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La guerra no la perdimos todos: el 'asalto' al consenso histórico como estrategia
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La guerra no la perdimos todos: el 'asalto' al consenso histórico sobre el franquismo como estrategia política

Foto difundida por EFE en 1940 de la entrevista de Franco y Hitler en Hendaya.

Marta Borraz

30 de enero de 2026 22:30 h

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Cuatro décadas lleva el catedrático de Historia Contemporánea Julián Casanova formando a generaciones de futuros historiadores desde las aulas de la Universidad de Zaragoza. Casanova, uno de los expertos más reconocidos por sus estudios sobre la Guerra Civil y el franquismo, dejará este año sus funciones como profesor, aunque seguirá investigando y difundiendo historia en redes sociales, una actividad de cuya utilidad es un profundo convencido. Cada día recibe los comentarios de decenas de personas que reaccionan a sus publicaciones. Una minoría le insultan, le acusan de ser “defensor” de Pedro Sánchez o de “no hablar de Paracuellos”. Una minoría que está en aumento.

Lo que a muchos de ellos les molesta es que el historiador, autor de la biografía Franco (Crítica, 2025), explique el golpe de Estado que los sublevados dieron en 1936 contra la República o la magnitud de la represión durante la dictadura. “Hay cosas que son incuestionables e innegables y no porque alguien un día se levantó y lo dijo, sino porque la historiografía las ha indagado. Negar la represión de Franco es negar el trabajo de algunos de los mejores historiadores del mundo. Tras ellos hay solidez, rigurosidad y años de investigación”, apunta Casanova.

El historiador era uno de los que iban a participar en el congreso Letras en Sevilla, organizado por Arturo Pérez-Reverte y Jesús Vigorra, y que han decidido posponer tras varias renuncias. A la cancelación del escritor David Uclés por no querer compartir espacio con el expresidente José María Aznar e Iván Espinosa de los Monteros le siguió la de varios perfiles más debido al enfoque del congreso, bajo el título La guerra que perdimos todos –al que luego los organizadores añadieron unas interrogaciones–. La polémica ha suscitado un debate entre quienes aplauden las renuncias y las voces que defienden su asistencia para contrarrestar desde la rigurosidad el revisionismo histórico que implica esa afirmación.

Un negacionismo que actualmente está en auge de la mano de la extrema derecha, que niega los consensos. Es lo que plasma Vox en sus intervenciones públicas e iniciativas –algunas, como las derogaciones de las leyes autonómicas de memoria, junto al PP–. En ellas obvia el golpe de Estado y la violencia del régimen y equipara la República a la dictadura. El franquismo solo aparece para afirmar que “nunca ha habido un relato consensuado sobre este periodo”. Ello se suma a un fenómeno auspiciado por la ultraderecha cada vez más extendido y que tiene que ver con la puesta en duda del conocimiento científico, un proceso que es global y que afecta a todos los campos.

“Vivimos en un escenario de cuestionamiento de las voces de autoridad en muchos ámbitos. Y no se trata de negar la legitimidad de participar y opinar a quienes no son expertos, pero lo que está ocurriendo es que se está impugnando sistemáticamente a personas que dedican su vida a la investigación”, explica el historiador de la Universitat Autònoma de Barcelona David Alegre. Esto “propicia un espacio enorme de relativismo” en el que “campan los discursos conspiranoicos y la puesta en duda de todo” y “abre la puerta” a romper los consensos “básicos” en cuanto a lo que significó la dictadura franquista.

Casanova coincide en el alza del “desprecio por el conocimiento” e insiste en reivindicar la importancia de la investigación rigurosa frente a las opiniones. “Yo no opino de historia. Opino de si me gusta el fútbol o de cuál es el mejor vino, pero la historia se indaga en base a fuentes y archivos. Ningún historiador serio oculta lo que encuentra porque no le guste ni va en busca de certezas preconcebidas”. Lo contrario es “la manipulación política” del pasado, algo que no es nuevo pero que emerge en las redes sociales de la mano de figuras de la ultraderecha mediática y política.

El pasado, en disputa

Estos postulados reproducen los de un abanico de nombres que han sonado con fuerza en el espectro del revisionismo histórico, con Pío Moa a la cabeza. El escritor, que ha vendido miles de libros, difunde una visión de la Guerra Civil en línea con los relatos sobre los que se edificó la dictadura, en la que acusa a la izquierda de ser responsable y muestra a los franquistas como salvadores de España. Su producción, que reviste de un supuesto rigor histórico, es prolífica –casi va a libro por año– y es, junto a otros perfiles, una de las referencias de asociaciones como la Fundación Nacional Francisco Franco, que publica sus artículos.

Aunque la influencia de Pío Moa –que el expresidente Aznar confesó leer– ya no es la misma que hace unos años, sí lo son sus tesis, que enarbola la extrema derecha en un momento en el que un 20% de la población (hombres, en su mayoría) valora positivamente la dictadura. “El conocimiento del pasado es un objeto en disputa porque a partir de ahí se construyen posiciones de poder. Por eso se intenta desacreditar a los profesionales de la Guerra Civil que tienen consenso en cómo se produjeron estos hechos”, apunta Alegre.

El fenómeno busca amplificar tesis superadas por la historiografía y presentarlas como corrientes equivalentes a la investigación, tras la que, en realidad, hay un método riguroso. La catedrática de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza Ángela Cenarro apunta al “acopio y la crítica de fuentes” y al trabajo de archivo. “Hay que saber manejarse en ellos, tener claro cómo se han construido, qué límites y posibilidades nos ofrecen y contrastarlos. No podemos hacer un trabajo solvente de un día para otro, se requiere formación y amplitud de miras”.

Cenarro añade como clave la importancia de “contrastar” con otros “colegas” de profesión en congresos nacionales e internacionales, en los que “se plantean divergencias y se llega a consensos mayoritarios que se consideran incontrovertibles”. Entre ellos, explica el historiador de la Universidad Complutense de Madrid Gutmaro Gómez Bravo, está el de que la Guerra Civil “fue fruto” del golpe de Estado franquista contra la República o que la escala de la represión franquista alcanzó al menos los 100.000 ejecutados en la Guerra Civil y otros 50.000 hasta 1946, cifras que la narrativa negacionista suele minimizar al máximo.

El hispanista Paul Preston, que ya en 1978 escribió sobre la contienda española, reivindica el papel del rigor científico en la investigación y señala algunos de los hechos incuestionables que la narrativa franquista todavía hoy cuestiona. “No se puede debatir, por ejemplo, la escala de la represión franquista o el bombardeo de Gernika, la masacre de Badajoz, el número de personas en campos de concentración o los intentos de Franco de aliarse con Hitler y un larguísimo etcétera”, sostiene el autor de El holocausto español. Odio y exterminio en la guerra civil y después (Debate, 2011). Porque a la contienda, ganada por los franquistas, le siguieron cuatro décadas de dictadura y exterminio de las libertades y de la considerada “antiEspaña”.

“Son muchos los trabajos y los grupos de investigación que se han dedicado a ver los consejos de guerra de las ocho regiones militares de España y llegan a superar el millón. Un volumen brutal”, explica Gómez Bravo. A ello hay que sumar la parte del territorio sobre la que hay “un vacío documental” y las ejecuciones que no dejaron rastro, lo que puede hacer que nunca llegue a haber una cifra definitiva. “Pero en todo caso, el dato va en ascenso, no decrece”, añade el historiador, que afirma, al mismo tiempo, que el “anticlericalismo y la matanza de religiosos” por parte de la izquierda “es innegable” en los primeros meses de la contienda.

El revisionismo, sin embargo, suele extender esa violencia –muy diferente en escala y duración– a antes de la Guerra Civil para justificar la afirmación de que ese es el origen de la contienda. “No quiere decir que no sea algo que tenemos que seguir estudiando, pero lo que hacen erróneamente es trasladar esa imagen de República violenta a antes de la guerra y, en realidad, no fue así”, esgrime Gómez Bravo. “Nos acusan de no abordar lo que no nos interesa, pero al igual que he escrito sobre Franco, he escrito sobre el anarquismo y el anticlericalismo que se vuelve violento a partir del 18 de julio. Si alguien me señala por no haber escrito de Paracuellos, es que no me han leído”, añade Casanova.

Que haya cuestiones consensuadas no quiere decir que en la historiografía no haya debate. “De hecho, es una de sus fortalezas. En las ciencias sociales huimos de la visión de que hay una única verdad absoluta y, de hecho, la discusión es algo que debemos propiciar, pero en base a nuevas fuentes y acercamientos metodológicos y teóricos rigurosos”, reseña Cenarro. Los especialistas apuntan a “líneas de investigación emergentes” que aportan nuevas generaciones de historiadores o hallazgos y descatalogación de archivos que hacen evolucionar el conocimiento.

Los hechos del pasado, además, no llegan “de forma pura” al presente, apunta Casanova. Los documentos que están en los archivos han sido escritos por personas y después llega a ellos el historiador “desde el presente”, pero llega “condicionado por los debates de la actualidad, por su género, por lo que vive y sus circunstancias”, señala el experto. “Estamos hablando de una materia prima inagotable. Siempre puede haber debate y cada historiador, aunque sea muy honesto, tiene el filtro de su propia ética y educación, pero una cosa es el debate y la historiografía hecha a base de investigación y otra es la propaganda a base de mentiras”, concluye Preston.

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