El rechazo del Gobierno a los traslados de migrantes a la península y la falta de plazas de acogida prolonga la crisis humanitaria en Ceuta
En el laberinto formado por las naves industriales del Tarajal (Ceuta), en los recovecos existentes entre los portones mecánicos de decenas de almacenes, las chabolas se acumulan. En su zona más profunda, más escondida, cientos de personas migrantes duermen en el suelo, a la intemperie, bajo el riesgo de agresiones racistas y peleas callejeras. En distintos rincones como este, hay niños de apenas 13 años a los que solo cuidan quienes se apiadan de ellos. Hay mujeres embarazadas que aguantan contracciones tumbadas sobre el duro suelo de un campo de fútbol al aire libre. Hay jóvenes heridos que no se atreven a ir al hospital, porque cuando lo hicieron solo recibieron gritos.
Superado el mes de la llegada de más de 70.000 personas a Ceuta -de las que han regresado a Marruecos la mayoría según el Ministerio del Interior-, la crisis humanitaria continúa en las calles de la ciudad autónoma. La falta de espacio para atender a los migrantes, la lentitud en la habilitación de nuevas plazas y la negativa del Gobierno a permitir los traslados a la península (donde sí cuentan con espacio en la red estatal de acogida humanitaria) mantiene a miles de migrantes a la intemperie y sin acceso a servicios básicos, mientras que incrementa la tensión entre la población local, en una ciudad de casi 20 kilómetros cuadrados y apenas 85.000 habitantes.
36 días después, el Ministerio del Interior asegura que permanecen en la ciudad solo 5.000 migrantes de los 70.000 que alcanzaron Ceuta a finales de julio, pero las dimensiones de los asentamientos informales y el retraso en su filiación ante la falta de espacios de acogida suficientes apuntan a que la cifra puede ser mucho mayor. Entre ellos, alrededor de 1.300 menores están acogidos en centros de la ciudad autónoma, pero un solo paseo por la ciudad demuestra que cientos de menores aún malviven en las calles, pese a sus sucesivos intentos de tratar de ser recibidos en un centro de acogida.
En el caso de los adultos, la responsabilidad recae en el Ministerio de Migraciones, que en la última semana ha empezado a trabajar en la creación de nuevas plazas en distintos puntos de la ciudad. Preguntados por los retrasos en la habilitación de espacios, fuentes del departamento dirigido por Elma Saiz aseguran estar trabajando para abrir “el mayor número de plazas posibles en el menor tiempo posible”. La construcción de nuevos espacios de acogida provisional no está resultando sencilla en una ciudad de 20 kilómetros cuadrados, y que ya acogía a un número de migrantes considerable debido a su posición fronteriza. El Ejecutivo central necesita la cesión municipal del suelo, y el Ayuntamiento se choca con el rechazo vecinal de algunos barrios a recibirles.
En anteriores crisis migratorias, la percepción de emergencia suele disiparse con una estrategia habitual: los traslados de migrantes a la península, por los que el Ejecutivo desplaza a los adultos de aquellos lugares más colapsados a otros centros de la red de atención humanitaria estatal. El Ministerio del Interior confirma a elDiario.es que por el momento no realizará este tipo de traslados, dado que su objetivo continúa devolver a las personas llegadas a Ceuta este verano. Sin embargo, retornarlas por la vía regular es un procedimiento lento, que requiere de una infraestructura de acogida mayor de la existente en la ciudad autónoma. Mientras, miles de personas siguen sin identificar y en situación de calle.
Aya duerme con su novio en el suelo del asentamiento improvisado de las naves del Tarajal. Se ha buscado un lugar algo más solitario, para tratar de esquivar las tensiones de convivencia surgidas durante las noches. “Este sitio no es seguro, hay muchas peleas, no nos podemos duchar y apenas podemos comer. Queremos ir a un centro, pero siempre me rechazan”, lamenta la mujer, de origen saharaui. Dice su procedencia con cierto temor a que otros compañeros no escuchen su preocupación: “Me gustaría pedir asilo, pero tampoco sé cómo ni sé quien puede explicarme”, dice la joven, de 27 años. La falta de información jurídica también brilla por su ausencia, especialmente en los asentamientos informales.
Omar, de ojos claros y pelo rizado, trata de aparentar ser mayor de lo que menudo cuerpo aparenta. Tiene 13 años y lleva más de un mes en situación de calle, durmiendo sobre cartones entre las naves de Tarajal, donde la concentración de grupos de migrantes sin apenas vigilancia. El 30 de julio nadó se lanzó al mar solo con la intención de llegar a Ceuta, como lleva intentándolo desde los 10 años. Cuando se le pregunta dónde duerme, señala la acera de las naves del Tarajal. “Estoy solo aquí, no tengo madre, no tengo a nadie y allí solo está mi padre, pero no están las cosas bien”, dice el chaval. “Intenté apuntarme en comisaría para que me lleven a un centro, pero me dijeron ‘fuera, fuera’”, añade el pequeño, horas antes de anochecer.
“La situación lejos de solucionarse, se agrava, se agrava en tres dimensiones. Lo primero que se mantiene es el hambre. Cruz Roja da una reacción de comida al día, y ni llega a todo el mundo. Mucha gente en situación de calle, que vive más escondida por miedo a las agresiones que denuncian, no la recibe”, explica Ric Fernández, coordinador de el colectivo No Name Kitchen. “Hemos visto a gente mascando ramas de árboles, lo vimos al principio y lo hemos visto un mes después”.
Las condiciones de salud de las personas migrantes que permanecen en Ceuta tras la llegada masiva de este verano están marcadas por la precariedad y la falta de acceso a recursos básicos. Según Médicos del Mundo, miles de personas continúan viviendo en campamentos improvisados, con un acceso muy limitado a agua potable, alimentación, higiene y atención sanitaria. La organización advierte de que esta situación afecta especialmente a la población más vulnerable, entre la que se encuentran al menos 1.342 niños, niñas y adolescentes, y reclama que la respuesta institucional se aborde desde una perspectiva de crisis humanitaria y de garantía de derechos.
Ante esta situación, Médicos del Mundo desplegó un equipo de emergencia formado por personal médico, de enfermería, psicología, mediación intercultural y farmacia, con dos unidades móviles destinadas a atender a las personas concentradas en las zonas de El Tarajal y la playa del Trampolín. La organización señala que muchas de las patologías atendidas están directamente relacionadas con las condiciones del viaje y de la estancia en la ciudad: lesiones físicas, cuadros de deshidratación, problemas dermatológicos, infecciones, así como un importante impacto sobre la salud mental derivado del estrés, la incertidumbre y las experiencias traumáticas vividas durante el proceso migratorio.
Más allá de la atención de urgencia, Médicos del Mundo subraya que uno de los principales problemas es la dificultad de acceso al sistema sanitario. Las personas migrantes se enfrentan a barreras administrativas, informativas, idiomáticas y culturales que dificultan el ejercicio efectivo del derecho a la salud, especialmente cuando se encuentran en situación administrativa irregular o carecen de documentación. La organización sostiene que estas limitaciones no solo agravan enfermedades evitables y retrasan los tratamientos, sino que incrementan la vulnerabilidad de una población que ya llega en condiciones de extrema fragilidad física y psicológica.
Mientras una parte de la ciudad expresa su malestar por la llegada de miles de personas migrantes, otras vecinas han optado por responder desde la solidaridad. No forman parte de ninguna organización ni cuentan con grandes recursos, pero acuden a diario con agua, comida o bolsas de basura para quienes continúan durmiendo a la intemperie. “Lo poquísimo que puedo hacer”, explica una de ellas, que, pese a tener una incapacidad reconocida tras romperse varias vértebras, sigue acercándose para ayudar. “Esta mañana estaba lloviendo y yo he sacado bolsas de basura para que guardasen las pocas cosas que tienen”.
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