El barco del exilio español de Neruda: “Nos obliga a preguntarnos qué puertos estamos dispuestos a abrir hoy”
Se vieron obligados a huir como fuera. Aun sin sus más preciadas pertenencias, mientras dejaban atrás sus casas y pequeñas posesiones, casi con lo puesto, y hasta con familiares que se quedaban en tierra. Miles de españoles encontraron en los barcos del exilio la única escapatoria al avance de las tropas sublevadas durante la Guerra Civil. Nombres propios como los de Stanbrook, Ronwyn, Lézardrieux, Sinaia, Cuba y Volendam grabados en el casco de las naves zarparon de distintos puertos con un solo objetivo: que aquellos perseguidos por la violencia pudieran escapar.
Entre aquellos buques se encontraba el renombrado Winnipeg, al que homenajea una película, que adapta una novela gráfica de Lucía Martel. “Recordar aquello nos obliga a preguntarnos qué puertos estamos dispuestos a abrir hoy”, adelanta Beñat Beitia, uno de los directores del film.
‘Winnipeg, el barco de la esperanza’ cuenta la historia de esta nave fletada con la ayuda de Pablo Neruda, que partió del puerto de Pauillac el 4 de agosto y arribó en Valparaíso el 2 de septiembre. Chile, por entonces gobernado por Pedro Aguirre Cerda, no fue el único que recibió a refugiados, sobre todo niñas y niños, que pretendían salvarse de los horrores de la guerra que había estallado en julio de 1936.
“Hubo varias expediciones marítimas que trataban de proteger a la población civil republicana. México, la Unión Soviética o Reino Unido recibieron solidariamente estos contingentes y muchos de ellos no regresaron nunca a España”, explica Jorge de Hoyos, profesor del departamento de Historia Contemporánea de la UNED y uno de los mayores estudiosos de los barcos del exilio.
Los últimos de Alicante
Juan Martínez Leal, historiador jubilado y miembro del Archivo de la Democracia de la Universidad de Alicante, ha estudiado en profundidad la realidad que vivieron los barcos del exilio al final de la guerra, sobre todo aquellos cuyo destino fue el norte de África. Su investigación se centra en lo sucedido en Almería y la Comunitat Valenciana a partir de los sucesos del 5 de marzo en Madrid, cuando el coronel Segismundo Casado intentó derrocar al Gobierno republicano de Juan Negrín mediante un golpe de Estado.
A partir de ese momento, Alicante se convirtió por su posición central y más alejada de los frentes en la puerta de evacuación durante marzo de 1939 de los barcos más importantes. El 1 de abril terminó la guerra. “Se dieron trágicos sucesos en el puerto. Cuando ya habían zarpado los barcos, seguía llegando gente pensando que podría haber más. Miles de personas quedaron atrapadas en el puerto, hechas prisioneras por las tropas de ocupación franquistas, tanto por tierra como por mar”, ilustra Martínez. Detuvieron en masa a unas 15.000 personas.
Según sus datos, fueron más de 50 naves las que aquellos días de marzo zarparon desde Alicante, entre los que se contaban también barcos de pesca y pequeños navíos, además de grandes buques mercantes. Entre los segundos se encontraba el SS Ronwyn, que el 12 de marzo partió hacia Orán con 646 pasajeros a bordo.
La jornada en que los sublevados se hicieron con Madrid, el 28 de marzo, también con destino a Orán, partió el barco Lézardrieux con más de 500 refugiados seleccionados por el Frente Popular de Valencia. Entre los pasajeros se encontraba un grupo selecto de periodistas y redactores de la prensa comunista y de izquierda, además de muchos oficiales y jefes del Estado Mayor, alcaldes, consejeros provinciales y diputados.
El mismo día que este último, partió de Alicante a las 23 horas otro buque más conocido, el SS Stanbrook. Fletado por la Federación Socialista Provincial de Alicante, acogió a bordo a entre 2.638 y 3.028 pasajeros apretujados por todas partes, desde las bodegas y las sentinas y las cubiertas hasta el palo mayor, tal y como recoge el mencionado Archivo de la Democracia. En esas condiciones navegó hasta Orán donde los pasajeros, excepto las mujeres y niños, fueron retenidos en el barco casi un mes en deplorables condiciones.
Martínez recalca que lo sucedido con estos barcos “fue una epopeya realmente dramática” para aquellas personas que habían perdido una guerra, se exiliaban y no sabían con certeza qué les depararía el destino más próximo. El historiador admite que es difícil cerrar una cifra, pero sostiene que en torno a 12.000 personas en total pudieron abandonar España gracias a estos barcos.
Francia, salida de los últimos embarques
Sobre la procedencia y casuística de los barcos, el experto de la UNED apunta que es muy variada. “Durante la guerra, los acuerdos internacionales con los pocos gobiernos amigos de la República contribuyeron a organizar los viajes, aunque el peso de la solidaridad de organizaciones sindicales y obreras jugaron un papel clave”, añade. Bilbao, Gijón y Valencia se convirtieron en los principales puertos de salida.
Una vez finalizada la contienda, con la derrota de las fuerzas democráticas, el Estado republicano desplegó buena parte de sus recursos económicos para financiar pasajes hacia América, en un contexto internacional muy incierto, comenta De Hoyos. El objetivo de las expediciones era salvar al mayor número de compatriotas posible, aunque los recursos no daban para todos, añade. Por eso, se buscó también ayuda internacional para complementar los gastos excesivos en un momento prebélico mundial, con escasez de pasajes.
De esta forma, Francia se convirtió el país en el que tuvieron lugar la mayor parte de los embarques, pues en él se concentraba el grueso del exilio. “Es difícil dar una cifra exacta total. Una aproximación arriesgada sería en torno a 40.000 personas” las que huyeron por mar desde el país galo, cuantifica el historiador. Durante el trayecto y gracias a los diarios de viaje de sus moradores, los exiliados dejaban ver una mezcla de incertidumbre hacia lo desconocido, un alivio por el horror dejado atrás y un interés por aprender sobre los nuevos destinos en los que se adentraban, tal y como precisa el docente de la UNED.
El Winnipeg se convirtió en una de las naves de mayor renombre. Según el Ministerio de Cultura, fue el Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles (SERE) la entidad que organizó la expedición que trasladó a 2.300 exiliados españoles a Chile tras un mes de viaje. La expedición fue promovida por el poeta chileno Pablo Neruda, quien viajó a Francia como cónsul especial para la emigración española en París y que, en coordinación con el SERE, organizó la expedición marítima.
La solidaridad, una decisión política
Laura Martel, autora de la novela gráfica 'Winnipeg. El barco de Neruda' y coguionista de la película de animación que le da movimiento, no conocía su historia. Le impresionó tanto la primera vez que la escuchó que preguntó a algunos de sus allegados si sabían de ella. Respondieron que no, así que decidió publicarla en formato cómic. “Quería mostrar que es posible que cualquier persona pueda crear un mundo mejor por el simple hecho de hacer algo por los demás”, reconoce a elDiario.es.
Ese espíritu es el que ha seguido vivo en Beñat Beitia y Elio Quiroga, directores de la cinta. El primero de ellos admite que “Neruda fue esencial, pero aquello fue una obra colectiva que demuestra la solidaridad que se convierte en fuerza para ser capaz de transformar y mejorar la vida de miles de personas”. “Aquellos barcos no transportaban solo refugiados, sino vidas, conocimiento y futuro, justo lo que la dictadura y previamente las tropas sublevadas quisieron interrumpir en España”, agrega.
Desde el punto de vista del cineasta, cada barco del exilio habla de una pérdida, pero también de una sociedad que, no sin algunos sectores de la población en contra, permitieron abrir un puerto allí donde otros habían cerrado la frontera. “Recordar aquellos barcos obliga a preguntarnos qué puertos estamos dispuestos a abrir hoy”, reitera Beitia.
El director, asimismo, traza un paralelismo entre lo ocurrido hace casi 90 años y lo que sucede en la actualidad con la cerrazón y la insidia hacia los migrantes que esgrime la derecha y extrema derecha en España. Al igual que hoy en día, en Chile hace nueve décadas se utilizaron los bulos y las informaciones falsas para propagar el rechazo al extranjero. “Decían que llevarían enfermedades, que iban a quitarles el trabajo, que eran rojos hijos del demonio”, ejemplifica.
Beitia recuerda una realidad con ecos en el presente. Mientras Europa expulsaba a algunas de sus gentes, las perseguía y encerraba, contados países decidieron recibirlas, abrieron sus puertos. “La solidaridad no es un sentimiento abstracto, sino una decisión política para intentar mejorar la vida de las personas que nos rodean”, finaliza el director de la película.
0