El conflicto de Oriente Medio aflora el pulso geoestratégico que EEUU y China sostienen entre bambalinas
China ha activado su Diplomacia Panda, una estrategia exterior que Xi Jinping pone en liza cada vez que el voltaje geopolítico se torna agresivo hacia sus planes presidenciales y que se resume en una máxima tan simple como ambigua: actuar de forma sosegada –sin exhibiciones de fuerza– pero proactiva, ante acontecimientos que puedan perturbar su hoja de ruta. En realidad, emula el estilo Den Xiaoping durante sus años de reforma y aperturismo en los ochenta y noventa con una diplomacia que oculta la fuerza y espera el momento para intervenir.
Es, por tanto, la reconstrucción del hide and bide de Xioaping (ocultar tu capacidad y esperar el momento oportuno) en versión Jinping y explica en gran parte la táctica de Pekín en el orden geopolítico tras el estallido de la guerra en Irán, así como los ataques del pasado año al régimen de los ayatolás por parte de EEUU e Israel. O su papel de respaldo tácito a Rusia en la invasión de Ucrania. De igual modo, también aclara su postura en el terreno comercial, donde Pekín ha aceptado la tregua anual con Donald Trump para atenuar su cólera arancelaria hacia Pekín mientras sacaba a relucir una baza inesperada, la imposición de controles a la exportación de tierras raras que ha obligado a empresas americanas a buscar a la desesperada minerales críticos e imanes para fabricar desde móviles a aviones de combate.
La treta desató la cólera trumpista, pero sirvió para alcanzar un punto de entendimiento mutuo. China retrasaba las restricciones exportadoras a las tierras raras a cambio de que EEUU sacara a las compañías del gigante asiático de su lista negra comercial. Kyle Bass, director ejecutivo de Rochefort Asset Management y voz inversora crítica hacia China que asesora informalmente al mando estadounidense del Indo-Pacífico, ofrece una interpretación concluyente en Financial Times a este tacticismo geoestratégico. La frágil tregua entre ambas superpotencias --afirma-- “no es más que un intercambio de rehenes de alto riesgo”.
A su juicio, también sirve para medir la temperatura de la rivalidad entre EEUU y China. Además de desvelar que su pulso geoestratégico es, en el fondo, el que está generando nuevos vientos huracanados en el ya inestable orden internacional. De ahí que la intervención militar en Irán no solo se deba valorar en términos militares en una zona --Oriente Próximo-- bajo un claro dominio estadounidense, sino como otro nuevo episodio de agitación del tablero de ajedrez mundial por la toma de posiciones de Washington y Pekín. Aunque el gambito de dama para lograr ventaja de apertura ha partido de la versión Trump 2.0 en la zona más convulsa del planeta, el gigante asiático opera soterradamente desde su patio trasero, el espacio Indo-Pacífico, a través de su tupida red de socios y compromisos regionales. Incluso con India.
A juicio de Bass, “EEUU está cautivo de los controles chinos sobre las tierras raras a pesar de que Pekín se aferra desesperadamente a los chips de IA de Nvidia para modernizar su ejército y su industria tecnológica”. En consecuencia, -afirma- existe una “carrera a la desesperada” para que sus economías se liberen de este enredo geoestratégico y tratar de obtener ventaja competitiva sobre la otra“. La guerra iraní viene a complicar este compás de espera que -se supone- tendrá algún tipo de solución tras la visita oficial de Trump a China entre el 31 de marzo y el 2 de abril.
De momento, el reencuentro entre ambos mandatarios sigue en agenda. Pese al alto voltaje que la guerra iraní y la firme resistencia de Teherán tras el asesinato de su líder supremo, Alí Jamenei, a la creciente factura militar que está engrosando a la Casa Blanca y a la disolución paulatina de las esperanzas opositoras a un cambio de régimen en el estado persa. Por contra, ha emergido de nuevo la antipatía americana y el antisemitismo en la sociedad civil iraní, con el retorno a un nacionalismo que rechaza la injerencia militar estadounidense e israelí y que ha configurado una atmósfera de cohesión en torno a la figura de Mojtaba Jamenei, hijo del guía espiritual fallecido.
Pero, además, porque en la Administración Trump siguen sin justificar la guerra con argumentos verídicos o tratando de configurar mensajes con cierta apariencia de legalidad. Al inquilino de la Casa Blanca sólo le sirve “la plena rendición de Teherán”.
Para Richard Haass –antiguo diplomático americano y presidente emérito del Council on Foreign Relations– la intervención armada en Irán encaja en la categoría clásica de “guerra de elección”. Es decir, dar inicio de un conflicto bélico pese a que existían alternativas de índole diplomática, herramientas como las sanciones o elementos como la disuasión, sin que mediara una amenaza inminente demostrada. A diferencia de los conflictos de necesidad, los de libre elección “obligan a quienes las emprenden a justificar rápidamente resultados frente a los potenciales y crecientes daños y costes colaterales”, explica Haass.
¿Tiro por la culata?
Este cálculo es particularmente incómodo para Trump que ostenta un nivel de aprobación social neta que se hunde en terreno negativo (−19 puntos) con tan solo un 38% de apoyo. Sin respaldo ciudadano y con elecciones midterm en noviembre, el panorama no es precisamente alentador para el líder republicano. Haass incide en que una campaña militar de libre elección no solo debe ganarse militarmente, sino justificarse estratégicamente“ y, por supuesto, debe calibrar el clima social y las fórmulas de resolución y de alto el fuego. Porque, de lo contrario, las bajas militares, los costes del conflicto y los riesgos colaterales de aliados como los europeos, el temor a shocks energéticos o el riesgo de estanflación, irrumpirán sin remedio.
China –e Irán y Rusia– son conocedoras de estos entresijos y de que toda prolongación sine die del conflicto agravará los costes económicos y estratégicos de Washington en un momento clave en el que la competencia global se intensifica. Es la misión de la Diplomacia Panda. De ahí que Pekín haya lanzado, unas semanas antes del reencuentro Trump-Jinping, un salvavidas a la Casa Blanca a modo de exigencia de tregua bélica para encauzar un “año que podría ser histórico” entre las dos superpotencias en el orden geoestratégico, tecnológico, económico, monetario y comercial. Solo falta que Trump recoja el flotador made in China.
Este debate para que el inquilino del Despacho Oval ceda en sus pretensiones exterminadoras del régimen iraní es el que destaca Christopher Chivvis, investigador del Carnegie Endowment for International Peace, como de especial trascendencia. Este analista se pregunta en Foreign Affairs si “Washington no debería auditar, en vez de restaurar automática y unilateralmente, varios de sus compromisos mundiales”, con objeto de “reconfigurar” junto a China al menos, las garantías de seguridad heredadas del Siglo XX. Aunque sigan con su pulso geoestratégico global.
Chivvis lo plantea en términos de futuro. “El sucesor de Trump asumirá unas alianzas tensas y un dilema de gran calado, si la red de socios construida la pasada centuria continúa sirviendo a los intereses estadounidenses en un siglo, el actual, ligado a la rivalidad entre ambas potencias. China –enfatiza– reta al poder americano en Asia y disputa su dominio económico a escala global, mientras Rusia muestra deseos revisionistas imperiales con tolerancia al riesgo y otras potencias como Corea del Norte pueden alcanzar suelo estadounidense con armas nucleares. Por ello, los lazos diplomáticos se deberían de reevaluar desde una óptica geoestratégica. Al lado de socios que refuercen la competitividad de las potencias industrializadas frente a China con cadenas de suministro eficientes y estándares tecnológicos homogéneos.
Esta nueva concepción de consensos obliga a EEUU a institucionalizar revisiones sistemáticas de sus acuerdos exteriores con evaluación de costes, riesgos y beneficios en cada compromiso para alinearlas con el interés estratégico y la agudizada rivalidad competitiva global, precisa.
El ‘wait and see’ de China
China, por su parte, ha construido su influencia mundial a través del comercio, la inversión y la diplomacia económica y evitando compromisos militares directos fuera de su entorno. Durante años, su modelo ha sido fructífero. Sin embargo, la crisis iraní ha detectado grietas. Así lo cree el analista chino Deng Yuwen, quien señala en Foreign Policy que el conflicto desvela a Pekín una verdad incómoda, que “la fuerza económica por sí sola no resulta insuficiente” sino que más bien “debería ir aparejada de una capacidad militar creíble”. Sobre todo, si desea salvaguardar sus intereses en Oriente Próximo, que no son pocos. Por ejemplo, en el ámbito energético, como primer comprador de crudo y con billonarios contratos de futuros de gas. Ahora bajo la amenaza internacional del Estrecho de Ormuz.
Este último factor explica, según Yuwen, que Jinping haya optado por la carta diplomática, con condena de la intervención militar, pero con una petición expresa de negociaciones. Puro cálculo estratégico. Deliberado y bien pertrechado. Como piensa Craig Singleton, de la Foundation for Defense of Democracies. En su opinión, Pekín podría utilizar su aparente moderación como arma negociadora en otros frentes igualmente sensibles. Singleton cita, por ejemplo, “la búsqueda de concesiones en asuntos de su máxima incumbencia como el libre comercio o Taiwán a cambio de suavizar sus desavenencias sobre Irán”. Al tiempo que matiza que la prudencia diplomática china “no es una señal de pasividad, sino una táctica destinada a erosionar gradualmente la hegemonía americana”.
El razonamiento de Singleton es sencillo. Para China, la crisis iraní es, ante todo, un problema de cariz geoestratégico para EEUU y, si el conflicto se prolonga, la Casa Blanca podría verse abocada a ordenar una invasión total y Trump a dedicar ingentes recursos a un teatro estratégico, el de Oriente Próximo que, en el fondo, no es su prioridad. Porque –aduce– la competencia decisiva entre ambas superpotencias se desarrollará en la región Indo-Pacífica. “Cada portaaviones que ha desplegado en el Golfo es un activo que no puede utilizarse en Asia”, replica.
Además, la guerra podría reforzar indirectamente los lazos Pekín-Teherán, ya que cuanto más debilitado quede el régimen iraní –por sanciones o ataques militares– mayor será su dependencia económica y tecnológica de China, que podría dominar el sector energético iraní.
Para más inri, Pekín podría verse obligada a intervenir. De ahí su predisposición al encuentro con Trump. Cualquier interrupción prolongada del flujo energético en Ormuz afecta especialmente a los mercados asiáticos y, muy en particular al chino, y eso confiere a Pekín plena legitimidad sobre el conflicto. En contraste con EEUU. Si se ponen en solfa la visión de Rafael Grossi, director general de la International Atomic Energy Agency, sobre la “no existencia de evidencia alguna de que Irán esté construyendo una bomba nuclear”. Palabras que echan por tierra el relato de Washington y Tel Aviv para desencadenar hostilidades contra Irán.
Una de las razones que la Administración Trump oculta, aunque no pueda soterrarla, es el oro negro que, como durante todo el siglo pasado en la región, sigue siendo moviendo los juegos de tronos. Aunque en esta ocasión haya sido la transición energética la que ha alterado buena parte de los cálculos de las potencias productoras de fósiles. E incluso de EEUU. No por casualidad, en 2025, pese a la resistencia activa de la Administración Trump, las renovables aportaron un 10% de electricidad al mix americano, hasta representar el 25% del total. Algo difícil de aceptar para el impulsor del Drill, baby, drill, uno de los lemas de la pasada campaña presidencial trumpista que ha acabado con los subsidios a las energías limpias de su antecesor, Joe Biden, y restaurando las perforaciones de carbón.
Jason Bordoff, director del Center on Global Energy Policy de la Universidad de Columbia dice que la electrificación del transporte y el desarrollo de nuevas cadenas de suministro energéticas están modificando las prioridades estratégicas de los gobiernos. Para grandes importadores de crudo como China, la UE o India, reducir su dependencia del petróleo significa también recortar las vulnerabilidades geopolíticas de una región que concentra las principales rutas energéticas. Con casi un tercio del crudo y el 60% del gas, los petroestados del Golfo se resistirán a ceder su peso geoestratégico global y regional. “Pero su petróleo tenderá a dejar de ser el epicentro de la política energética global”, alerta Bordoff.
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