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Lo de Ceuta no se podía saber

(De izq a der) El ministro de Política Territorial y Memoria Democrática, Ángel Víctor Torres, el ministro de Interior, Fernando Grande-Marlaska, y la ministra portavoz y titular de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, Elma Saiz, dan la rueda de prensa convocada tras la reunión del Consejo de Ministros este martes en el complejo del Palacio de la Moncloa. EFE/ Chema Moya
25 de agosto de 2026 21:53 h

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El jueves 30 de julio estaba yo tal que hoy, escribiendo mi artículo para el día siguiente. Era un día tranquilo, la gente tenía ya la cabeza puesta en las vacaciones, calma chicha en la actualidad política. Dejé escrito mi artículo temprano, uno sobre las quejas laborales de los bomberos forestales en plena ola de incendios, y me fui a echar el día a la playa con mis hijas y unos amigos. A primera hora de la tarde, estando yo en la sombrilla, me llamó Marco, el jefe de Opinión, para pedirme que escribiese de lo que estaba ya pasando en Ceuta, la entrada de cientos de personas por la frontera. Así que me fui al chiringuito, leí las últimas noticias y escribí sobre lo que a esa hora parecía una crisis migratoria no muy diferente a la de 2021. En mi artículo hablaba de “2.000 o 3.000 personas” pero esa misma noche, regresando a Sevilla en el coche, en la radio hablaban ya de 30.000, así que paré en una gasolinera y avisé a la redacción para corregir mi artículo: solo pedí que añadiesen un cero a mis cifras, “20.000 o 30.000 personas”, pues la idea de fondo se mantenía (crisis migratoria). Así de espabilado estaba yo aquel día. Como analista de política migratoria y relaciones España-Marruecos no tengo precio, no me digan.

Si enseño mi apasionante cocina periodística de aquel día, es para demostrar que lo de Ceuta no se podía saber, no se podía anticipar, fue toda una sorpresa. Si yo, un columnista de medio pelo que escribe desde el chiringuito, no lo vi venir, ¡cómo lo iban a anticipar el Gobierno, los servicios de inteligencia, las fuerzas y cuerpos de seguridad, el ejército, los agentes destinados en Ceuta, los informadores que se supone que tenemos en Marruecos o los expertos que deben de asesorar al Gobierno! ¡Nadie lo podía saber! ¿Cómo iban a enterarse todos ellos del movimiento de 80.000 personas hacia Ceuta, si no me coscaba yo desde la sombrilla?

¿Se entiende la ironía o hago un dibujo? Casi un mes después de la entrada masiva de personas en Ceuta, el flanco más débil de la posición del Gobierno sigue siendo la ceguera de aquella semana, que les cogiese desprevenidos. Que no reaccionasen a tiempo, que no hicieran nada para reforzar la frontera, que no se coordinasen con Marruecos, y que no tuviesen preparada una respuesta no solo policial sino también humanitaria, que ha tardado semanas en llegar. Se ha dicho muchas veces, para acusar a Marruecos de complicidad, que 80.000 personas con neoprenos y flotadores no se mueven de repente sin que nadie las vea. Tampoco sin que las vean desde España.

Lo cierto es que no hacía falta ser un espía con fuentes bien informadas en Marruecos: aquella misma mañana, mientras conducía hacia la playa, escuché en la radio al presidente de Ceuta, Juan Jesús Vivas. En honor a la verdad, nadie puede decir que Vivas no lo vio venir ni lo avisó. Sus palabras a esa hora, cuando solo habían entrado varios cientos en los días previos, eran de total alarma, alertaba del desborde y la “emergencia humanitaria y social”, y pedía ya al Gobierno el mando único que ha tardado un mes en llegar. No solo Vivas: la prensa ceutí de aquella semana no hablaba de otra cosa.

No sabemos si creer a Margarita Robles (que el CNI avisó) o a Marlaska (que no hubo ningún informe avisando). Y tampoco sabemos cuál de las dos posibilidades es más preocupante: que nadie se enterase, o que se enterasen y no hicieran nada. A ver si al menos se aclaran.

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