No me politicéis a García Lorca
Qué manía la izquierda con apropiarse de García Lorca, politizarlo, patrimonializarlo y tratar de convertirlo en icono antifascista, republicano, de izquierdas y queer. Olvidan que el granadino, “fallecido” hace 90 años, fue un “poeta universal” que no se metía en política, no militó en ningún partido, tenía amigos de izquierdas y de derechas, puede que hasta fuese íntimo de José Antonio y simpatizase con la Falange, era un patriota español antes que cualquier otra bandera, sentía la religiosidad popular, le gustaban los toros, el flamenco y las tradiciones, pasó sus últimos días en casa de un amigo falangista, no lo mataron por rojo ni por maricón sino por “rencillas personales” y los típicos desórdenes y odios de toda guerra civil, en un momento en que los republicanos también mataban lo suyo, los republicanos que también asesinaron a escritores como Muñoz Seca ¡en Paracuellos!
Si te ha picado todo el cuerpo leyendo el primer párrafo (que recoge frases repetidas en cada aniversario), te entiendo: yo llevo con esa comezón y esa mala leche muchos años. Al menos desde que en el centenario de su nacimiento, 1998, vi una exposición en el Museo Reina Sofía que trataba al poeta como únicamente eso, un poeta, pasaba de puntillas por buena parte de su vida (para cabreo de Ian Gibson), y concluía el recorrido en una sala aséptica donde la única información sobre su muerte era la reproducción (supongo que irónica) del falso certificado de defunción franquista que atribuía su muerte a “heridas producidas por hechos de guerra”, la fórmula habitual para referirse a los fusilados. “Todo el mundo sabe que García Lorca fue asesinado por los fascistas, qué necesidad de repetir lo obvio”, debieron de pensar los responsables de la exposición.
Por aquel entonces el presidente Aznar, gran aficionado a la poesía “universal”, tonteó con la memoria del poeta (y con su fundación y su familia), insistiendo en que “la poesía no tiene ideología”. Aznar continuaba una tradición en la derecha española: “despolitizar” la figura de García Lorca y su asesinato, para quedarnos con el poeta sin más añadidos, y así aliviar la mala conciencia del Franquismo por haberlo asesinado (no porque lo sintiesen, sino por el daño de imagen que le supuso).
Si durante el tardofranquismo y todavía en los primeros años de democracia los libros de texto escolares hablaban del poeta exclusivamente como poeta, en las últimas décadas la derecha política, mediática y cultural ha hecho todo lo posible por subrayar la condición “universal” y “apolítica” de García Lorca, difundiendo además teorías dudosas o directamente bulos (su intimidad con José Antonio y la Falange, o las “rencillas personales” que causaron su asesinato). Con poco éxito, hay que decirlo. Así que el último intento, en pleno revival neofranquista, es acusar a la izquierda de “politizar” al “poeta universal”, a ver si cuela.
Es decir, que lo político no es ni su vida, ni su compromiso, ni sus actos y palabras, ni su época, ni por supuesto su asesinato; sino la lectura interesada que del poeta hacen la izquierda revanchista, el lobby LGTBI, lo woke, la cultura progre, la antiEspaña, Pedro Sánchez y supongo que ETA.
Que sí, que el mejor homenaje es leerlo (yo me quedo con el póstumo Diván del Tamarit, que da la medida de hasta dónde habría llegado si no lo hubiesen asesinado); y ya sé que es inmenso, no puede reducirse a ningún aspecto de su rica y compleja personalidad. Pero lo que recordamos hoy es el 90 aniversario de un asesinato político y una desaparición forzosa. Una que, como las decenas de miles de asesinados y desaparecidos, duele todavía. “Me separa de los muertos / un muro de malos sueños”.
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