El poder del pueblo
Dicen que fue Montesquieu, hace más de cien años, el que propuso la separación de poderes para garantizar el equilibrio de la autoridad. Pero todo, imagino, bajo la convicción de que el poder reside en el pueblo. Luego apareció el cuarto poder, que está fuera de ese equilibrio amparado en el derecho a la información y la libertad de expresión. Y mucho más tarde aparecieron las redes sociales para pescar en el río revuelto. Han pasado muchas cosas desde Montesquieu, y nosotros seguimos con el asunto de los tres poderes que hoy ya no equilibran.
El pueblo elige al parlamento, el parlamento al presidente, y este al gobierno. Para garantizar la eficacia, el gobierno rinde cuentas ante los diputados. Incluso cabe la moción de censura. Hasta ahí es fácil de entender el hilo argumental, aunque de por medio está el rey, inmune, sin control y sin que nadie lo elija; una anomalía difícil de explicar.
Pero queda el tercer poder reconocido, el judicial, y ese también está fuera de control. El pueblo no interviene en su elección, y ni siquiera podemos opinar sin que nos miren con cara amenazante: usted no sabe con quién está hablando. Y resulta ser un poder sectario al que no puede acceder cualquiera, no crean, hace falta un largo recorrido y un alto coste que no todos pueden pagar. ¿Qué les parece? Todo con esa fantasía de la profesionalidad. Solo aplican la ley escrita, dicen, pero sabemos que no es verdad, en realidad se trata con frecuencia de retorcerla, reinterpretarla, y arrimar la sentencia a su sardina ideológica.
Los padres de la constitución (ninguna madre), almas de cántaro, propusieron el acuerdo como método, vinculado al parlamento. Muy loable, pero para la derecha el acuerdo se convierte en bloqueo hasta que lleguen tiempos mejores. Fin de la historia. Y todavía hay más, la derecha reivindica que los jueces elijan a los jueces, el colmo del corporativismo; un poder que se controla a sí mismo. Imaginen que los diputados eligieran a los diputados. No sé qué diría Montesquieu si levantara la cabeza.
Cuando el acuerdo se hace imposible, aunque sea triste, necesitamos un plan B que controle al poder judicial para que sea como los otros poderes, ni más, ni menos, y ese plan alternativo ha de mirar necesariamente a los votos. No olvidemos que existen jueces progresistas y jueces conservadores, como es lógico; reconocer esa realidad implica volver la mirada a la composición del hemiciclo. La conclusión es que un parlamento de progreso, resultado de unas elecciones libres, no puede estar sometido a una interpretación regresiva de las leyes que él mismo promueve. Eso es trucar la voluntad popular. El pueblo ya no tiene el poder, aunque la Constitución diga que sí. Otra vez papel mojado.
No hemos de tirar la toalla. Los sabios han de ponerse a pensar porque el sistema lo merece y nos jugamos mucho. Después de tantos años de democracia es necesario profundizar en ella y garantizar la convivencia depurando inercias de ayer que nos inmovilizan hoy. No podemos depender de la sala segunda de nosequé, dirigida por detrás y por delante por teléfonos ocultos, y contener la respiración cada vez que abre la boca.
El pueblo somos todos y todas, y no queremos renunciar a nuestra autoridad acerca de la convivencia. Ni siquiera nos han preguntado. Por si acaso, lo decimos alto y claro: los tres famosos poderes, los tres, Montesquieu dixit, emanan del pueblo y es el pueblo el que los controla. El pueblo somos usted y yo, no es un concepto abstracto o literario, es la gente.
Es sencillo. Solo queremos recuperar el control de la justicia, para que sea acorde con la realidad social de nuestro país. Nada más. Mandan los votos, no las puñetas.
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