Los ultrarricos aprovechan el riesgo geopolítico y la docilidad fiscal para elevar su fortuna desde la guerra en Irán
Fortunas internacionales están apostando por valores asociados al escenario geopolítico imperante, con empresas y sectores estrechamente vinculados a la contienda militar en Oriente Medio. Las mutaciones del orden mundial están reconfigurando el enfoque de los inversores milmillonarios y con oscilaciones notables, una clara tendencia especulativa al alza está catapultando sus rendimientos bursátiles desde el inicio de la guerra en Irán.
Bloomberg recoge tres altos patrimonios que han elevado sustancialmente sus beneficios en bolsa recientemente. Uno de ellos es Jaime Gilinski, la mayor fortuna de Colombia y ex accionista de Banco Sabadell, que ha incrementado su participación en GeoPark, firma productora de petróleo y gas en América Latina.
Junto a su hijo, Gilinski ha invertido 107 millones de dólares en esta compañía desde marzo por considerarla una opción prioritaria en el reparto del suculento pastel del crudo venezolano desde la detención ilegal de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos, que propició el cambio de poder político (sin alternancia ideológica) en Caracas.
A tenor del rumbo que han tomado sus inversiones, Gilinski confía en la reactivación de la industria del oro negro de Venezuela, que cuenta con la mayor reserva de petróleo del planeta y que, por designación de Donald Trump, tendrá ahora mayor presencia del sector privado exterior (especialmente, estadounidense, aunque también de otras como la española Repsol), tras levantar la Casa Blanca su veto a las exportaciones de crudo venezolano.
Pero hay más balas milmillonarias en este revólver inversor. El family office de los herederos del magnate sueco del petróleo y la minería Adolf Lundin destinó en marzo unos 29,5 millones de dólares a aumentar sus participaciones en empresas de cobre y diamantes con sede en Vancouver y aprovechar las restricciones en las cadenas de suministro. Los portafolios familiares tras la marca de automóviles de lujo Ferrari o el emporio mediático estadounidense Cox vienen eligiendo firmas emergentes del sector de defensa como Hermeus, que construye el avión a reacción no tripulado más rápido de la historia para el Pentágono.
El Índice de Milmillonarios de Bloomberg desvela que estas cuatro familias poseen un patrimonio neto conjunto de casi 90.000 millones de dólares y carteras de inversión intergeneracionales que se remontan a 1898.
Varias de las mayores riquezas del planeta están impulsando sus apuestas en los mercados de capital hacia sectores y empresas involucradas en el elevado voltaje geopolítico que ha dominado el escenario global desde finales de febrero, cuando comenzaron las hostilidades en Irán.
Esto evidencia la relación directa entre la guerra y las fluctuaciones de activos con protagonismo bélico, energético o geoestratégico. Un fenómeno constante desde el inicio de la versión Trump 2.0, que extiende sus tentáculos hacia valores como el oro, que en los últimos meses ha experimentado revalorizaciones fulgurantes y cotas de precio históricas, acompañando los giros económicos, comerciales, financieros, regulatorios y geopolíticos del líder MAGA sobre el orden mundial.
Valores asociados a estos negocios se han visto alterados por los aranceles recíprocos, la debilidad del dólar, las embestidas dialécticas trumpistas para invadir Groenlandia, desintegrar la OTAN, amenazar a Cuba tras entrar ilegalmente en Venezuela o detonar otro conflicto militar en Oriente Próximo.
Carlos Slim, primera fortuna mexicana, con una riqueza valorada en 125.000 millones de dólares, el 6,7% del PIB de su país, está entre ellos y dispone de un currículum bursátil cargado de excelsas ganancias cuando irrumpen crisis financieras.
Altas rentabilidades
Solo en valores con sello de Defensa, un selecto club de ultrarricos ha acumulado más de 20.000 millones de dólares en medio de perturbaciones energéticas y de otras materias primas como el cobre o los minerales críticos, indispensables para la tecnología de la IA, que hacen más visible la ganancia de pescadores en río revuelto.
Expertos de Bloomberg cifran en 658.000 millones de dólares el tesoro conjunto de estas fortunas. Su ranking detecta una concentración masiva de capital en lo que denomina “economía del conflicto”, con pingües beneficios.
Bancos de inversión como JP Morgan admiten que la geopolítica se ha convertido en un factor de riesgo predominante en las dinámicas inversoras. Empieza a perfilarse como su principal motivo de decisión en un contexto de mutaciones horarias de carteras. Las gestoras reconocen soterradamente que la fragmentación del orden mundial ha convertido la Defensa en un activo estructural, lo que explica su entrada en startups militares y aeroespaciales. Family offices de fortunas del sector del lujo y la automoción han comenzado a diversificar hacia valores de tecnología militar, tras decenios centrados exclusivamente en bienes de consumo.
Todo ello se une a la denuncia vertida desde Financial Times que documenta la sucesión de movimientos billonarios y opacos de capital en Wall Street previos a anuncios oficiales de la Casa Blanca sobre escaladas o distensiones del conflicto contra Irán. En algunos casos, asociados a un núcleo cercano al líder republicano que habría recibido alertas tempranas sobre decisiones de alto nivel que han condicionado la evolución de las bolsas.
Apuestas por encima de los 1.000 millones de dólares surgieron en varias plataformas predictivas (esencialmente en las dos más utilizadas, Kalshi y Polymarket) con un acuse de recibo claramente vinculado al desarrollo del conflicto. Muchas, según el diario británico, justo antes de eventos clave como ataques o anuncios de tregua. Este rotativo reveló el viernes la apuesta milmillonaria de dos hijos de Trump por sectores apadrinados por el presidente, como los drones.
Sin embargo, hay cierto margen para la esperanza. En EEUU, la senadora demócrata Elizabeth Warren ha vuelto a situar en la conciencia colectiva la necesidad de gravar a las grandes fortunas, al presentar un proyecto de ley que recaudaría billones de dólares en ingresos federales en una época marcada por un agujero presupuestario del 7% del PIB y una deuda que roza los 37 billones de dólares.
Esta iniciativa impondría un gravamen anual del 2% sobre los patrimonios netos de hogares que superen los 50 millones de dólares y un tipo impositivo adicional del 1% sobre la riqueza de los multimillonarios. Afectaría a unos 260.000 hogares.
David Dayen asegura en The American Prospect, con citas a los trabajos de campo de Emmanuel Saez, profesor en la University of California, Berkeley, y de Gabriel Zucman, discípulo de Thomas Pikkety y director del UE Tax Laboratory, que la riqueza de los milmillonarios se ha duplicado con creces desde finales de la década pasada. Sólo las 19 mayores fortunas de EEUU añadieron un billón de dólares en 2024, más que el PIB suizo, mientras el 1% concentra 55 billones de dólares (31,7% de la riqueza total).
Algo se mueve
En este club de acceso restringido destacan nombres del establishment financiero y tecnológico estadounidense y figuras de la élite energética, inmobiliaria y de los fondos de inversión. Muchos radicados en Nueva York, cuyo alcalde, el progresista Zohran Mamdani, plantea el debate de la desigualdad social en EEUU sin paños calientes y ha hecho de la fiscalidad de los grandes patrimonios su campo de batalla política.
En su agenda prolifera el respaldo a nuevos impuestos sobre las propiedades de alto valor (como las segundas residencias de lujo), con la airada reacción de grandes inversores inmobiliarios y financieros como Ken Griffin, multimillonario gestor de hedge funds que compró un ático de 238 millones de dólares en Manhattan; inversores como Bill Ackman o promotores como Alex Witkoff, que han advertido de que una fiscalidad más agresiva podría acelerar la salida de capital hacia otras jurisdicciones como Florida.
Mamdani ha puesto el dedo en la llaga y ha centrado el debate en el punto de ebullición justo: la necesidad de financiar servicios públicos en grandes ciudades altamente desiguales frente a la movilidad extrema del capital de alto nivel.
También el senador demócrata Bernie Sanders incide en que figuras como Elon Musk o Jeff Bezos pagan tipos efectivos muy inferiores a los de trabajadores medios, y ofrece propuestas impositivas para paliar esa asimetría y crear una estructura que obligue a la riqueza acumulada de forma fulgurante a afrontar gravámenes acordes. En una línea similar a la propuesta de Warren, critica que el sistema fiscal americano no capta adecuadamente el ascenso del capital financiero y que su propagación por la élite patrimonial de la gran potencia económica global supera la capacidad redistributiva del Tesoro.
Paraísos fiscales
Oxfam recuerda que los perjuicios no solo son morales, sino económicos y que suceden por la persistencia de paraísos fiscales y centros offshore. Según esta ONG británica, los milmillonarios de todo el mundo habrían ocultado a sus autoridades tributarias hasta 3,55 billones de dólares en el último bienio. Una porción de los más de 13 billones que atesoran en paraísos fiscales. El 80% de estos activos pertenecería al 0,1% más rico de la población mundial.
El propio Zucman alertó a comienzos de 2024 de que la montaña de activos en estos enclaves impositivamente dañinos por su baja tributación había crecido desde la Gran Pandemia de 2020 un 25% hasta superar los 45 billones de dólares. Cantidad similar al PIB conjunto de EEUU y China, que convertiría a estas jurisdicciones (entre ellas, el estado de Delaware, en EEUU, o las del Mar del Norte bajo soberanía británica), en la primera potencia económica global.
Además de rebajar a la mínima expresión el principio de la progresividad impositiva, la existencia de paraísos fiscales distorsiona la medición real de la riqueza global, ya que una parte notable de los capitales en manos de ultrarricos no aparece en estadísticas oficiales.
Estudios recientes muestran que las decisiones de arraigo de los grandes patrimonios no responden únicamente a factores personales o familiares, sino a consideraciones impositivas. La movilidad del capital añade presión A los sistemas fiscales, con competencia entre jurisdicciones y trabas a la capacidad de mantener bases impositivas estables, difuminando la tenue línea entre optimización y evasión fiscal.
Porque, en paralelo, ha emergido una potente cruzada de gestores encargados de adelgazar las presiones tributarias sobre las ganancias de sus clientes. Herramientas de ingeniería contable que bordean la legalidad y se ocupan de compensar pérdidas o diferir pagos en busca de rentabilidad financiera.
Para el fiscalista Steve Rosenthal, del Tax Policy Center, “los sistemas tributarios mundiales no han conseguido seguir el ritmo de la ingeniería financiera moderna” al permitir un ecosistema en el que la rentabilidad depende del diseño fiscal o del desempeño del activo bajo una atmósfera de tensión geopolítica, con altas expectativas de rentabilidad y baja propensión a cumplir las obligaciones tributarias. En especial, entre los más pudientes.
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