A mí no me van a desahuciar
Decimos que “todos somos Maricarmen”, pero es solo una forma de hablar: a ella la han desahuciado, a mí no me puede pasar, yo trabajo y tengo ingresos suficientes, pago puntual cada mes, vivo sin lujos pero también sin apreturas, y hasta me llega para unas cortas vacaciones. A mí no me van a desahuciar, no estoy en riesgo de pobreza, soy clase media, aunque sea clase media baja, incluso clase media muy baja, pero sigo siendo clase media, eh. A mí no me van a desahuciar porque, si todo sale mal, tengo familia que me apoya.
A mí no me van a desahuciar, aunque soy autónomo y mañana mismo podría perder trabajos con los que contaba, sufrir un impago prolongado, que suban los tipos de interés y me revisen la hipoteca, que venga otra crisis económica. A mí no me van a desahuciar pero puedo divorciarme y que ya no salgan las cuentas con un solo sueldo, tener un problema grave de salud que trastoque planes, meterme en un negocio que acabe mal, endeudarme y no poder devolverlo. A mí no me van a desahuciar pero avalé a mi hija y estoy atado a su suerte. A mí no me van a desahuciar pero, sin que me pase nada de lo anterior, puede llegar mi casero o el fondo que compró mi bloque entero, y subirme el alquiler para echarme, como le pasó a Maricarmen.
Los desahuciados siempre son los otros, no nos va a pasar a nosotros. Recuerdo cuando hace doce años los desahucios abrían a diario los informativos y las víctimas se organizaban en la Plataforma de Afectados por la Hipoteca. Estuve en varias de sus asambleas para documentarme en algo que estaba escribiendo. Y siempre encontraba familias de esas que se decían “a mí no me van a desahuciar”, hasta que les llegó el burofax. Trabajadores con buen sueldo, pequeños empresarios, gentes que habían vivido desahogados hasta que la crisis económica o una desgracia personal (o una mezcla de ambas) les hizo perder pie. Incluso padres con la casa pagada y sin problemas económicos, que habían avalado la hipoteca de un hijo y cayeron con él.
Todos entonaban el mismo “yo jamás pensé que me pudiera pasar a mí”, y sus tristes historias recibían más atención de los medios y más empatía ciudadana, lo que por cierto es una mierda: empatizamos más con ellos, que son “como nosotros” (clase media, jaja), como si el desahucio de familias pobres fuese el orden natural de las cosas. Recuerda a cuando decimos que en las familias de clase alta “también” hay violencia machista, como si en cambio fuese normal que la chusma se maltrate.
A la vuelta de más de una década, cuando se supone que no estamos en aquella crisis terrible sino en una de las economías con mejores indicadores de Europa, volvemos a hablar de desahucios (que nunca han cesado), y hasta regresan las acampadas indignadas a Sol. Pero seguimos pensando que los desahuciados son los otros, que no nos va a pasar, que el decreto esperado del gobierno está muy bien porque ayudará a los pobrecitos como Maricarmen (que no tenía una pensión de pobrecita, y tampoco se libró).
No nos damos cuenta de lo cerca que estamos de acabar desahuciados la mayoría de nosotros. No todos, claro: la desigualdad social asegura la salvación de una minoría privilegiada, pase lo que pase. Pero muchos estamos a no tanta distancia como creemos de perder pie, de tropezar mañana mismo, encadenar varios tropiezos, trastabillar durante meses como esos traspiés cómicos que parece que te caes, que te caes, que te caes, hasta que te caes. No nos damos cuenta de lo endeble que es nuestra red de seguridad y de lo mucho que necesitamos medidas urgentes para quienes más riesgo tienen de desahucio, y también para nosotros, que nunca, nunca, nunca vamos a ser desahuciados.
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