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Yo también soy español, español, español

Aficionados de España celebran el triunfo del Mundial en la Casa de España en São Paulo (Brasil).
20 de julio de 2026 21:40 h

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El domingo por la noche me puse una bufanda con los colores de la bandera española (rojigualda), mis hijas se pintaron la cara en los mismos tonos, vimos el partido en casa de mi madre, sufrimos durante dos horas, nos indignamos con la marrullería argentina, gritamos “uy” varias veces, temimos que llegasen los penaltis, cantamos con locura el gol de Ferran, le pedimos la hora al árbitro, y celebramos el pitido final gritando por la ventana.

Y ya está, no hay más que decir. Soy español, voy con mi selección, y deseo la victoria en el Mundial como deseo las de mis compatriotas en otras competiciones, no solo deportivas, también en Oscars y Premios Nobel. En el caso del Mundial, además, sin ser yo futbolero -y teniendo muchos reparos al gran negocio del fútbol- me alegra la felicidad de quienes sí lo viven con pasión, se me contagia y me uno con gusto a un estado de ánimo colectivo que, como país, nos endulza por unos días otros sinsabores.

Y ya está, no hay más que explicar. No voy gritando el “yo soy español, español, español”, pero sí soy español, incluso a veces soy español, español, español, cuando mi país o sus representantes (deportivos, culturales, políticos) me dan motivos para estar orgulloso de serlo (ganando un Mundial o condenando en foros internacionales el genocidio de Israel en Gaza, sin que sean cosas equiparables).

Como español de izquierda, federalista, republicano e internacionalista, estoy un poco harto de tener que dar “excusatio non petita” cada vez que españoleo. Cansado de que, para afirmarme como español, tenga que poner por delante la ristra habitual de lugares comunes con que solemos justificar nuestra adhesión: la España de Lorca y Machado, la España de la República y el exilio, la España plurinacional y plurilingüe, la España de quienes tienen otro origen o religión, la España integradora y plural, la España que amplía derechos sociales, la España que (añadan aquí cualquier cosa positiva)…

Es cierto que muchos tenemos una relación conflictiva con los símbolos nacionales y con ciertas exhibiciones de nacionalismo (esas que precisamente abundan cuando hay un éxito deportivo). Tenemos memoria e historia, y tampoco podemos desentendernos del uso interesado que algunos hacen del patriotismo futbolero para reafirmar una forma excluyente de ser español. Pero estamos hartos de tener que dar explicaciones, de sentirnos sospechosos, de parecer españoles de segunda, menos españoles, poco españoles, antiespañoles.

A veces hemos intentado hacer nuestra la bandera constitucional, para que no sea patrimonio de la derecha (lo hizo el PCE durante la Transición, lo intentó Podemos en algún momento, la exhibió Pedro Sánchez en sus comienzos), sin conseguirlo. Otras, hemos probado a crear símbolos alternativos con los que sentirnos cómodos (recuerdo hace años una versión republicana de la camiseta de la selección), también con poco éxito.

Que cada uno se administre su españolidad como quiera. A mí el nacionalismo deportivo me parece el menos dañino de los nacionalismos (aunque a veces sirva de disfraz para otras formas más violentas, claro). Y no pienso dejar que los de siempre se queden con los símbolos ni vayan concediendo o denegando los carnés de patriota, ni en el deportivo ni en otros temas más serios. Mal que les pese, yo también soy español, español, español. Y si quieres, tú también.

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