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Nos sentimos abandonados

La ministra de Defensa, Margarita Robles, junto a una vecina de Ceuta en su visita del pasado 12 de agosto a la ciudad autónoma.
23 de agosto de 2026 20:56 h

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“Nos sentimos abandonados”, repiten los vecinos de Ceuta desde hace semanas. “Nos sentimos abandonados”, protestan los médicos en Ceuta, desbordados. “Nos sentimos abandonados”, podrían decir también las personas migrantes que malviven en Ceuta desde hace casi un mes.

“Nos sentimos abandonados”, dijeron este sábado miles de personas en Jaca, tras los grandes incendios de este verano. “Nos sentimos abandonados”, denuncian los bomberos forestales de Aragón y los de otras comunidades, exhaustos y sin medios suficientes. “Nos sentimos abandonados”, decían hace unos días los vecinos de las Hurdes, en Extremadura, en pleno incendio. “Nos sentimos abandonados”, recuerdan los vecinos de los pueblos que ardieron el año pasado y que ven cómo las promesas de ayudas y recuperación no se cumplen.

“Nos sentimos abandonados”, protestan a cada poco los vecinos de muchos barrios de España, cada uno con su abandono particular, ya sea por limpieza, inseguridad, problemas sociales o equipamientos que nunca llegan. “Nos sentimos abandonados”, lamenta la España vaciada que sigue abandonada tras el eclipse. “Nos sentimos abandonados”, se queja el mundo rural. “Nos sentimos abandonados”, se resignan miembros de los cuerpos de seguridad en zonas del sur donde el narcotráfico va ganando la guerra de posiciones. “Nos sentimos abandonados”, imploran cada cierto tiempo trabajadores de todo tipo de sectores faltos de recursos, autónomos asfixiados, pequeños comerciantes, inquilinos al borde del desahucio, madres y padres de colegios con carencias, enfermos de patologías desatendidas, familiares de personas dependientes, viajeros cuando se avería un tren, y cualquier colectivo que quieras añadir a la lista, que podríamos llenar varios párrafos.

“Nos sentimos abandonados” es uno de los lamentos más repetidos. Ya sea dirigido al gobierno central, al autonómico, al ayuntamiento de turno o a la lejana Unión Europea, son incontables los colectivos que denuncian abandono y reclaman atención, respuesta, soluciones. A veces las encuentran, a base de protestar una y otra vez con pancartas de “nos sentimos abandonados”. La mayoría de las veces no lo consiguen, o la respuesta no está a la altura de lo esperado, no mitiga la sensación de abandono.

En el fondo, esa sensación de estar abandonado es consustancial a nuestro tiempo. El desamparo parece ser la condición natural de la vida que nos ha tocado. Un desamparo que es político, social y económico, por supuesto, pero que en último término es un desamparo sin fondo, de época, diría que ontológico, cósmico, interminable e inconsolable. Las transformaciones de las últimas décadas, el desmontaje de la vida en común, el muy neoliberal “sálvese quien pueda”, la sucesión de crisis y sucesos excepcionales, nos condenan a la incertidumbre, la intemperie, el miedo, la nostalgia reaccionaria y esa sensación de abandono sin fin.

Por supuesto que ciertas denuncias de abandono tienen responsables, deberían tener solución o al menos alivio, y ningún gobernante puede excusarse en consideraciones antropológicas sobre el interminable desamparo humano de nuestra época. Los vecinos de Ceuta, como los de las zonas incendiadas, los colectivos de los tres primeros párrafos y muchos otros, tienen razón en su denuncia y merecen respuesta. Pero nada será suficiente para que dejemos de sentirnos fatalmente abandonados.

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