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El diálogo que perdimos todos

El cartel de las jornadas.
27 de enero de 2026 22:03 h

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Es difícil que, a estas alturas, alguien pueda estar leyendo estas líneas sin haberse enterado de la polémica desatada a propósito del coloquio Letras en Sevilla, coordinado por Arturo Pérez-Reverte y Jesús Vigorra. Digo que será difícil porque la noticia ha sido trending topic desde que uno de los invitados, el escritor David Uclés, difundiera un vídeo en el que manifestaba que, por no querer compartir espacio con José María Aznar ni con Iván Espinosa de los Monteros, se descolgaba del encuentro. Poco después, se unía a esta decisión el también invitado Antonio Maíllo, líder de Izquierda Unida. A partir de ese momento, la cosa se convertía en el tema del día, a pesar de que las críticas al encuentro llevaban ya unas horas circulando en redes tras haberse hecho público su cartel. 

El desafortunado título del coloquio –“La guerra que perdimos todos”, que figuraba aún sin los signos de interrogación añadidos después- y el diseño -una bandera republicana y una enseña rojigualda sin el águila franquista- acaparaban las críticas. A ellas se sumaba un tercer elemento: el que entre las personas invitadas figurásemos nombres que pertenecemos al mundo académico y que investigamos sobre el franquismo (qué hace ahí “gente seria” compartiendo cartel con “payasos”, se preguntaban algunos usuarios de X haciendo gala de etiquetas siempre rotundas) y que tenemos una postura ideológica de izquierdas. Las críticas, claro está, partían de la estupefacción de que fuésemos a participar en un aquelarre o circo (los términos son de las redes) de fascistas que, con semejante título, cartel y plantel, estaba blanqueando el franquismo. Por supuesto, no soy tan ególatra como para pensar que el impacto de mi trabajo es el mismo que el de Julián Casanova o que mi nombre es tan conocido como el suyo o el de Gutmaro Gómez Bravo, pero digamos que yo también me llevé lo mío.

Podría comenzar esta tribuna haciendo una reflexión historiográfica sobre lo erróneo (y ofensivo) de sugerir que la guerra la perdimos todos por igual o del peligro que conllevan afirmaciones de este tipo (cosa que pienso). También podría señalar lo ahistórico y sesgado que resulta convocar a historiadores para que discutan sobre la “inevitabilidad de la Guerra Civil”, porque la historia no es teleológica y porque la guerra no habría estallado sin los golpistas del 18 de julio de 1936. Sin embargo, tras leer los chorreos que nos han caído en X y el aplauso público ante la postura de Uclés, que no comparto, creo que el debate debería ser otro. 

Tengo claro que el escándalo y las certezas son más rentables que las dudas. Pero, cuando las cosas se ponen serias de verdad -el ascenso de la ultraderecha, el desprecio por las normas más básicas de convivencia o una polarización alarmante-, a lo mejor es el momento de que nos dejemos de tanto golpe de efecto airado y de que nos sentemos a reflexionar sobre qué papel deben (o debemos) cumplir quienes investigamos con rigor sobre la guerra y el franquismo o quienes, desde el mundo de la cultura y el periodismo, tienen un compromiso fuerte con la memoria democrática. 

Visto lo visto, la pregunta sobre la que creo que sería esencial discutir es la de en qué foros queremos ejercer nuestra voz. ¿Solo queremos participar en encuentros ideológicamente afines y en los que todos los participantes son de nuestra misma ideología y/o profesión, o es precisamente en aquellos lugares donde se cuestionan nuestras convicciones, fundamentadas en investigación, donde es más importante que la ejerzamos? Sé que muchos esperarían una crítica a las condiciones que nos han brindado los organizadores de Sevilla, pero estaría mintiendo y siendo injusta: cuando telefónicamente planteé a uno de ellos que no compartía el título y que el cartel me parecía muy poco acertado, me contestó que las intervenciones podían comenzar justamente por ahí, planteando públicamente el desacuerdo. ¿Quiénes prefiero que lo escuchen, mis colegas de grupo de investigación que comparten mi visión o quienes han puesto el título que quiero discutir utilizando el tiempo y el espacio que, en igualdad de condiciones con quienes no van a cuestionarlo, me han brindado? Como he leído X últimamente, ya sé lo que se me contestaría: que no me estoy dando cuenta de que nos estaban utilizando para lavar la cara de un encuentro fascista/franquista/revisionista/equidistante (la denominación varía según la sofisticación teórica del usuario de la red). Aparte de lo paternalista de la afirmación, que niega nuestra capacidad de agencia como profesionales y sujetos responsables, tampoco contesta a mi pregunta: ¿dónde queremos contraargumentar ciertos discursos? ¿Qué espacios queremos ocupar? ¿En qué lugares nos interesa explicar nuestro trabajo? Tampoco responde a otros interrogantes de fondo: ¿qué valor damos al debate? Con fascistas no se discute, leí a alguna asidua de las redes poniendo los puntos sobre las íes. Digamos que, tal y como van las cosas, ojalá no tengamos que echar de menos el mero hecho de poder hacer eso, discutir, o los pasillos en los que David Uclés se hubiera podido cruzar con José María Aznar si el primero así lo hubiera querido.

Ya dije antes que no tengo certezas y sí muchas preguntas. Por eso me ha resultado tan decepcionante ver a tantos colegas buscar el clickbait frente a la posibilidad de dar argumentos para establecer un debate constructivo. Porque muchos y muchas de quienes pusieron el grito en el cielo son los mismos que, con razón, se han quejado de que parte del relato sobre nuestro pasado se esté escribiendo sin contar con los profesionales de la historia, ajeno a una historiografía rigurosa que es plural, pero que no cuestiona ciertos consensos. Son los mismos que se lamentan del éxito de esos relatos frente al escaso eco que tienen los nuestros, condenados a ser escuchados por un puñado de colegas en seminarios y congresos siempre minoritarios. 

En lo personal, el final de esta historia es que no iré a Sevilla. Podría argumentar motivos heroicos que gustarían a los “míos” y que encajarían con muchos con quienes comparto voto político. Pero no sería verdad. La realidad es más prosaica, y es que la sobreexposición involuntaria en redes y la presión sentida por parte de mucha gente de quien hubiera esperado un intercambio argumental más sosegado me han hecho renunciar a ir a un espacio en el que creo que debemos estar. No pasa nada. Parafraseando a Kundera, la vida está en otra parte y el ruido cesa en cuanto cierras una aplicación en el móvil. A los organizadores del encuentro les agradezco que hayan pensado que yo podía decir algo interesante, porque estoy segura de que están alejados de mi ideología e, incluso, de mis intereses analíticos; y porque me aterra un mundo en el que solo quieran escuchar mi voz quienes ya están convencidos de lo que opino. Agradezco a los colegas que se queden y que estén en Sevilla. Y si esa izquierda tan forofa de las redes deja de mirar los árboles para ver el bosque, también debería agradecerlo.

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