María José Catalá. Ocultar su incapacidad para gestionar o su decisión consciente y voluntaria de hacer las cosas mal. Aquello de “cuanto peor, mejor” que popularizó M. Rajoy.

En cuatro semanas no ha sido capaz de pronunciarse sobre la huelga educativa. Ni una sola palabra de apoyo a las reivindicaciones de unos docentes que han salido a las calles no para pedir una subida salarial, sino para mejorar las condiciones en las que nuestros hijos e hijas aprenden. Nos toman por ignorantes si creen que no sabemos que detrás de la negativa a bajar ratios o mejorar los centros públicos está la defensa de los intereses de la educación privada y concertada.

Es negocio. Y de eso la derecha sabe mucho. María José Catalá también. Basta recordar las permutas de suelo o las adjudicaciones para construir vivienda. Para eso sí demuestra habilidad. Sin embargo, no la tiene para interceder ante Juanfran Pérez Llorca y conseguir que se siente a negociar con los sindicatos. Igual que tampoco tiene problema en señalar constantemente a la Delegación del Gobierno cada vez que ella misma genera un conflicto, evidenciando que Pilar Bernabé le pone especialmente nerviosa.

Y así es como la Plaza de la Virgen se ha convertido en el espejo donde se refleja la verdadera forma de entender la ciudad de María José Catalá. Ha hablado con el Arzobispado, pero no con los docentes. Se preocupa por las molestias al Corpus y al turismo, pero no por las razones que han llevado a decenas de personas a acampar en la plaza.

Catalá tiene que asumir de una vez su responsabilidad y dejar de mentir sobre las competencias municipales. Ella misma se ha desmentido, dejando en evidencia que la gestión del espacio público es competencia del Ayuntamiento. Ha preferido recurrir a la ordenanza de Parques y Jardines para desalojar la plaza antes que sentarse a dialogar con quienes están defendiendo el futuro de nuestros hijos e hijas.

Porque gobernar una ciudad va de eso y no de dividirla entre vecinos buenos y vecinos malos. Entre quienes merecen ser escuchados y quienes pueden ser ignorados. Las familias que llevamos a nuestros hijos e hijas a la escuela pública somos sus vecinas. Los profesores y las profesoras, también.

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